lunes, 3 de diciembre de 2018

Amor fraterno






—¡Mira! Aquí hay unas cuantas —grita Daniel y menea el trasero como el perro delante del hueso.

Raquel esconde el móvil entre la ropa sucia del cesto y niega con la cabeza, luego se acerca  al hermano que permanece inmóvil, a cuatro patas y con la cabeza metida en una esquina del sótano.

—¿Las ves? —pregunta Daniel indicando una baldosa del suelo. Saca un recorte de revista del bolsillo y se pone a leer: “Son bolitas pequeñas,  como manchas marrones viscosas de tamaño diminuto…

—¡Muy bien! El hallazgo de excreciones de cucaracha merece premio. ¿Y ahora qué? —pregunta Raquel resoplando. 

Daniel se sienta, se quita el casco y apaga la linterna adherida en la parte superior.

—Hemos superado la fase uno, con éxito —dice asintiendo con ojos cerrados—, ¡están aquí y quieren guerra!

—¡Eso ya lo sabíamos, Daniel! Te dije que  emperrarse en demostrarlo científicamente iba a ser una pérdida de tiempo.

—¡En la guerra las cosas se hacen bien y en este caso la estrategia tiene sus fases.

—¿Podemos pasar de una vez a la a la fase dos? —grita Raquel.

—Esa fase implica el inicio de la batalla. ¿Seguro que estás preparada?

—¡Pues claro, idiota! Si no, no estaría  aquí —contesta la hermana y se gira haciendo volar la melena rojiza—. ¡La cruz de tener hermanos pequeños…!

—El deseo de mamá fue que se acabaran las cucarachas del sótano, y lo pidió, bien alto, al apagar las velas —replica Daniel apartando el flequillo que le tapaba los ojos—. Ahora, si no quieres ayudarme... como papá no puede bajar del cielo… ¡tendré que hacerlo yo solo!

Raquel llena los pulmones de aire y reprime un suspiro.

—¡No te pongas así, hermanito! Estoy aquí, ¿no? aunque siga opinando que para demostrar amor a mamá podríamos haber buscado otra cosa. ¡Pero venga, acabemos de una vez!

—¿Acabar? ¡Si estamos empezando! —protesta Daniel y mira a su hermana con ojos grandes—. Está bien, sigamos. La fase dos es la de las bombas químicas.

—¿¡Te has vuelto loco o qué te pasa!?

—¡Tranqui! —corta el chico—, no son peligrosas. Paco, el hermano mayor de Jaimito, me las ha comprado y me ha explicado cómo usarlas. Lo importante es hacerlo ahora que mamá no está y Martina no se ha enterado aún del asunto, las mujeres no entienden de estas cosas y  podrían asustarse.

Raquel encoge el cuello y levanta los hombros.

—¡Tú todavía no eres una mujer! —añade Daniel al ver que la hermana ha abierto  las manos y la boca a la vez, pero no dice ni una sola palabra—, todavía ves las cosas bastante claras…

El chico sale a toda prisa al jardín murmurando a media voz que Raquel ya no es la misma y que se  parece a la mandona de Martina cada vez más.

Y mientras Daniel coloca las bombas de humo contra la pared del  sótano,  su hermana abre puertas y cajones en el interior del local, jurando que será la última vez que hace caso a ese mocoso y que no va a dejarse chantajear con el asunto del papá.


Llegados a ese punto solo queda esperar el resultado.

 Raquel parece preocupada de haber respirado esos vapores nocivos y se queja de las posibles consecuencias. Decide subir a su cuarto tras hacer jurar a Daniel que se va a estar quietecito hasta la llegada de mamá.




—La fase dos no ha funcionado del todo —susurra Daniel desde la puerta del  cuarto de Raquel, unas horas más tarde—, la hierba se ha puesto amarilla y los rosales están chamuscados pero en el sótano las cucarachas siguen bailando hip hop como si nada.

—¡Daniel! Raquel no está ahí —dice la hermana mayor saliendo en ese momento del cuarto de baño con la cara descompuesta—, es más, estoy asustada porque Raquel me  ha contado todo y, mientras lo hacía, no dejaba de toser y de retorcerse de angustia. Creo que con los experimentos que acabas de hacer, nuestra hermana se ha transformado en una cucaracha.

—No puede ser…

—Volví al aseo para ver cómo se encontraba y en su lugar había uno de esos bichos ¡enorme!  que al verme se escabulló  escaleras abajo. Me pareció que la cucaracha gritaba “¡socorrooo!” con la misma  voz de Raquel. La seguí pero acabo de perderla de vista al llegar al sótano.

—¡Santo Dios! —grita Daniel y se lleva las manos a la boca— ¡acabo de poner en marcha la fase tres, las bolitas de veneno!

Y sale corriendo al piso de abajo.

En ese momento la madre entra en casa, Daniel frena y pone una de sus mejores sonrisas.

—¿Qué tal, madre?

Bien, cariño —comenta la mujer, y al darse la vuelta sus ojos se llenan de terror—  Mantened esa puerta cerrada, ¡por todos los Santos!

Daniel mira a Martina, se le acerca, abre un solo lado de la boca y pregunta:

—¡¿Cómo vamos a explicarle lo de Raquel?!

—Ya se me ocurrirá algo, mientras tanto mira en internet, a ver qué podemos hacer para recuperar a nuestra hermana.

—¡Esto es una locura! En las instrucciones no ponía nada de posibles efectos secundarios —murmura el chico mientras sube a su cuarto.



Inmerso en la búsqueda, Daniel oye unos golpes espantosos provenir desde abajo. Se le tensan los músculos y su cara pierde color. De repente se ha acordado de las bolitas de veneno y además, ahora, esos porrazos…

—¡Raquelll! —grita y  se precipita por las escaleras.

La visión de su madre en el sótano, escoba en mano, golpeando a diestro y siniestro, con los ojos cerrados y gritando como una posesa, le empuja a buscar la barandilla para no caer desmayado.
En el momento en el que el chico se lanza a confesar lo ocurrido, Raquel sale de detrás de la lavadora, con la ropa sucia, la cara manchada y una sonrisa que a Daniel  parece significar “pese a todo sigo viva”.
El chico se sienta en un escalón. Sigue temblando y por unos segundos esconde la cara entre sus manos. Cuando vuelve a mirar a su madre, su expresión ha cambiado.

—Yo lo dejaría, mamá, ¡mientras se queden aquí abajo…! Y, como tú dices siempre, “uno nunca sabe lo que le depara la vida”, además, esos bichos  tendrán padres y hermanos que se preocupan por ellos, ¡no crees?

11 comentarios:

  1. Magnífico relato. Es una gozada y una exhibición del manejo de materiales.El lector agradece este tipo de relatos, que tienen un fondo sugerente para levantar nuevas historias con esta trama ágil e imaginativa. Felicidades Paola, me gusta este relato.

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  2. Gracias Luis.
    La verdad es que me he divertido escribiéndolo y eso, siempre vale la pena...
    Saludos

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  3. Una aventura de "Daniel el travieso" digna de ser publicada. Los únicos lectores que no estarían muy satisfechos de esa travesura serían los ecologistas. Aunque, bien pensado, yo me considero uno de ellos y las cucarachas me repugnan, jajaja.
    Un abrazo.

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  4. Hola Josep

    Gracias por comentar.
    Al final, Daniel logra ver un lado humano en las cucarachas...

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  5. Final redondo, Paola. Finalmente,aunque solo por poco tiempo, Raquel acabo convertida en cucaracha.

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  6. Toda una aventura sin salir de casa. Un relato muy entretenido que nos da el privilegio de ser partícipes de esas correrías exclusivas de los más pequeños y en los que los adultos solo irrumpimos para poner orden. De niño yo tenía fijación con las hormigas, ni te cuento lo que les hacía con un barreño de agua. Un abrazo!!

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  7. Lo que más me gusta de “Amor sin límites”, es que es dinámico y ágil, no es para menos, son niños, así que has hecho bien en darle rapidez al cuento. ¿Cómo lo has conseguido?, pues veo un montonazo de verbos de acción. Y por fortuna, los niños hablan como niños, con las voces justas, a veces cometemos el error de hacer bobos a los niños, o lo que es peor, ponerles a hablar como adultos.

    Y añado... la conversión a cucaracha de la niña me ha parecido un golpe de efecto magistral ¡sí señora! ¡Así se escribe Paola!

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