jueves, 21 de mayo de 2015

Dejadme oír la vida

Las luces de las farolas flotaban en el ambiente como una estela de estrellas caídas del cielo y suspendidas en el aire, a media altura. La bruma avanzaba cautelosa desde el mar envolviéndolo todo con un velo de humedad.
Un alma solitaria vagaba por el paseo.
Sin rostro.
El sombrero ocultaba sus ojos y su imagen se difuminaba en el lugar.

Las nubes, que se habían formado mar adentro, lentas y pacientes, avanzaban ahora intrépidas, resueltas a interpretar su papel en el escenario de la vida, puntuales, a la hora prevista.
Al anciano, el sonido del mar le hacía viajar a tiempos lejanos y la voz de ella, contaba, llegaba nítida a su cabeza tras el romper de la ola.
Antes, decía, la oía más clara, pero el pasar del tiempo había ido debilitando su fuerza como lo hacen las olas con las piedras de la playa convirtiéndolas poco a poco en granos de arena.

De repente, el viento paró expectante y las luces dejaron de parpadear.
El anciano se subió el cuello del abrigo y una lluvia fina hizo su aparición estelar en el tablao de la vida, ágil, alegre, coqueta, danzando al son de su propio taconeo y envuelta en un silencio absoluto.

En el escenario solo la música instrumental. Los frágiles arbustos de las dunas daban palmas entonando un canto a la vida. Un cante hondo que salía de lo más profundo de sus raíces para acompasar el baile de la lluvia que lo abarcaba todo transformando el lugar en el más bello de todos los teatros.

El anciano se alejó como el compositor que deja el teatro al ver que el director ha sabido interpretar su deseo, y desapareció arropado por sus recuerdos y consciente de que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio.

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