miércoles, 27 de junio de 2018

El último viaje









Cinco de la mañana. Aeropuerto de Valencia.
—Tranquila mamá, verás que todo irá bien — susurra mi hijo y me aprieta las manos.
El avión despega y no consigo pensar.


Diez treinta. Estación de Milán.
Gente corriendo. Arranca el tren para Génova. Miro por la ventanilla y mantengo la mente en blanco.


Doce treinta. Génova.
Palmeras y olor a salitre, recuerdos de infancia.


La una. El hospital y las batas blancas.
Cruzo el pasillo que lleva al centro paliativo y me dicen que su habitación es la tercera.
Apenas puedo reconocerla. La cara es tan delgada que solo veo orejas. Está sentada, con las manos en el regazo y la mirada fija en el suelo. Cuando oye el abrir de la puerta, levanta la cabeza y su expresión me estremece.
Entro y su sonrisa hace chispear esos ojos grandes que me miran sin ver.

—¿Sei tu? (eres tú)
Sí, mamma, sono quí. ( estoy aquí)
La abrazo y le doy un beso en la cabeza. Su pelo sigue oliendo a fruta tropical.
Mi hanno detto che posso rimanere la notte. Cosí stiamo assieme… (Me han dicho que puedo quedarme por las noches, estaremos juntas.)
¿fino alla fine? (hasta el final)
Sí mamma —y se me hace un nudo en la garganta.

La habitación es grande y soleada. Da a una amplia terraza llena de flores que recorre toda la planta. Aquello fue un centro para tuberculosos, transformado ahora en el último hogar para los que no tienen esperanza.
—¿Qué quieres qué hagamos, mamá?
—Salir a la terraza y hacer crucigramas. Coge un cigarrillo, aquí dejan fumar.
Suspiro pero no tengo valor para negarme.
Fuera el aire huele a primavera, a flores y a mar. Nos sentamos a la sombra y leo una definición del crucigrama.
Mientras ella piensa, enciendo el cigarrillo y se lo paso, mirando hacia todos lados.
—Creo que se refieren a la batalla de Stalingrado —dice— ¿de cuántas letras es?
— Acertado, como siempre. ¡Y dame el cigarrillo no vaya a venir el doctor!
—Él fuma, se lo he notado en el aliento. Además ¿qué podría decirme? ¿Qué fumar mata?

Es de noche y los dolores se agravan. Los enfermeros aumentan la dosis de morfina.

Esta mañana el crucigrama nos está costando más.
El vecino de la habitación derecha es un chico de veinticinco años. Su madre sale a la terraza a llorar.

Hoy es el tercer día de mi viaje y mi madre me llama de usted.

El cuarto día ha llegado, mamá no quiere comer. Solo pide Coca Cola fría.
Conozco a la novia del chico de al lado. La tristeza llega a límites inconcebibles. Ya no sé ni por quien estoy llorando.
De tanto verme, los médicos y los voluntarios ya me conocen, y por las noches salen conmigo a la terraza. Charlamos, y tengo la sensación de que ellos necesitan más terapia que yo.

Ha llegado el séptimo día. Mi madre está afuera disfrutando del fresco. Quisiera pensar que se siente feliz por tenerme a su lado. A la hija que vive lejos y que ha visto tan poco en los últimos tiempos. Pero no sé si lo piensa. No comenta nada.
En la habitación de la izquierda hay una mujer enferma de Parkinson. Se pasa las noches llamando a mamá.

Desde el último cigarrillo, mi madre se ha tumbado en la cama y no quiere levantarse. Dice cosas sin sentido. A veces habla en español y pregunta si los gatos han comido.
Ahora puedo atenderla. Antes no se dejaba. Me decía que no era una inválida y que podía mear sola.
Le mojo los labios, le refresco la cara y la cambio. Le leo relatos pero no sé si me escucha. Intento salir a la terraza cuando no hay nadie.

El décimo día. Mi madre no habla y no se mueve. La voluntaria del momento, una chica delgada con aire tristón, me asegura que ella sabe que estoy a su lado, aunque no lo parezca.
Le contesto que no estoy muy segura de eso. La oímos toser y corremos. Mi madre se incorpora y pone la cabeza en mi pecho. La voluntaria sonríe entre lágrimas. Yo me muero por dentro.

Undécimo día.
—Tu madre está en coma —dice la doctora que sale conmigo a fumar —te queda lo peor.
Me cuenta que su madre la abandonó cuando ella tenía solo dos meses. Por lo visto, la mujer no quería una niña, deseaba un varón.
Me encuentro fatal, pero me doy cuenta de que hay gente que está peor.
Ceno un emparedado. Me cuesta trabajo tragar, pero la voluntaria delgadita con aire tristón amenaza con no marcharse y quiero estar a solas con mi madre.
Me siento en una butaca al lado de la cama.
No pienso acostarme, cuando duermo caigo en letargo. Recuerdo que cuando mi hijo era pequeño y estaba malito, yo pasaba las noches en una silla para tomarle la temperatura cada tres horas.
Se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Puta vida! Nos pasamos el tiempo sufriendo por los hijos para que luego los hijos sufran por nosotros. Me pregunto si está la mano de Dios en esta idea macabra y prefiero pensar que no hay un Dios.
Me quedo traspuesta y me despierto de golpe, demasiado silencio.
Mi madre ha dejado de respirar. Así, sin avisar.
Yo creía… yo quería…
Se me cierra la boca y suspiro. Aquí acaba mi viaje y me sorprende pensar que en este momento empieza el suyo. Quizás sea más duro que el mío...

—Tranquila mamá, verás que todo irá bien — susurro y aprieto sus manos.

sábado, 24 de marzo de 2018

El Pelailla





Llenó la cafetera y la puso sobre el hornillo. Mientras esperaba, fue al salón y tomó un álbum de fotos de la estantería que dejó en la mesa al lado de una carta cerrada.
La cafetera ronroneó y Esperanza fue a apagar el fuego, llenó una taza de café y observó como la espuma recubría el líquido negro. Después se sentó y volvió a mirar el sobre, al lado del álbum. El remite era de la Fundación Bioandina en la Sierra de Pailemán en la Patagonia Argentina.

Sonrió y abrió despacio el álbum de fotos de su único hijo.

«¿Cuánto tiempo hace que no hablamos Raffaele? Siempre pensé que yo tenía razón en todo, ya sabes, tardo en darme cuenta que no hay que confundir sensibilidad con blandurrosquería. Sin embargo, ahora tengo miedo de leer esta carta y encontrar algo que no acabe de gustarme.»

Abrió el sobre y desplegó con mano temblorosa el papel:

Querida mamá,
Puede que no abras esta carta y que no la leas,
que la haya escrito en vano... pero no importa, lo
hago igualmente porque no puedo seguir así, te
echo mucho de menos.
Sé que estás enfadada pero ahora puedo
explicarte y demostrarte lo que significaba para
mí este viaje. Anoche me acordé de aquel día en
el que te conté lo del cóndor…


Levantó la vista, y con brillo en los ojos movió rápido las hojas del álbum. En la cabecera una etiqueta, "Raffaelle a los ocho".

«Han pasado quince años y vaya si me acuerdo. Desde la ventana te veo llegar con los hombros hacia atrás como si no tuvieras miedo a enfrentarte a la vida, es el peso de la mochila lo que te obliga a caminar de esa manera
Abro la puerta y me dices que no quieres que te llamen Pelailla nunca más y yo te explico que una pelailla es una almendra recubierta de caramelo, algo serio envuelto en una capa dulce.»

Levantó la cabeza y fijó la mirada en la baldosa que tenía delante.
Ahí me estoy viendo intentando hacerte cómplice de mi blandurriez disfrazada de sensibilidad, dijo con una sonrisa en los labios.

«—No te esfuerces, mamá, ¡odio ese nombre! Quiero que a partir de ahora me llamen el Cóndor— contestaste y entraste en casa con la barbilla levantada.
Pregunté si de verdad creías parecerte a esas aves.
—¡Pues claro que sí! —dijiste mirándome con esos ojos grandes— y no las llames aves porque no son ni gallinas ni pollos, son los reyes de los Andes.
Fuimos a la cocina y te sentaste. Tus pies no llegaban al suelo y tus piernas se movían adelante y atrás como las de un muñeco al que no se le acaba la cuerda.

Mientras preparaba el bocadillo hice la parodia de un cóndor que vuela en círculos y se lanza sobre el plato, tú cruzaste los brazos sobre el pecho y tus ojos se hicieron pequeños. Después, aseguraste que no estabas para bromas.
Te dije que si querías merecer ese mote, tenías que hacer algo grande y pensaste en apuntarte al concurso de poesía del colegio.»

El móvil empezó a vibrar y Esperanza vio el nombre de Merche en la pantalla. Lo dejó sonar y sacó el azúcar, luego volvió a fijar la vista en la baldosa.

«Te aconsejo que firmes con el pseudónimo de “Cóndor” y enseguida preguntas qué significa “pseudónimo”. Mientras te lo explico ya no te estas quieto, no tienes tiempo para más, y acabar el bocadillo te cuesta. Te digo que si quieres parecerte a los reyes del cielo deberías raparte la cabeza y tú echas el cuello hacia atrás y empiezas a bailar con el trasero en la silla.
—¡Eso sí que no, todos dirán que tengo piojos!
¡Y se te ocurre preguntar si el cóndor tiene piojos! »

Entre risas sopló sobre la superficie del café.

«Quieres acabar la merienda lo antes posible y ofreces la mitad del bocadillo a Dino afirmando que el animal tiene las patas flacuchas. ¡Pobre Dino! »

Desplazó la mirada hacia el techo durante unos segundos, luego pasó las páginas del álbum hasta encontrar la foto de un perro de patas largas y aspecto desarrapado. Sonrió.

«Vas corriendo al despacho y mientras esperas a que se ilumine el monitor, repiqueteas con los dedos sobre la mesa como hacía papá y al fin tecleas: Como escribir la mejor poesía del mundo. »

Decidió tomar el café sin azúcar y cerró los ojos para dar el primer sorbo.
Mientras bebía, con el pulgar hacía rodar dos alianzas que convivían en el dedo anular. Las miró con detenimiento y las besó. Acabó la bebida de un trago y buscó entre las fotos del álbum una en la que posaran los tres, ella, Gino y Raffaele, en esos días tan felices de su vida. Al limpiarse una lágrima que corría por la mejilla reparó en la carta abierta sobre la mesa y volvió a cogerla.

«Le estoy viendo, mi pequeño gana el concurso pero esa tarde llega a casa enfadado porque todos siguen llamándole Pelailla.»

… y de cómo empezó mi afición por esas aves.
¡Si supieras cuanto me alegro de haberte hecho caso!
Mira adonde he llegado: aquí, en la reserva,
acaban de nombrarme especialista del equipo.
Y pensar que todo empezó con un pseudónimo!
Gracias mamá.
Te manda un beso muy grande,

el Condor que se comió la Pelailla


Inspiró, y lo hizo de forma tan profunda que parecía no fuera a hacerlo nunca más.
Cogió el móvil y pulsó sobre el aviso de llamada perdida.
—Hola, Merche.
—¡Esperanza, me alegro de oírte! Te llamaba porque estamos todas aquí, en mi casa y vamos a sacar los billetes. He pensado que a lo mejor habías cambiado de idea…
—Por eso te llamo yo también, he decidido ir con vosotras a París, si estoy a tiempo.
—¿En serio? ¡Claro que sí! ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión tan de repente?
—Un café, caliente y amargo.

miércoles, 24 de enero de 2018

La paella s’está refredant





—¡Cague en tot! —dijo el viejo restregándose la cara con manos callosas. Luego volvió a colocarse el puro en la boca— Parece que fue ayer cuando tu padre sudaba gotas de sangre, con los brazos llenos de libracos, en la esquina de clase.

—Es verdad —afirmó Tonica desde el otro lado de la valla—, contaba que al paso de un avión dejaba lo que estaba haciendo y corría a la ventana, y que ni siquiera los gritos de doña Pura conseguían despegarlo de ahí.

—¡Cague en tot! Esa mujer jamás llegó a entenderle. ¡Y nosotros, cómo nos reíamos! —añadió el hombre dando una bocanada al puro apagado—. Luego tu abuelo saltó por los aires y con él los sueños de tu padre. Aunque creo que Vicent siempre supo que no llevaría un avión por mucho que lo desease. ¡Puta vida! Esos sí que eran tiempos duros.

El hombre bajó la cabeza mascullando y fijó la mirada en el barquito con el que estaba jugando su nieto.

—Recuerdo que cuando nos llamaron a filas, tu padre pactó con el mismísimo demonio para entrar en aviación y cuando supo que tocaba marina, el muy cabrón se lio a patadas con la puerta del ayuntamiento —dijo entre carcajadas, para acabar casi sollozando—, cuanto lo echo de menos ¡cague en tot!

Tonica aspiró una gran bocanada de aire y luego se apoyó en la valla.

—¡Valencianos, Pere! ¿Qué otra cosa os podía tocar?

—¡Y menos mal que coincidimos en el barco! si no tu padre se hubiese echado a los peces. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Recuerdo que hasta pensó en reengancharse, el muy cabrón!

—Pero al final, el marinero no subió al barco.

—No, no lo hizo. Si lo hubiese hecho aún seguiría vivo —Calló un momento en el cual parecía que hubiese dejado atrás su esencia, a kilómetros de distancia— .Tu padre quería volar y arrancar las cadenas que le tenían atado a la terra. Deseaba ser libre pero sabía que su deber era sacar adelante el negocio y cuidar de los hermanos.

—Y luego llegó mi madre y después yo para afianzar aún más las cadenas, pero por fin, hoy papá verá cumplirse su deseo.

—¡Cómo me alegro! Cuando me lo contaste, en el funeral, no podía creerlo —chasqueó la lengua y luego bajó la voz— ¿Lo tienes todo preparado?

—Claro. Esperemos que no llueva.

—¿Sabes lo que creo? que aunque no quieras reconocerlo, llevas el negocio en la sangre.

Tuve buen maestro, pero ya sabe usted que mi vida está en otra parte —dijo y dio un paso para irse—. Ahora le dejo que la comida estará preparada. Con Dios, Pere.

—Con Dios, Tonica.

Mientras la joven se alejaba, el nieto fue a tirar de la chaqueta del abuelo. Le miraba, desde abajo, con la boca abierta.

—¡Tranquilo Josep! El yayo está bien. Verás, de mi quinta ya solo quedo yo y, esta vez, el regusto amargo que tengo en la boca no se debe precisamente al tabaco.


La paelleta está reposant —gritó Amparín que, tras salir de la barraca, cogía al nieto en brazos— ¿Se puede saber a qué venía tanta cháchara y con quién?

¡La mare que va, que maneres! Parlava con Tonica, la del pobre Vicent.

Descanse en pau.

—Esta noche lo hará, no te quepa duda.

—¿Qué quieres decir?

—Ya lo sabrás, mujer. Todo a su tiempo. ¡I no em mires així! No pienso hablar porque una promesa es una promesa.

—Ese hombre llenó de pájaros la cabeza de la niña. Supongo que se quedará con el negocio ¿no?

—¡Esta vez no será así! Se lo quedará Fermín, según quiso Vicent. Tonica no lo necesita, la xiqueta es piloto y además vive allí, en las Américas.

¿Pilot? Estas niñas de hoy no entienden su papel en la vida. ¿Cóm va a quedar-se prenyada si está sempre en les altures? ¡Y entra de una vez que se pasa el arroz!


Esa noche Tonica caminaba sola entre un tendido de explosivos y aun así no dejaba de hablar en voz alta, sollozar y reír.

—¡Tiene gracia, pare, un año sin vernos y te echo en falta ahora que ya no puedo despedirme de ti! ¿Sabes? daría cualquier cosa por pasar aunque solo fueran cinco minutos más contigo, y darte las gracias por todo. ¡Ves, ahora me estás haciendo llorar! —Y tras pasarse la mano por las mejillas se echó a reír—. Espero que estés preparado porque se acerca la hora.

A las doce prendió la mecha del castillo pirotécnico que había preparado ella misma. Esa noche, Vicent, reducido a cenizas, subiría a lo más alto para caer después, en vuelo libre, allí donde el viento quisiera llevarle.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Una Navidad con olor a jabón





Jorge, vestido con su mono azul, avanza a grandes zancadas por la calle y sortea los corrillos de compañeros que se paran a charlar tras la jornada de trabajo.
El autobús es un lujo que pocos pueden permitirse en estos tiempos pero a él no le importa porque sus piernas son fuertes.
Se para en una esquina y con las manos en los bolsillos espera paciente. Por fin El Cansino, a caballo de su Ossita 50 con horquilla Radexi, pasa delante de él a toda velocidad y desaparece calle abajo fingiendo no haberle notado. Jorge le sigue con la mirada y después reanuda el camino.
Al llegar a la tienda de electrodomésticos Martínez e hijos, se detiene a observar la decoración navideña del escaparate. Con la derecha palpa el bulto que lleva en el bolsillo mientras cierra los ojos y frunce el ceño, es consciente de que si da ese paso no habrá vuelta atrás pero sabe que tiene que hacerlo. Sacude la cabeza y entra con decisión.

—¡La última cuota! —dice estampando un fajo de billetes sobre el mostrador—. La lavadora ya es mía.

—¡Ay, el amorrr! —exclama un hombretón que sale de la parte de atrás del establecimiento con los pulgares enganchados en los tirantes — ¡Estaba convencido de que, al final, cambiarías de idea! ¿Qué pasa con la moto de tus sueños?

—No hay moto, ya está decidido.

—¡Qué chaval! —dice el hombre negando repetidas veces— No te apures, mañana mismo Marieta tendrá la lavadora en casa, pero recuerda lo que te va a decir este viejo: el amor es tan efímero como la Navidad, enseguida se pasa.

—Las cosas no son iguales para todos.

—Bueno, ya me lo contarás dentro de unos años. ¡Que sepas que sois los primeros en el barrio en tener una máquina como esta!


Esa noche Marieta decide acostarse temprano. En el aire la melodía del Colacao y en la butaca, Jorge que espera el inicio de Ustedes son formidables en la emisora de radio.
Al quedarse solo, el hombre no lo piensa dos veces, apaga el equipo y sigue a su mujer a la habitación.

—He tenido mucho trabajo hoy, y la niña no ha parado de llorar—dice Marieta en el momento en que Jorge se acerca a ella bajo el calor de la manta— esta noche no estoy para nada.

—Y yo que venía buscando locura y desenfreno, ¿tendría que conformarme con acariciar las partes más inocentes de tu cuerpo?

—¡Calla, loco! cómo se te ocurre decir esas cosas… ¿qué pensaran los vecinos?

—¡Pero si no nos oye nadie! —contesta Jorge abriendo los ojos más de lo normal.

—¡Por si acaso!—contesta Marieta con un hilo de voz.

Jorge hubiera querido replicar pero nota que la respiración de Marieta ha cambiado, ahora es profunda y pausada. Se levanta, va al cuarto de baño y mientras observa los dedos de sus pies toma la decisión de poner la cabeza debajo del grifo, después de todo es Navidad.


A la mañana siguiente Jorge entra en la cocina cuando todavía no ha amanecido, lleva la bata puesta pero aun así tirita de frío. Marieta está vestida y remueve el contenido de un cazo en el fuego, al baño maría.

—Buenos días gatita, ¿has descansado? —pregunta Jorge mientras se acerca a ella. Luego le susurra algo al oído y desliza los brazos sobre sus muslos.

—¡Eres incorregible! —susurra Marieta intentando esconder una sonrisa.

—¡Vaya un olorcito! —dice Jorge tapándose la nariz— eso no será la comida ¿verdad?

—No, tonto, no. ¡Es para las grietas! una parte de manteca, un cuarto de aceite de ricino y otro tanto de cera de abeja —Marieta retira el cazo y apaga el hornillo—. Ya está, ahora solo tiene que enfriarse.

Jorge decide no dejar escapar la ocasión:
—¡Ya sabes que con lo que gano podríamos vivir!

—¡Ya sabes que no pienso dejarlo! —contesta Marieta alzando la voz— ¡Ya hemos hablado largo y tendido de eso!

El hombre suspira y baja la cabeza.


Esa tarde, al salir de la fábrica, las zancadas de Jorge abarcan diez centímetros más de lo habitual, no se detiene en la esquina ni tampoco en la tienda de electrodomésticos, lo único que quiere es llegar a casa para ver la cara de felicidad de Marieta. Pero, contra todo pronóstico, la encuentra rodeada por un grupo de vecinas y llorando.
Al verle entrar, la mujer corre a echarse en sus brazos sollozando palabras ininteligibles. Jorge no se atreve a preguntar, espera lo peor.
De repente un ruido desconocido llama su atención, parece el sonido de la bomba de un pozo. Marieta le suelta y sostiene su cabeza entre las manos, le dice un cuánto te quiero mi amor, y le da un beso en la punta de la nariz, luego se dirige con él a la cocina. El séquito de mujeres los sigue en procesión.
Un cajón blanco desagua en la pila por medio de un tubo de plástico y en su parte delantera, a través de una ventanilla redonda como la de un barco, Jorge distingue la ropa de las clientas de Marieta dar vueltas sin parar.


Unos años más tarde las Navidades transcurrirán de forma diferente. Jorge tendrá alguna cana y Marieta alguna arruga incipiente. En esa ocasión será un juez el que comente que se han adelantado y que son los primeros del barrio. La pareja ha obtenido por fin la sentencia de divorcio.
La de esa Navidad será una historia que contarán a los nietos todos los veinticinco de diciembre. Ese día se reconocerán un año más viejos y mientras los niños sonreirán al escuchar sus palabras, sus manos se cogerán de forma furtiva, veladas por el mantel de la mesa.


Pero de momento, dejemos que los dos tortolitos disfruten de esos días de ensueño en los que todo es del color del cielo, en los que los pájaros cantan y en los que los jóvenes cuerpos vibran de amor y deseo.

martes, 21 de noviembre de 2017

La gasolinera





En el asiento del copiloto, un cono de luz ilumina un círculo sobre un mapa de carreteras.

—¿Te paras en medio de la nada, con la prisa qué llevamos? —pregunta una voz femenina mientras el haz luminoso enfoca la cara al conductor.

—El letrero que acabamos de pasar confirma que esto es una gasolinera aunque no lo parezca —contesta el hombre deslumbrado mientras se escucha el sonido que emite el freno de mano.

—¡Mejor paramos en la siguiente, Roberto! el sitio no me gusta, está lleno de polvo, no hay ni un alma y para colmo quieren ahorrar, ¿no ves que los letreros están apagados?

—Entiendo que el sitio no desprenda glamour suficiente para ti pero te recuerdo, florecita de alelii, que lo del atajo ha sido idea tuya y te informo de que esta vez no pienso empujar.

—Está bien, me has convencido. Pero no tardes —contesta la mujer mientras saca el teléfono del bolso y activa una llamada.

—Hola Mati, soy Raquel. Sí, estamos de camino pero siento decirte que llegaremos con retraso, estamos perdidos para variar y, por si fuera poco, a Roberto se le ocurre parar a echar gasolina.

—No te preocupes, la noche es larga y lo importante es que lleguéis. Prometemos esperaros para la cena. Y a propósito de cena, te habrás puesto de tiros largos ¿no?

—La verdad es que hemos salido con el tiempo justo porque no me decidía y al final he elegido el traje rojo, el de la boda de Amparo.

—¡Buena elección! con ese triunfas esta noche. Oye, ¿dónde dices que estáis?

—Acabamos de pasar un pueblo pero no me acuerdo del nombre, es algo de una villa y una cabra, espera que ahora mismo lo busco —contesta Raquel enderezando el mapa.

—¡No será Villargordo del Cabriel!

—¡Ese mismo!

—¡Dios mío! entonces os habéis desviado a la vieja nacional lll. ¿Y dices que habéis parado en una gasolinera? ¡Eso no puede ser, querida! que yo sepa, en esa carretera las gasolineras están abandonadas desde hace tiempo.

—¡Cómo que abandonadas!, Roberto acaba…

—¡Escucha! Está anocheciendo y será mejor que volváis a la autovía. Llama a tu marido y salid de ahí enseguida.

La mujer mira a su alrededor pero la oscuridad ya lo envuelve todo, abre la puerta del vehículo y un aire irrespirable le bloquea la tráquea. Tose y vacía el contenido de su estómago sobre el cemento.

—¡Robertooo! — grita entre arcada y arcada.

Busca un pañuelo en el bolso y el contenido de éste se esparce sobre el suelo. Mientras lo recoge, Raquel, más que revuelta y angustiada, empieza a sentirse desamparada.

—¿Qué está pasando? ¡Contesta Raquel! —grita Mati a través del móvil.

—Esto no me gusta ¡aquí huele a muerto, no se ve nada y Roberto no responde!

¡Joder, Raquél! ¡pero dónde os habéis metido? ¡Iros ahora mismo!, a saber los piraos que andan por ahí a estas horas…

La mujer deja el teléfono en el asiento y sale de nuevo, nota que las piernas no la sostienen con la fuerza necesaria y avanza agarrándose a todo lo que encuentra a su alcance. En su cabeza se agolpan un montón de preguntas pero ella prefiere no responderlas.

Se acerca a la construcción e intenta mirar a través de una ventana pero todo está a oscuras y la abertura se encuentra demasiado alta. Busca y descubre un armario metálico. Con cuidado, apoya el pie en un cajón a medio abrir y toma impulso pero el mueble vuelca produciendo un ruido espantoso. Raquel queda colgada de las rejas y siente crujir la muñeca derecha. Oye unos perros ladrar en la parte de atrás y, entre espasmos de dolor, se deja caer para volver al coche corriendo.

—Raquel ¿eres tú? ¿ha vuelto Roberto? ¡Dime algo!

—¡No, Mati, no lo encuentro, creo que me he dislocado una mano y el tacón de un zapato se ha partido por la mitad!

—¡Vaya por Dios! Será mejor que apagues la luz, es vital que no te vean.

Raquel pulsa el interruptor con un movimiento veloz y solo se escucha en el aire el castañeo de sus dientes.

—¡Arranca el coche y vete de ahí ahora mismo! —dice Mati a través el móvil.

En la oscuridad, la voz de mando de la amiga pone en tensión los nervios de Raquel que empieza a busca el interruptor de contacto palpándolo todo.

—¡No puedo! Roberto se ha llevado las llaves —Solloza y se agarra la muñeca hinchada.

—Mira, cariño, estamos llamando a la policía pero tranquila, ¡no desesperes que esto no es Texas!

De pronto el retrovisor se ilumina, Raquel tarda en reaccionar pero al final se da cuenta de que tiene una última oportunidad. Sale del coche a trompicones y llega al borde de la carretera cojeando pero a tiempo para hacer señales a un camión. Unos potentes faros la deslumbran y después desaparecen quedando solo dos puntos rojos al final de la recta. En sus mejillas han impactado unas piedras del camino, y el vestido ha quedado salpicado de tierra.

Se derrumba y resbala hasta el suelo con la espalda apoyada en el letrero apagado.

Un silbido potente pone fin al ladrido de los perros y el silencio que sigue resulta aterrador. Raquel no sabe hacia dónde mirar y se tapa la cara.
Entre los dedos de las manos observa una luz que se enciende detrás de la casa, que se mueve y que termina asomando por una esquina. Raquel se estremece, la luz avanza hacia ella con decisión y el pánico la empuja a correr hacia el punto que cree más seguro, su coche.

—Mati, ¡ya vienen!

—¡Pues escóndete! que crean que Roberto viajaba solo.

Raquel no consigue moverse, vislumbra una sombra a su lado y un escalofrío recorre su espalda.

«Es el fin» y se lleva una mano a la boca.

—¡Ya estoy aquí! —dice Roberto desde el exterior— ¿notas el olor nauseabundo? Esta gente se ha quedado sin luz y el calor ha estropeado la carne que tenían en la nevera.

El hombre, con un bidón en las manos, empieza a llenar el depósito y al ver que su mujer no contesta continúa hablando:
—La gasolinera está cerrada pero en la parte de atrás, un hombre muy amable me ha vendido unos litros de gasolina para que podamos seguir.

Cierra el depósito y entra en el coche pero su florecita de alelí es incapaz de escucharle…

lunes, 30 de octubre de 2017

Nadie te creerá





Vestidos de negro todos lloraban a mi alrededor y yo no sabía quién era el muerto.

Una fina lluvia envolvía el camposanto y una multitud de paraguas se apresuró a cubrirlo todo. Busqué con la mirada al que debía de ser mi marido pero no lo encontré y una sensación de ahogo me atenazó la garganta. No lograba acordarme de mi nombre pero, minutos antes, había descubierto la foto de un hombre en el bolsillo interno de la chaqueta. Además, llevaba una alianza de oro en el dedo y nadie me estaba sosteniendo por un brazo como se suele hacer con las viudas. Me di cuenta de que entre todos los presentes tan solo reconocía al cura y eso porque vestía sotana y llevaba sombrero negro.

Me sentía como si hubiera venido al mundo en ese cementerio y en ese instante, consciente de lo qué es la vida pero sin haberla vivido.

Por momentos me llegaban a la mente imágenes oscuras iluminadas tan solo por los faros de un coche que yo misma iba conduciendo: pinos retorcidos en una carretera llena de curvas y mal asfaltada. Llevaba puesto un vestido rojo tan apretado que me quitaba el aliento, pero, por lo visto, no importaba demasiado porque iba tarareando el estribillo de una canción que estaba emitiendo la emisora de radio. A mi lado, las lentejuelas de un bolso producían destellos luminosos que distraían mi atención. A un cierto punto, la calzada desapareció y los faros alumbraron las copas de los árboles. A partir de ese instante, el enfoque ya no era el mismo y podía ver mi cabeza dar golpes contra el techo, como en una película. Recordaba rabia, miedo, soledad e impotencia, pero no conseguía sentir esas emociones en la piel. La oscuridad, el silencio y el vacío que siguieron a esa escena, más que asustar, me inquietaban.


Noté una mano que tiraba de mi brazo y me giré.

Bajo el amparo de un paraguas, un hombre elegante me animó para que hablara con mi cuñada. Le observé durante unos segundos, pero por mucho que me esforzara no lograba ubicar su cara.

El desconocido me cedió el paraguas con una inclinación de cabeza. Es curioso, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que la lluvia no me estaba mojando, no había notado que me encontraba bajo el mismo cobijo del hombre que tenía detrás. Hubiera querido preguntar quién era mi cuñada, pero no lo hice.

Me acerqué al féretro intentando ganar tiempo. Había una mujer que parecía más apenada que las demás y me dirigí hacia ella. A su lado, sin saber hacia dónde mirar, tres niños de edades similares se cogían de la mano.

—Te acompaño en el sentimiento… —dije, pero sin pronunciar su nombre.

La mujer se lanzó entre mis brazos y, por lo mucho que parecía sufrir, deduje que en el féretro yacía su marido.

—Era un buen hombre —comenté—, y te quería.

Me quedé ahí, al lado de una desconocida desecha en lágrimas, sin dejar de preguntarme si el muerto podría ser mi hermano.

Si en esos momentos hubiera sospechado lo que iba a suceder me habría ido de allí en silencio. Pero tampoco lo hice.


El cura dijo unas palabras y el ataúd quedó cubierto de tierra. Poco a poco la gente se dirigió hacia sus coches y solo quedábamos unos pocos allegados.

El hombre elegante se acercó a nosotras y nos cogió por el brazo.

Entramos en un coche, ellos dos delante y yo detrás con los niños que no paraban de subir y bajar las ventanillas.

—¡Estaros quietos de una vez, en respeto a vuestra madre! —dijo él, y aprovechó el momento para mirarme.

Me sentía perdida porque no sabía si ese hombre era mi marido, mi cuñado, mi hermano o un amigo de familia pero no me atreví a preguntar porque a nadie le extrañaba mi silencio. Todos me trataban como si yo fuera una niña que no acababa de entender y, en el fondo, no andaban equivocados.

—La verdad es que no me encuentro muy bien —comenté.

—Es normal —contestó él con dulzura— el medico dijo que tardarías en reponerte, que te cansarías fácilmente y que tendrías vacíos de memoria de vez en cuando. La muerte de Luis no te está ayudando demasiado

Mi cuñada, al oír las últimas palabras, rompió a llorar y el hombre le susurró que debía de ser fuerte y que él también echaría de menos a su hermano.

En ese momento descubrí que el muerto se llamaba Luis, que el hombre elegante era mi marido, y que mi hermano, si es que lo tenía, seguiría vivo.

Enfilamos una carretera de montaña rodeada de bosques tupidos hasta llegar a una casa de campo cuyas puertas se abrían a un hermoso jardín. Había gente charlando por todas partes y al vernos llegar, callaron.

Noté miradas furtivas posarse sobre mi persona y bajé la cabeza. Una anciana asomó por la puerta y se echó en los brazos de mi marido llamándole Diego. Le daba golpes en el pecho sin dejar de llorar mientras mi cuñada y yo entrabamos en casa.

Me sentí observada y eso me hervía la sangre. Daba la sensación de que toda esa gente supiese lo mío y que quisiese comprobar si yo era capaz de recomponer el puzle de mi vida.

Al ver abierta la puerta de un despacho, entré y me senté lejos de todos. Cerré los ojos e intenté dejarme llevar por el inconsciente, olvidar lo poco que sabía sobre mí para empezar de cero. Pero la tranquilidad duró poco tiempo porque una voz lacrimosa me obligó a volver a la realidad. Delante de mí estaba mi cuñada, la pobre me ofrecía una copa de vino que, según sus palabras, me podía reconfortar.

La mujer no dejaba de acariciar un objeto que traía apretado contra el pecho y, cuando dejé el vaso vacío sobre la mesa, se apresuró a enseñármelo. Era la foto de su boda con Luis.

—Parece mentira —dijo mientras indicaba a su marido— que una caída tan estúpida haya puesto fin a su vida. Le reconoces, ¿verdad?

Sonreí a mi cuñada y tras acariciarle el pelo me centré en la imagen: ella, bastante más joven, estaba radiante con su vestido blanco y él… él era el mismo hombre que sonreía desde la foto que yo llevaba en el bolsillo.

—Me imaginé que no lo recordarías, por lo de tus vacíos de memoria —dijo ella con un tono de voz que me sonó algo frío. Luego se levantó y después de cerrar la puerta siguió hablando— ¡normal, efecto colateral de lo que te eché en la bebida la noche de tu accidente! Me lo dio una buena amiga, está un poco loca pero sabe lo que hace.

Levanté la cabeza y la miré. No podía creer lo que estaba oyendo.

—Sabes, querida —dijo entrecerrando los ojos— pensé que si iba a perder a Luis, tú tampoco lo tendrías. Lástima que las cosas no salieran bien, tras el accidente estuviste en coma mucho tiempo pero al final despertaste. Un fallo. Decidí entonces evitarle sufrimientos a Luis, ¡pobre, no le reconocías! Eso fue más fácil, un buen golpe a la escalera en la que estaba subido y se acabó.

Todo daba vueltas en mi cabeza. Aquello no podía ser verdad, debía de ser una pesadilla y decidí comprobarlo dándome un pellizco en la pierna. Mi cuñada se echó a reir después de comprobar que la puerta seguía cerrada.

—¿Has matado a tu marido? —logré preguntar mientras notaba que se me nublaba la vista.

— Si lo cuentas, nadie te creerá y, de todas formas, el brebaje de mi amiga, que te acabas de tomar con el vino, no tardará en hacer efecto.


Ahora todo es blanco a mi alrededor y mi vestido es del mismo color. Por la visto, el fatídico brebaje tampoco fue letal la segunda vez que lo tomé o a lo mejor es cierto aquello de que hierba mala nunca muere. La realidad es que sigo aquí. Cuando despierto, por la ventana del cuarto veo franjas de cielo separadas por barrotes y cuando intento salir, la puerta del cuarto está siempre cerrada. A veces Diego viene a visitarme y me sonríe aunque al irse nunca deja de preguntarme porqué estrangulé a mi cuñada.

Yo quisiera explicarle. Pero nunca lo hago.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Así es Córdoba





Ella levantó la vista de la pantalla encendida y la fijó en un punto de la pared esbozando al mismo tiempo una misteriosa sonrisa.

—¡Córdoba! —dijo y la silla giratoria dio media vuelta.

—¿Córdoba? —preguntó él desde el otro extremo del despacho. Inclinó la cabeza y su frente se llenó de arrugas— Preferiría un sitio más fresco, en esta época del año en Andalucía hace calor. ¿Por qué allí?

—No lo sé —respondió ella enseñando la palma de las manos—, presiento que es el sitio al que deberíamos de ir.


Hacía tiempo que los dos no realizaban un viaje, solos. Aun así les pareció natural llenar la misma maleta con ropa de verano y poner los cepillos de dientes en el mismo neceser.

El recorrido en coche fue largo. Los viñedos de Castilla dejaron paso a los olivares andaluces pero la charla se mantuvo fiel a sí misma durante todo el trayecto. El hijo ya no era tan niño, aun así ellos continuaban a preocuparse por él.

Cruzaron el Guadalquivir y, como tantos viajeros antes que ellos, quedaron atrapados en el embrujo andalusí. Sus inquietudes se vieron retenidas al otro lado del rio, el espíritu de Córdoba no las dejaba pasar.

Salieron del hotel y la flama de la noche, lenta y perseverante, se aprestó a deshacer la capa de polvo que cubre los corazones con el paso del tiempo, a finas capas letárgicas. Era el calor del membrillo, aquel que sube del río al final del verano y avanza envolviéndolo todo, aquel que nubla la mente y obliga a actuar por instinto.

Mano en la mano desafiaron las calles de la judería. La oleada de gente apremiaba a caminar más pegados, él la agarró por el hombro y ella a él por la cintura. Ajustaron el paso mecánicamente y vagaron sin rumbo por los recovecos de un mundo lejano que aún perdura en el tiempo.

Un vaso de vino en una taberna y una guitarra flamenca. Aroma de especias embriagándolo todo. Un cuarto de hotel, el silencio y un beso en el cuello.


Las manos de ella recorren el pecho de él. Los dedos de él desatan el vestido de ella que termina enredado en sus pies. Una ducha, un roce, un mordisco en la oreja y una boca que busca un camino olvidado.

Jadeos en la cama y dos cuerpos cabalgan, con ritmos distintos. Poco a poco se van deteniendo, ellos se miran y ríen. Él se tumba al lado de ella.

— No es fácil, la larga abstinencia es nuestro gran enemigo y el deseo tan ardiente ha precipitado el intento al fracaso.

Ella no contesta y apaga la luz, él le coge la mano.

—Como la primera vez —susurra él.

—Solo que entonces teníamos cuarenta años de menos.

—En Córdoba cuarenta años son un suspiro.

—En eso tienes razón —contesta ella y añade— además, una cama de hotel es mejor que la yerba de un parque.

—Y aquí no hay prisas, tenemos toda la noche —dice él girando su cuerpo desnudo para acercarse más a ella.

Risas, susurros y un sinfín de caricias. Ahora ella cabalga encima de él. Despacio, con movimientos sinuosos y tocando las notas correctas.

—Más bajo, a la derecha ¿recuerdas?

—Recuerdo.

Las manos de ella en los brazos de él, las piernas de él el respaldo de ella.

Llegaron al cielo a la vez y cayeron rendidos.


—Habrá que repetir.

—¿El viaje a Córdoba?

—El viaje al cielo—contesta él pasándole el brazo debajo del cuello. Deja pasar unos segundos y añade —esta tarde, cuando entraste en esa tienda, pedí un cigarro a un muchacho.

—Lo sé —dice ella— te vi. ¿has traído cerillas?

—Eso iba a decirte, ¡pensé en el cigarro pero no me acordé de que hay que encenderlo!

—Lo supuse y al verte pedir un cigarro compré unas cerillas —dijo ella cogiendo su bolso.


A oscuras, en una ventana se abre un resquicio, ella se sienta en las rodillas de él y pregunta:

—¿Entonces fumamos?

—hace cuarenta años cometimos pecado.

—Entonces pequemos de nuevo.


La mano de él enciende el cigarro. Ella observa el humo que asciende en volutas y el hombre sonríe, luego aspira y la boca de ella se pega a la de él. El humo atraviesa barreras de tiempo.

Ella le aparta riendo y asoma la cara hacia afuera, exhala pero el humo revoca hacia dentro. El calor del membrillo no lo deja salir.