miércoles, 3 de febrero de 2016

El último beso



         La única fuente de luz provenía del foco metálico que pendía de un hilo sobre sus cabeza  y en cuyo cono  lumínico solo cabían ellos  dos, sentados  uno ente al otro. Lo demás era todo oscuridad.
        Ella estaba radiante, tenía una expresión en los ojos que le daba  aspecto de gata y el traje ceñido como un guante negro resaltaba cada una de las curvas de su cuerpo.
         Su perfume seductor se difundía en el ambiente llenándolo todo de olor a prohibido.

        La boca, ligeramente entreabierta, no dejaba dudas de lo que esperaba de él. Cualquiera en el lugar de John se habría lanzado a comérsela a besos.
         Volutas de humo daban a la escena un toque decadente y perturbador a la vez, como en las películas blanco y negro de Humphrey  Bogart.
        Todo parecía irreal, un sueño.
         Él la miraba y no acababa de decidirse, dudaba, quizás el toque felino de la mujer le imponía respeto, sabía que los gatos tienen siete vidas.
         Los carnosos labios de ella se estiraron en una sonrisa llena de significados. Ladeó la cabeza dejando que los rizos dorados rozaran la superficie de la mesa y pronunció su nombre. La J de John pareció un susurro y la palabra resultó tan sensual que mi amigo no consiguió resistirse.

         Se fundieron en un beso interminable a la vez que levantaban el artilugio para colocarlo en la posición acordada.
 El silencio se había adueñado del ambiente recubriéndolo todo con manto pesado de guata tan denso que no nos dejaba ver ni la punta de los zapatos.

         El desenlace estaba a punto de llegar, nadie se atrevía a romper el hechizo y se mascaba la tensión en el aire.
La señal convenida retumbó como un grito desgarrador  dejándonos sin aliento, y sonó un disparo.
 Uno solo, el percutor de la otra pistola encontró un vacío.
Cerré los ojos, no quise saber quién de los dos había caído.
Los segundos que siguieron me parecieron eternos. Mi mente no lograba centrarse en nada y  solo le llegaba  ruido, mucho ruido, risas histéricas y copas chocando entre sí.

        El torneo que había ideado alguna mente perversa de ese  grupo de millonarios apáticos estaba en su momento más álgido y quedaba una ronda, dos pistolas, dos tiros probables y cuatro posibilidades más de apostar.
Al fin volvió el silencio interrumpido solo por susurros provenientes del fondo del salón, y unas manos me cogieron por los hombros con dulzura pero a la vez con decisión dando así a entender que no había vuelta atrás.
No abrí los ojos, en el fondo tenía miedo y tampoco estaba seguro de querer hacerlo.
Me dejé guiar y por la dirección que tomaban mis pies entendí que ocuparía el lugar de John… pobre John.
 No sé si lo había hecho por la necesidad de dinero o porque había perdido la cabeza por ella hasta ese punto. Aun siendo amigos desde la infancia no había entre nosotros suficiente intimidad y además estaba ella, eternamente indecisa.

        Me temblaban las piernas cuando me senté y solo me preguntaba como sonaría mi nombre con la primera letra susurrada de forma sensual y me decidí a mirarla.
Sonreía y sudaba adrenalina en forma de minúsculas gotitas que adornaban su cuello, ese cuello esbelto que le daba ese “no sé qué” de elegancia que me dejaba sin aliento todas las veces que la miraba.
Lo que no llegaba a entender era  por qué lo hacía ella, que flotaba siempre entre dos aguas sin decidirse nunca mientras que en este caso tenía las ideas muy claras.

       Me recibió haciendo girar el tambor de su pistola, no le daba miedo la muerte y parecía disfrutar con todo aquello. Clavó sus ojos brujos en mí, yo ya no recordaba ni siquiera el motivo de mi presencia o a lo mejor sí pero no era capaz de admitirlo, jugarse la vida solo para saber si alguien te ama  no es de cabezas muy cuerdas.
A mi derecha, la pistola usada por John. La habían vuelto a cargar.
Intenté calcular la probabilidad de que tocase dos veces la suerte a la misma pistola pero al final lo dejé, no valía la pena desperdiciar mis probables últimos momentos de vida en algo tan necio.