miércoles, 21 de diciembre de 2016

Nada es para siempre



     Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, yo le hice la vida imposible al mío desde  que nací.


Al bajar del tren y al respirar la primera bocanada de aire no pude evitar volver atrás  en el tiempo. Avancé por el  camino de tierra dando puntapiés a los guijarros y al llegar al puente busqué el paso de piedras. Saltando de una roca a la otra, alcancé el otro lado sin perder el equilibrio, cómo lo hacíamos entonces.

 Crucé el pueblo desierto y llegué a las puertas de la iglesia, donde me encuentro en estos momentos.

El sol abrasador del estío  castellano me sofoca, ya no estoy acostumbrado. No hay ni un alma en la calle. Diego ha debido de ser muy querido pues el pueblo entero se ha reunido en la iglesia  en un momento en que ni siquiera las moscas saldrían de sus escondrijos. Y no me extraña, mi hermano era un niño bueno, yo no.  Todo lo que yo hacía repercutía en él, después de todo, éramos  gemelos.
 Una noche Diego me rompió la nariz de un puñetazo y los dos sabíamos  porque. Recuerdo  que la sorpresa de ver a mi hermano emplear la violencia fue más impactante que el dolor que sentí y en ese momento comprendí que no había sitio para los dos en el pueblo. Separamos nuestras vidas para siempre y me fui para no volver.

viernes, 21 de octubre de 2016

Alta cocina francesa




    Auguste escucha la trifulca originada en la mesa de al lado disimulando una sonrisa gracias a su poblado bigote.
Solía frecuentar esos sitios populares que olían a vinacho con Pierre, su amigo de la infancia.
 
—¡Setenta y ocho años…y te puedo tumbar a vinos cualquier día de estos! A mí, que luché en Portugal después de recorrer toda España… ¿me vas tú a decir que no sé lo que digo?
—¡Y la vuelta… corriendo con los españoles detrás! ¿No es así?
—¡Tu es un idiot, un cuillon!
Los parroquianos ríen y el tabernero llena de nuevo los vasos diciendo:
—Invita el señor del mostacho.
El anciano se gira.
—¡Usted sabe qué tengo razón! ¿Verdad, señor?
—No he podido escuchar toda la discusión… pero lo que pueda contar un hombre como usted, ha de ser cuando menos… interesante.
—¡Ya lo veis! —Dice el viejo levantando su copa y brindando por Napoleón.

sábado, 11 de junio de 2016

La peineta de alpaca



                                  Un grupo de obreros almorzaba sentado al sol sobre una vieja viga caída mientras uno de ellos curioseaba por la zona. Estaban desmantelando la vieja cárcel psiquiátrica de mujeres.


—¡Mirad lo que he encontrado!  dijo el joven, saliendo de lo que quedaba de un despacho, con un papel amarillento entre las manos.
Tras llamar la atención del grupo, se dispuso a leer.

                              
             “Esa noche en la gala, Miguél presentía la derrota. El nivel del concurso había sido muy alto y el jurado seguía dividido. El premio, un talón sustancioso, se nos podía esfumar de las manos como castillo de arena.
Solo quedaba un último baile. Un tango.”


                           —¡Vaya  rollo nos estás contando, chaval! —dijo un compañero tirándole una pelota de papel de aluminio.

—¡Esperad!, escuchad esto, ¡es una pasada! —dijo terco el joven y continuó  la lectura alzando la voz:


viernes, 13 de mayo de 2016

Una historia que contar

      

     «Toledo, 15 marzo de 1888

         Decidí fugarme con él, era la única salida a nuestro amor prohibido. La noche acordada me dirigí  a la biblioteca, cogí la llave que mi padre escondía en el viejo jarrón y giré el pomo de la chimenea abriendo así la puerta secreta. Entré en el  pasadizo que une la casa con la iglesia  cerrando la entrada a mis espaldas. Fernándo me esperaba en mitad del camino, al otro lado de la cancela cerrada que divide el subterráneo en dos partes iguales» .


         El  despacho  olía a libros antiguos y a incienso. Dos monjas encorvadas sobre la mesa examinaban documento.  Una de ellas, mi hermana pequeña, levantó la cabeza y  vino hacia mí con los brazos abiertos.

miércoles, 27 de abril de 2016

La manzana prohibida



                                                                                           Tomás observaba la partida de cartas con cierta distancia. No participaba en el juego por no haber sido pescador en vida y  no albergar, por tanto, interés en el premio del torneo.

Notaba que el juego se  dilataba en el tiempo más de lo debido y, a la vez, el trabajo en las puertas del Paraíso se acumulaba cada vez más: Las almas en espera comenzaban a perder la paciencia y la  incertidumbre sobre el futuro que les esperaba quedaba evidente por los corrillos acalorados que crecían  ante la gran verja de hierro cerrada.  

Viendo a Pedro descuidar su tarea, Tomás se sentía cada vez más  incómodo y dudaba: no sabía si decirle algo o simular no haberse percatado de nada.

Se acercó a la mesa de juego y comprobó que  arrancaba la última mano con un mus corrido y sin señas. Desde ahí, en el porche elevado, nadie veía lo que estaba ocurriendo debajo, en las puertas del cielo. Pensó que esa mano decisiva iba a alargarse y decidió llamar la atención del compañero sin que se enteraran los demás jugadores.
 Pedro estaba moviendo la baraja a derechas y su expresión no revelaba cual había sido su suerte. Los otros tres participantes permanecían con una actitud indiferente, ni un solo gesto dejaba intuir el desenlace de la partida.  No quedaba claro quién iba a bajar a la Tierra para la temporada del atún.

        Mientras Pedro elegía la estrategia a seguir, reparó  en que Tomás  gesticulaba con el brazo derecho mientras abría los ojos de manera exagerada, estaba  indicando hacia abajo, en dirección a la verja de entrada.
Pedro se asomó a la baranda  para  ojear la antesala del cielo y comprobó que la fila de almas describía un zig zag  infinito sobre la superficie lunar. Descubrió, en una zona apartada,  a  una mujer con gafas de búho y pelo muy corto que saltaba y volvía atrás, medía la longitud del salto y se alejaba con la intención de revisar las huellas dejadas por sus pies.

—¡Ya se cansará! —dijo a Tomas, mientras volvía a meterse de lleno en el juego.

        Tomás, tranquilo por haber acallado su consciencia, se apoyó en el balcón y distrajo la mente con la escena de abajo: la mujer se volvía cada vez más experta y recorría, en cada salto, un tramo más largo. Otra joven, del final de la cola, se puso a imitarla y zapatos en mano se acercó a la primera. Su atuendo era tal que todas las almas se fijaban en ella por la falta de tela en el traje y el extraño sombrero de copa que cerraba el vestuario.

—¡La chica está en paso  y yo tengo pares! —sentenció Mateos desde la mesa de juego.
—Yo también.     
—Yo no tengo.       
—yo sí.
«Las cosas no van bien para Pedro» pensaba Tomás «y eso que ya ha preparado los aperos de pesca y está deseando subir al pesquero para enfrentarse a la fuerza del mar». 

        Las dos almas traviesas se encontraron de frente y Tomas tendió la oreja para oír sus palabras:

—Con tacones no puedo saltar por aquí —comentaba la mujer emplumada.
—¿Por qué no los cortas?
—¡Estás loca! son unos “Manolo Blahnik”!
—No logro entender en qué polo lunar debemos de estar —contesta la atleta cambiando de tema.
—¿En el polo? ¿En la luna? ¡Si yo busco una barra!
—¿Una barra? —repite la otra fijándose al fin en el traje de stripper.
—De baile —contesta enseñando las plumas de atrás— En la Luna ¿por qué?
La de gafas suspira y acaricia el sombrero de copa.
—Verás, aplicando balística y Newton a los saltos que damos, resulta que la fuerza de atracción es seis veces menor que en la Tierra: ¡es la Luna! ¿lo ves?
—No, no lo veo.
—Pues mira allí arriba en el cielo, esa bola tan grande y azul, es la Tierra ¿la ves?
—Eso sí.
—Pues ya está todo claro, y volviendo a lo tuyo, no creo que haya barras aquí.

Se alejaban  y Tomás  no podía escuchar sus palabras.

El hombre esta vez no dudó:

—Pedro, ¡amigo! ¡lo siento en el alma! pero si esperas, las pierdes. Yo creo que en asuntos de pesca es mejor centrarse en  los peces que hay que pescar.

                                               ***

       
        Saltando, midiendo y buscando una barra, las dos almas  rebeldes llegaron a un  linde frondoso de plantas vistosas que emanaban un  aroma un tanto especial. El borde tupido marcaba una línea infinita perfecta y toda la zona quedaba en penumbra.
—Esas hojas   recuerdan los tiempos de la universidad—dijo la atleta abriendo los brazos.
—¿Crees que podremos cogerlas? ¡Hay tantas!  Yo creo que nadie lo va a notar. En la chistera guardo un mechero, ¿qué tal si fumamos?

        En un punto del bosque se agitaron las hojas como si caminara  entre ellas un ser de gran dimensión. Un hombre barbudo salió de la nada vestido de blanco. Era fuerte y hermoso, con  manos callosas repletas de redes. Le pesaban los hombros y se acercaba hacia ellas  con porte abatido, parecía que su mente no estaba con él.
La stripper tosió sacando al personaje de su sueño dorado.    

— Soy Pedro y por fin os encuentro almas mías —dijo el hombre acercándose a ellas— ¡menos mal! He llegado en el momento perfecto porque en la cara oculta de la luna aún no podéis entrar.
Apoyó una mano en el hombro de cada mujer y, emprendiendo con ellas el camino de vuelta, siguió explicando:

—Lo sé… no entendéis, pero os lo contaré todo.   Lo primero deciros que la culpa es del  mus. Veréis, aquí arriba nos va el alma en ello y en los tiempos de ocio jugamos torneos.   Os veo y pienso:
  « Termino esta mano y  voy ».
  Pero luego… que si  un envite a la grande que si otro a la chica, que si yo tengo pares, levanto la vista y ya no estáis ahí.   En fin, gracias a Dios que he llegado  a tiempo ¡Menudo lio me buscáis si os llegáis a meter en el bosque prohibido!  Aunque  creo que Dios no está muy contento,  llevaba treinta y uno de juego y encima era mano. No va a perdonarme jamás.

martes, 29 de marzo de 2016

Premios

He querido reunir los premios recibidos en esta página





jueves, 24 de marzo de 2016

miércoles, 3 de febrero de 2016

El último beso



         La única fuente de luz provenía del foco metálico que pendía de un hilo sobre sus cabeza  y en cuyo cono  lumínico solo cabían ellos  dos, sentados  uno ente al otro. Lo demás era todo oscuridad.
        Ella estaba radiante, tenía una expresión en los ojos que le daba  aspecto de gata y el traje ceñido como un guante negro resaltaba cada una de las curvas de su cuerpo.
         Su perfume seductor se difundía en el ambiente llenándolo todo de olor a prohibido.

        La boca, ligeramente entreabierta, no dejaba dudas de lo que esperaba de él. Cualquiera en el lugar de John se habría lanzado a comérsela a besos.
         Volutas de humo daban a la escena un toque decadente y perturbador a la vez, como en las películas blanco y negro de Humphrey  Bogart.
        Todo parecía irreal, un sueño.
         Él la miraba y no acababa de decidirse, dudaba, quizás el toque felino de la mujer le imponía respeto, sabía que los gatos tienen siete vidas.
         Los carnosos labios de ella se estiraron en una sonrisa llena de significados. Ladeó la cabeza dejando que los rizos dorados rozaran la superficie de la mesa y pronunció su nombre. La J de John pareció un susurro y la palabra resultó tan sensual que mi amigo no consiguió resistirse.

         Se fundieron en un beso interminable a la vez que levantaban el artilugio para colocarlo en la posición acordada.
 El silencio se había adueñado del ambiente recubriéndolo todo con manto pesado de guata tan denso que no nos dejaba ver ni la punta de los zapatos.

         El desenlace estaba a punto de llegar, nadie se atrevía a romper el hechizo y se mascaba la tensión en el aire.
La señal convenida retumbó como un grito desgarrador  dejándonos sin aliento, y sonó un disparo.
 Uno solo, el percutor de la otra pistola encontró un vacío.
Cerré los ojos, no quise saber quién de los dos había caído.
Los segundos que siguieron me parecieron eternos. Mi mente no lograba centrarse en nada y  solo le llegaba  ruido, mucho ruido, risas histéricas y copas chocando entre sí.

        El torneo que había ideado alguna mente perversa de ese  grupo de millonarios apáticos estaba en su momento más álgido y quedaba una ronda, dos pistolas, dos tiros probables y cuatro posibilidades más de apostar.
Al fin volvió el silencio interrumpido solo por susurros provenientes del fondo del salón, y unas manos me cogieron por los hombros con dulzura pero a la vez con decisión dando así a entender que no había vuelta atrás.
No abrí los ojos, en el fondo tenía miedo y tampoco estaba seguro de querer hacerlo.
Me dejé guiar y por la dirección que tomaban mis pies entendí que ocuparía el lugar de John… pobre John.
 No sé si lo había hecho por la necesidad de dinero o porque había perdido la cabeza por ella hasta ese punto. Aun siendo amigos desde la infancia no había entre nosotros suficiente intimidad y además estaba ella, eternamente indecisa.

        Me temblaban las piernas cuando me senté y solo me preguntaba como sonaría mi nombre con la primera letra susurrada de forma sensual y me decidí a mirarla.
Sonreía y sudaba adrenalina en forma de minúsculas gotitas que adornaban su cuello, ese cuello esbelto que le daba ese “no sé qué” de elegancia que me dejaba sin aliento todas las veces que la miraba.
Lo que no llegaba a entender era  por qué lo hacía ella, que flotaba siempre entre dos aguas sin decidirse nunca mientras que en este caso tenía las ideas muy claras.

       Me recibió haciendo girar el tambor de su pistola, no le daba miedo la muerte y parecía disfrutar con todo aquello. Clavó sus ojos brujos en mí, yo ya no recordaba ni siquiera el motivo de mi presencia o a lo mejor sí pero no era capaz de admitirlo, jugarse la vida solo para saber si alguien te ama  no es de cabezas muy cuerdas.
A mi derecha, la pistola usada por John. La habían vuelto a cargar.
Intenté calcular la probabilidad de que tocase dos veces la suerte a la misma pistola pero al final lo dejé, no valía la pena desperdiciar mis probables últimos momentos de vida en algo tan necio.