miércoles, 27 de abril de 2016

La manzana prohibida



                                                                                           Tomás observaba la partida de cartas con cierta distancia. No participaba en el juego por no haber sido pescador en vida y  no albergar, por tanto, interés en el premio del torneo.

Notaba que el juego se  dilataba en el tiempo más de lo debido y, a la vez, el trabajo en las puertas del Paraíso se acumulaba cada vez más: Las almas en espera comenzaban a perder la paciencia y la  incertidumbre sobre el futuro que les esperaba quedaba evidente por los corrillos acalorados que crecían  ante la gran verja de hierro cerrada.  

Viendo a Pedro descuidar su tarea, Tomás se sentía cada vez más  incómodo y dudaba: no sabía si decirle algo o simular no haberse percatado de nada.

Se acercó a la mesa de juego y comprobó que  arrancaba la última mano con un mus corrido y sin señas. Desde ahí, en el porche elevado, nadie veía lo que estaba ocurriendo debajo, en las puertas del cielo. Pensó que esa mano decisiva iba a alargarse y decidió llamar la atención del compañero sin que se enteraran los demás jugadores.
 Pedro estaba moviendo la baraja a derechas y su expresión no revelaba cual había sido su suerte. Los otros tres participantes permanecían con una actitud indiferente, ni un solo gesto dejaba intuir el desenlace de la partida.  No quedaba claro quién iba a bajar a la Tierra para la temporada del atún.

        Mientras Pedro elegía la estrategia a seguir, reparó  en que Tomás  gesticulaba con el brazo derecho mientras abría los ojos de manera exagerada, estaba  indicando hacia abajo, en dirección a la verja de entrada.
Pedro se asomó a la baranda  para  ojear la antesala del cielo y comprobó que la fila de almas describía un zig zag  infinito sobre la superficie lunar. Descubrió, en una zona apartada,  a  una mujer con gafas de búho y pelo muy corto que saltaba y volvía atrás, medía la longitud del salto y se alejaba con la intención de revisar las huellas dejadas por sus pies.

—¡Ya se cansará! —dijo a Tomas, mientras volvía a meterse de lleno en el juego.

        Tomás, tranquilo por haber acallado su consciencia, se apoyó en el balcón y distrajo la mente con la escena de abajo: la mujer se volvía cada vez más experta y recorría, en cada salto, un tramo más largo. Otra joven, del final de la cola, se puso a imitarla y zapatos en mano se acercó a la primera. Su atuendo era tal que todas las almas se fijaban en ella por la falta de tela en el traje y el extraño sombrero de copa que cerraba el vestuario.

—¡La chica está en paso  y yo tengo pares! —sentenció Mateos desde la mesa de juego.
—Yo también.     
—Yo no tengo.       
—yo sí.
«Las cosas no van bien para Pedro» pensaba Tomás «y eso que ya ha preparado los aperos de pesca y está deseando subir al pesquero para enfrentarse a la fuerza del mar». 

        Las dos almas traviesas se encontraron de frente y Tomas tendió la oreja para oír sus palabras:

—Con tacones no puedo saltar por aquí —comentaba la mujer emplumada.
—¿Por qué no los cortas?
—¡Estás loca! son unos “Manolo Blahnik”!
—No logro entender en qué polo lunar debemos de estar —contesta la atleta cambiando de tema.
—¿En el polo? ¿En la luna? ¡Si yo busco una barra!
—¿Una barra? —repite la otra fijándose al fin en el traje de stripper.
—De baile —contesta enseñando las plumas de atrás— En la Luna ¿por qué?
La de gafas suspira y acaricia el sombrero de copa.
—Verás, aplicando balística y Newton a los saltos que damos, resulta que la fuerza de atracción es seis veces menor que en la Tierra: ¡es la Luna! ¿lo ves?
—No, no lo veo.
—Pues mira allí arriba en el cielo, esa bola tan grande y azul, es la Tierra ¿la ves?
—Eso sí.
—Pues ya está todo claro, y volviendo a lo tuyo, no creo que haya barras aquí.

Se alejaban  y Tomás  no podía escuchar sus palabras.

El hombre esta vez no dudó:

—Pedro, ¡amigo! ¡lo siento en el alma! pero si esperas, las pierdes. Yo creo que en asuntos de pesca es mejor centrarse en  los peces que hay que pescar.

                                               ***

       
        Saltando, midiendo y buscando una barra, las dos almas  rebeldes llegaron a un  linde frondoso de plantas vistosas que emanaban un  aroma un tanto especial. El borde tupido marcaba una línea infinita perfecta y toda la zona quedaba en penumbra.
—Esas hojas   recuerdan los tiempos de la universidad—dijo la atleta abriendo los brazos.
—¿Crees que podremos cogerlas? ¡Hay tantas!  Yo creo que nadie lo va a notar. En la chistera guardo un mechero, ¿qué tal si fumamos?

        En un punto del bosque se agitaron las hojas como si caminara  entre ellas un ser de gran dimensión. Un hombre barbudo salió de la nada vestido de blanco. Era fuerte y hermoso, con  manos callosas repletas de redes. Le pesaban los hombros y se acercaba hacia ellas  con porte abatido, parecía que su mente no estaba con él.
La stripper tosió sacando al personaje de su sueño dorado.    

— Soy Pedro y por fin os encuentro almas mías —dijo el hombre acercándose a ellas— ¡menos mal! He llegado en el momento perfecto porque en la cara oculta de la luna aún no podéis entrar.
Apoyó una mano en el hombro de cada mujer y, emprendiendo con ellas el camino de vuelta, siguió explicando:

—Lo sé… no entendéis, pero os lo contaré todo.   Lo primero deciros que la culpa es del  mus. Veréis, aquí arriba nos va el alma en ello y en los tiempos de ocio jugamos torneos.   Os veo y pienso:
  « Termino esta mano y  voy ».
  Pero luego… que si  un envite a la grande que si otro a la chica, que si yo tengo pares, levanto la vista y ya no estáis ahí.   En fin, gracias a Dios que he llegado  a tiempo ¡Menudo lio me buscáis si os llegáis a meter en el bosque prohibido!  Aunque  creo que Dios no está muy contento,  llevaba treinta y uno de juego y encima era mano. No va a perdonarme jamás.

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