miércoles, 24 de enero de 2018

La paella s’está refredant





—¡Cague en tot! —dijo el viejo restregándose la cara con manos callosas. Luego volvió a colocarse el puro en la boca— Parece que fue ayer cuando tu padre sudaba gotas de sangre, con los brazos llenos de libracos, en la esquina de clase.

—Es verdad —afirmó Tonica desde el otro lado de la valla—, contaba que al paso de un avión dejaba lo que estaba haciendo y corría a la ventana, y que ni siquiera los gritos de doña Pura conseguían despegarlo de ahí.

—¡Cague en tot! Esa mujer jamás llegó a entenderle. ¡Y nosotros, cómo nos reíamos! —añadió el hombre dando una bocanada al puro apagado—. Luego tu abuelo saltó por los aires y con él los sueños de tu padre. Aunque creo que Vicent siempre supo que no llevaría un avión por mucho que lo desease. ¡Puta vida! Esos sí que eran tiempos duros.

El hombre bajó la cabeza mascullando y fijó la mirada en el barquito con el que estaba jugando su nieto.

—Recuerdo que cuando nos llamaron a filas, tu padre pactó con el mismísimo demonio para entrar en aviación y cuando supo que tocaba marina, el muy cabrón se lio a patadas con la puerta del ayuntamiento —dijo entre carcajadas, para acabar casi sollozando—, cuanto lo echo de menos ¡cague en tot!

Tonica aspiró una gran bocanada de aire y luego se apoyó en la valla.

—¡Valencianos, Pere! ¿Qué otra cosa os podía tocar?

—¡Y menos mal que coincidimos en el barco! si no tu padre se hubiese echado a los peces. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Recuerdo que hasta pensó en reengancharse, el muy cabrón!

—Pero al final, el marinero no subió al barco.

—No, no lo hizo. Si lo hubiese hecho aún seguiría vivo —Calló un momento en el cual parecía que hubiese dejado atrás su esencia, a kilómetros de distancia— .Tu padre quería volar y arrancar las cadenas que le tenían atado a la terra. Deseaba ser libre pero sabía que su deber era sacar adelante el negocio y cuidar de los hermanos.

—Y luego llegó mi madre y después yo para afianzar aún más las cadenas, pero por fin, hoy papá verá cumplirse su deseo.

—¡Cómo me alegro! Cuando me lo contaste, en el funeral, no podía creerlo —chasqueó la lengua y luego bajó la voz— ¿Lo tienes todo preparado?

—Claro. Esperemos que no llueva.

—¿Sabes lo que creo? que aunque no quieras reconocerlo, llevas el negocio en la sangre.

Tuve buen maestro, pero ya sabe usted que mi vida está en otra parte —dijo y dio un paso para irse—. Ahora le dejo que la comida estará preparada. Con Dios, Pere.

—Con Dios, Tonica.

Mientras la joven se alejaba, el nieto fue a tirar de la chaqueta del abuelo. Le miraba, desde abajo, con la boca abierta.

—¡Tranquilo Josep! El yayo está bien. Verás, de mi quinta ya solo quedo yo y, esta vez, el regusto amargo que tengo en la boca no se debe precisamente al tabaco.


La paelleta está reposant —gritó Amparín que, tras salir de la barraca, cogía al nieto en brazos— ¿Se puede saber a qué venía tanta cháchara y con quién?

¡La mare que va, que maneres! Parlava con Tonica, la del pobre Vicent.

Descanse en pau.

—Esta noche lo hará, no te quepa duda.

—¿Qué quieres decir?

—Ya lo sabrás, mujer. Todo a su tiempo. ¡I no em mires així! No pienso hablar porque una promesa es una promesa.

—Ese hombre llenó de pájaros la cabeza de la niña. Supongo que se quedará con el negocio ¿no?

—¡Esta vez no será así! Se lo quedará Fermín, según quiso Vicent. Tonica no lo necesita, la xiqueta es piloto y además vive allí, en las Américas.

¿Pilot? Estas niñas de hoy no entienden su papel en la vida. ¿Cóm va a quedar-se prenyada si está sempre en les altures? ¡Y entra de una vez que se pasa el arroz!


Esa noche Tonica caminaba sola entre un tendido de explosivos y aun así no dejaba de hablar en voz alta, sollozar y reír.

—¡Tiene gracia, pare, un año sin vernos y te echo en falta ahora que ya no puedo despedirme de ti! ¿Sabes? daría cualquier cosa por pasar aunque solo fueran cinco minutos más contigo, y darte las gracias por todo. ¡Ves, ahora me estás haciendo llorar! —Y tras pasarse la mano por las mejillas se echó a reír—. Espero que estés preparado porque se acerca la hora.

A las doce prendió la mecha del castillo pirotécnico que había preparado ella misma. Esa noche, Vicent, reducido a cenizas, subiría a lo más alto para caer después, en vuelo libre, allí donde el viento quisiera llevarle.