viernes, 3 de marzo de 2017

No queda libertad



El hombre se lanza al agua y su gabardina queda arrugada como  papel de regalo sobre las rocas del espigón.

Los pescadores desplazan la mirada desde el objeto en el suelo al hombre en el mar, no hace tiempo de baños y llueve.

—¡Qué hace ese hombre! —exclama un viejo.
—¡Para mí qué no está bien! Ese se quiere suicidar—dice un joven sacando los prismáticos.

Una pescadora suelta la caña y se levanta, después se lleva las manos a la cara y solloza.
El hombre nada con la cabeza fuera del agua, enfrentándose a las olas. Con el cuerpo ladeado  saca solo el brazo derecho y no levanta espuma con los pies pero se nota el empuje de las piernas que acompañan cada brazada.


—¡Así nadan los marineros! —dice un muchacho que estaba pescando en el muelle— me enseñó mi padre que en paz descanse.
—¡Habrá qué avisar  al ciento doce! —aconseja alguien.
—Ya he llamado yo —comenta el joven atendiendo  la caña que acaba de tensarse — dicen que mandarán una lancha de la Cruz Roja.

El nadador gira su cuerpo  para impulsarse esta vez con el brazo izquierdo. Poco a poco se distingue solo un punto lejano en el mar.

Desde los muelles del puerto una zodiac avanza dejando  una línea blanca tras de sí, se dirige hacia el lugar que indican los hombres del muelle con el brazo tendido. Luego empieza a girar en espiral hasta parar el motor.

El espigón está sumido en el silencio y nadie atiende la pesca.

 —¡El nadador sortea la embarcación! —informa el de los prismáticos. 

La lancha  se desplaza unos  metros mar adentro y luego vira. Zigzaguea y se  acerca a la costa despacio, funcionando como una barrera.

—¡Parece un baile! Es como un tango entre barca y marino —comenta la mujer que aún sigue sollozando— solo espero que no acabe en tragedia.

Los hombres de la lancha dejan caer la escalera en el  agua pero el nadador se niega a subir.

Una gaviota lo observa todo marcando círculos en el cielo.

La lluvia se ha detenido y el viento deja de azotar la superficie del mar. El punto en el agua se hace  más  grande y en la playa se van sumando curiosos que  cuchichean, asintiendo.

  El nadador llega a la costa. Se yergue y sale desnudo envuelto en espuma, avanza con el ceño fruncido, dispuesto a hacer oír su voz.
 Su cuerpo  de atleta denota el paso del tiempo pero sigue mostrando toda la  fuerza de antaño. Sus ojos se mueven veloces y observan a un grupo de agentes que avanzan dejando sus huellas en la arena.

—¿Se encuentra bien? —pregunta un agente.
—¿Ha ingerido alcohol o alguna droga? —pregunta otro policía.

 Una lancha recorre la costa en línea recta y detiene su camino en la boa,  el nadador la sigue con la mirada mientras se le nubla el semblante, toda su furia desvanece y, de golpe,  parece ausente.

—Voy a tomarle el pulso, le veo trastornado—dice el primer agente  cogiéndole el brazo.
El SAMUR está de camino —comenta un tercero acercándose a ellos— ¿Necesitas ayuda?
—No, está tranquilo —Y dirigiéndose al nadador— ¿Es usted extranjero? ¿Tiene  papeles? ¿Pasaporte? ¿Habla español?

El chico del muelle se acerca con la gabardina y un policía vuelca el contenido de los bolsillos en el suelo.
 —No hay documentos— dice, y examina los objetos—  una naranja, una chocolatina, un bono de trasporte a la playa y un objeto algo extraño, una especie de talismán, parece la cola de un roedor unida a una alianza de oro. Este hombre guarda más de un secreto.
—¡Tú ves secretos por todas partes!—comenta el compañero entre risas.
—¡Qué antidrogas inspeccione la costa! —añade el que había vaciado la gabardina, molesto por el comentario— probablemente su intención era la de recoger algún paquete  dejado en el mar por un cómplice.

—¡Ese hombre quería suicidarse! —grita un curioso.
—¡O es un terrorista! —se lanza a decir otro.
—¡Circulen, por favor! ¡Circulen! —grita un guardia disolviendo a los curiosos.

 El nadador sacude la cabeza salpicándolo todo de gotas saladas. Recoge la gabardina y tapa con ella su  desnudez.

—¡Loco, borracho, drogado, suicida, traficante, extranjero y terrorista! ¿Seguro que no se os  ocurre nada más? —Y lanza una mirada de odio a la muchedumbre—. La apuesta ya está perdida, pero ¡me juego la gabardina a que perderé también el último autobús de la mañana!

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