miércoles, 21 de diciembre de 2016

Nada es para siempre



     Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, yo le hice la vida imposible al mío desde  que nací.


Al bajar del tren y al respirar la primera bocanada de aire no pude evitar volver atrás  en el tiempo. Avancé por el  camino de tierra dando puntapiés a los guijarros y al llegar al puente busqué el paso de piedras. Saltando de una roca a la otra, alcancé el otro lado sin perder el equilibrio, cómo lo hacíamos entonces.

 Crucé el pueblo desierto y llegué a las puertas de la iglesia, donde me encuentro en estos momentos.

El sol abrasador del estío  castellano me sofoca, ya no estoy acostumbrado. No hay ni un alma en la calle. Diego ha debido de ser muy querido pues el pueblo entero se ha reunido en la iglesia  en un momento en que ni siquiera las moscas saldrían de sus escondrijos. Y no me extraña, mi hermano era un niño bueno, yo no.  Todo lo que yo hacía repercutía en él, después de todo, éramos  gemelos.
 Una noche Diego me rompió la nariz de un puñetazo y los dos sabíamos  porque. Recuerdo  que la sorpresa de ver a mi hermano emplear la violencia fue más impactante que el dolor que sentí y en ese momento comprendí que no había sitio para los dos en el pueblo. Separamos nuestras vidas para siempre y me fui para no volver.