miércoles, 15 de marzo de 2017

Cinco segundos




La mujer se giró al escuchar el grito y encogió el cuello bajo el peso de la culpa. El daño estaba hecho y no tenía forma de volver atrás.
Antes de actuar había barajado las posibilidades de que sucediera lo inevitable y eran altas, pero aun así, no podía prescindir de abrir el grifo.

—¡Cariño, espera un momento, solo serán cinco segundos!
—¡Mierda! ¡¿Me has quitado el agua caliente?!
—¡Sí, Florencio! —gritó la mujer desde la cocina— ¡tenía qué lavar el culo al bebé y no iba a hacerlo con agua fría! ¡Aguanta un poco, casi he terminado!

Florencio contó hasta cinco pero el agua seguía saliendo helada. El espacio en la bañera de medio cuerpo era reducido y no tenía donde guarecerse. Si cerraba el grifo, el agua iba a tardar una eternidad en volver a salir en su punto así que el hombre enjabonado optó por otra opción. Ladeó la cabeza y el chorro de agua cayó directo sobre el pecho como un taladro. Intentó entonces echar el culo hacia atrás y el agua resbaló por su espalda convirtiéndole las posaderas en bloques de hielo. Ciego, con los ojos irritados por el jabón, contorsionó su cuerpo colocándose de espaldas a la pared, se agarró a la cortina como un náufrago a un salvavidas y en el momento en que tenía un pie en el aire para salir, resbaló en la pastilla de jabón acabando con sus huesos en el fondo del receptáculo.

—Hace un segundo he cortado el agua. ¡Y deja de protestar, parece qué te estoy oyendo! ¡Si pudiera… te cambiaría el sitio ahora mismo! ¿Sabes cuanta mierda hay aquí?

Florencio, sentado en la fría porcelana y con las rodillas rozándole el mentón sentía un hormigueo en la espina dorsal que avanzaba de forma inexorable hacia los pies. No conseguía escapar del alcance del agua y era plenamente consciente de la imposibilidad de levantarse, el dolor en la espalda le había inmovilizado. Contó hasta cinco por lo menos tres veces pero el milagro no tenía lugar.
¡Cuatro segundos bajo el agua helada en el mes de enero, de esta no salgo vivo!, pensaba Florencio abandonando todo esperanza. Su vida entera pasaba delante de sus ojos mientras se iba formando un pocillo de agua alrededor de la ingle que le contraía los genitales.

—Ya solo quedan tres, cariño. El bebé está casi listo. ¡No sabía si meter a la nena bajo el grifo o llamar a un exorcista! ¿Tú cómo lo llevas?

Mejor no contesto, pensaba Florencio, ¡solo lo haría si las palabras matasen! Por otro lado no creo que estuviera en condiciones de articular palabra porque se han soldado los dientes de arriba con los de abajo. Tengo la mandíbula bloqueada, el cerebro congelado, la polla se me va a caer a pedazos y este dolor en la espalda me ha cortado la respiración.

—¡El vestidito qué le ha regalado tu hermana le queda monísimo aunque sea de rebajas! ¿Me oyes, Florencio?

Unas gotas de agua caliente empezaron a mezclarse en el chorro. Eso fue para Florencio como la aparición de la Virgen María para los niños de Lourdes. El hombre levantó lentamente la cabeza, no se lo podía creer. En el fondo había aceptado la idea de abandonar esta vida con resignación, estaba seguro de haber hecho todo lo humanamente posible para impedirlo. ¿Habrán pasado los cinco segundos?, se preguntaba al tiempo que meneaba la cabeza. El agua tibia volvía a colorear sus mejillas y notaba que unas llamas de fuego le envolvían la cabeza.
—Quizás Dios se haya apiadado de mí en el último momento. No le habrá parecido honorable que un hombre muriera de esta manera, desnudo, enjabonado y helado como un pollo mientras su preciosa nena luce vestidito nuevo —dijo feliz de comprobar que las mandíbulas no se habían solidificado.

Todo su cuerpo se estremeció, no era capaz de diferenciar entre el frio y el calor. Le vino a la mente un feto flotando en la placenta y no recordaba tanta felicidad como la que sintió aquel remoto día de Reyes en el que encontró cinco mil pesetas en el descampado, dejadas en un tarro bajo tierra, para él.

Empezaba a recobrar vida y al fin pudo mover los dedos del pie. Logró levantarse, desnudo y empapado de pies a cabeza, enfiló el pasillo dispuesto a estrangular a cualquiera que se le pusiera delante.

—¡Sécate bien cariño, que tengo abierta toda la casa!

6 comentarios:

  1. Creía haber dejado un comentario pero quizá voló por la red y desapareció.
    Me ha parecido un relato la mar de ingenioso y muy bien contado. Más de uno hemos vivido algo parecido aunque no tan intensamente. Yo, del pobre y sufrido marido, le devolvía, tarde o temprano, el golpe, para que sepa lo que vale un peine.
    Un abrazo.
    P.D.- Si acaba apareciendo mi anterior comentario, sirva éste de complemento.

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    1. Hola Josep

      como la vida misma...cosas que ocurren cuando uno menos se lo espera.

      Gracias por comentar. Un abrazo.

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  2. Menuda ducha. Yo que me ducho con agua hirviendo habría sido una auténtica tortura.
    Genial relato. Un besillo.

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    1. Hola María
      Pues ya te haces una idea de lo que te puede suceder, así que avisa!

      Gracias por pasarte.

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  3. Hola, Paola! Estupenda narración de la acción. Un relato muy visual, con mucho movimiento y acciones del personaje pero se lee con claridad, vemos la sucesión de imágenes sin problemas. Respecto a la situación ¿quién no la ha sufrido en alguna ocasión? ¡Saludos!

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    1. Hola, David

      Me alegro de que te haya gustado. Saludos

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