miércoles, 21 de diciembre de 2016

Nada es para siempre



     Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, yo le hice la vida imposible al mío desde  que nací.


Al bajar del tren y al respirar la primera bocanada de aire no pude evitar volver atrás  en el tiempo. Avancé por el  camino de tierra dando puntapiés a los guijarros y al llegar al puente busqué el paso de piedras. Saltando de una roca a la otra, alcancé el otro lado sin perder el equilibrio, cómo lo hacíamos entonces.

 Crucé el pueblo desierto y llegué a las puertas de la iglesia, donde me encuentro en estos momentos.

El sol abrasador del estío  castellano me sofoca, ya no estoy acostumbrado. No hay ni un alma en la calle. Diego ha debido de ser muy querido pues el pueblo entero se ha reunido en la iglesia  en un momento en que ni siquiera las moscas saldrían de sus escondrijos. Y no me extraña, mi hermano era un niño bueno, yo no.  Todo lo que yo hacía repercutía en él, después de todo, éramos  gemelos.
 Una noche Diego me rompió la nariz de un puñetazo y los dos sabíamos  porque. Recuerdo  que la sorpresa de ver a mi hermano emplear la violencia fue más impactante que el dolor que sentí y en ese momento comprendí que no había sitio para los dos en el pueblo. Separamos nuestras vidas para siempre y me fui para no volver.


 Hace unos días me asaltó un fuerte dolor en el pecho sin venir a cuento, supe en seguida que Diego había dejado de existir.
   
Pongo la mano en la puerta de la iglesia y empujo. El aire fresco del interior me golpea la cara y las gotas de sudor quedan como congeladas en el cuello. Cierro despacio, parece que nadie se ha fijado en mí y me quedo en las sombras observando la escena.
 Una joven mujer, con ojos llorosos, está leyendo desde el púlpito mientras dos niñas sentadas en primera fila se tiran  de las trenzas. Decido avanzar con la esperanza de que nadie me vea  pero la mujer del púlpito levanta la cabeza en ese momento. Sus ojos, medio cerrados por el llanto, se van abriendo cada vez  más. ¿Diego le habrá contado de mí?
 La mujer emite un grito desgarrador y se desploma perdiendo el sentido.
 No, no le ha hablado de mi existencia, y, al parecer, las cotillas del pueblo tampoco.
 Dos mujeres  de  luto asisten a la viuda, le tocan la frente y la refrescan con un abanico de encaje negro. Nadie más  se levanta pero un murmullo creciente se extiende por toda la nave. Don Mariano, sentado a un lado del altar, se levanta y abre la boca pero no es capaz de articular ni una sola palabra.  Dos jóvenes se agarran las manos y me observan con la cara desencajada, no habrían oído hablar de mí.

 Me acerco al ataúd con la cabeza alta mientras hago oídos sordos a los comentarios que surgen en todos los rincones.

  La viuda se recupera y consigue levantarse con dificultad. Las mujeres que la han ayudado la dejan sola y corren a  sus puestos en primera fila conscientes de ocupar una posición privilegiada. La joven me mira mientras permanece agarrada al púlpito como si este pudiera ofrecerle alguna explicación.  La tengo cerca y puedo ver cómo le tiembla el labio superior.

Una vieja se acerca por detrás y le susurra algo al oído mientras me señala con el dedo, luego desaparece entre la gente. La joven intenta sonreír pero solo consigue desplegar una extraña mueca, una sonrisa helada que manifiesta todo su desconcierto. Da unos pequeños pasos  hacia mí pero Don Mariano le corta el camino y queda delante de ella con gesto protector.   Las chicas que me miraban asustadas  huyen de la iglesia despavoridas, tropezando con todo lo que encuentran en su camino   y al cerrarse la puerta tras ellas, el silencio se apodera del local. Antes de continuar mi camino clavo los ojos en los del cura y descubro en ellos gran decisión pero opto por dejar el asunto pendiente porque los lazos de sangre me llaman a gritos.

 Me asomo a la caja y quedo aturdido:
Soy yo. Y en mi proprio funeral.

 Ahí estoy, con los brazos cruzados sobre el pecho,  mi hermano tiene mis mismas arrugas y las entradas de pelo canosas, como yo.  En su cara observo una expresión relajada como si mañana la vida continuara sin ninguna novedad. Pero cuando recobro el control me doy cuenta de que en realidad está sonriendo, la bondad modificó su rostro en una sonrisa perenne.  Ahora aún le odio más.

  —He recibido el mensaje y he venido, pese a todo —le digo sabiendo que solo él puede oírme— Parece mentira, ¡la primera  vez  que voy a hacer algo bueno en la vida y te lo vas a perder! Quería mantenerte en la ignorancia pero me das pena y voy a darte una buena noticia: he encontrado a Teresa, a tu Teresa, y es feliz. La culpa de lo que pasó fue toda tuya, y no te hagas el santo que lo sabes muy bien. Si no me hubieses mentido,  si me hubieses dicho que aún no habíais follado... Pero tenías que demostrar que eras mejor que yo en todo, hasta en eso. De todas formas, te aseguro que Teresa no te convenía, no era mujer para ti. ¿Sabes?, a veces estoy con mi hijo y mantenemos largas tertulias. No lo entiendo, pero se parece a ti porque es un buen chico y estudia. Se invierten los papeles, hermano, ahora eres tú el que me agobia y el que me va a perseguir para el resto de mis días. Tengo que dejarte hermano, ya seguiremos charlando en otro momento porque siento la mirada de un pueblo entero sobre mi espalda y me toca actuar.
     
Me giro y la sangre pulsa en mis sienes, si aún albergaba  alguna duda sobre lo que tenía que hacer, ya no la tengo.

 Cojo a las gemelas entre un  murmullo general y don Mariano se coloca delante de mí, retador. Nos miramos y algo en sus ojos me advierte de que estará vigilando. Le sostengo  la mirada mientras le rodeo, y me acerco a la viuda ofreciéndole el brazo. Ella duda, pero al final se engancha. Bajita y poca cosa, cuelga de mí en una imagen grotesca, aunque debe de estar acostumbrada.

 Recorremos el pasillo de la iglesia en silencio. En la puerta me giro y hago un gesto al cura, no sé, quizás me estoy volviendo más blando.
En la calle, el sol sigue derritiendo el asfalto pero el aire, ahora, es menos sofocante.

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