viernes, 13 de mayo de 2016

Una historia que contar

      

     «Toledo, 15 marzo de 1888

         Decidí fugarme con él, era la única salida a nuestro amor prohibido. La noche acordada me dirigí  a la biblioteca, cogí la llave que mi padre escondía en el viejo jarrón y giré el pomo de la chimenea abriendo así la puerta secreta. Entré en el  pasadizo que une la casa con la iglesia  cerrando la entrada a mis espaldas. Fernándo me esperaba en mitad del camino, al otro lado de la cancela cerrada que divide el subterráneo en dos partes iguales» .


         El  despacho  olía a libros antiguos y a incienso. Dos monjas encorvadas sobre la mesa examinaban documento.  Una de ellas, mi hermana pequeña, levantó la cabeza y  vino hacia mí con los brazos abiertos.


 —Diego, cuánto me alegro de verte —Me abrazó y luego bajó  la cara para evitar el beso —. Te presento a la Madre Agustina.

La superiora permaneció de pie, y me saludó con una leve inclinación de la cabeza.

—Tome asiento —dijo con voz austera.

—Diego, la Madre Agustina quiere proponerte algo.

Respiré aliviado. Desde que Clara había entrado en el convento, no se había puesto en contacto conmigo y su llamada misteriosa del día anterior, me había dejado preocupado.

—Su hermana me ha dicho que es usted historiador.

—Sí, así es —contesté  sintiéndome el niño que había soltado una lagartija en clase de ciencias.

—Bien, entonces necesitaríamos que estudiara unos documentos antiguos —Y  juntó los brazos sobre el pecho.

—¿De qué clase de documentos estamos hablando? pregunté mientras un cosquilleo subía por mis piernas como burbujas de vino espumoso.

—Todo a su debido tiempo, caballero, lo primero es saber si  está usted capacitado —contestó la mujer tomando asiento.

—Antes de entrar  en el periódico, trabajé en una asociación de genealogía como responsable de documentos. Si quiere hablar con ellos...

—Bien, con su palabra me basta. tenemos unos pliegos, fechados en mil ochocientos ochenta, cuya lectura no nos es nada fácil, tenga en cuenta que hay zonas borrosas y manchas de humedad .

—Lo comprendo, si los documentos no se han conservado de forma adecuada,  suele suceder. ¿Puedo verlos?

La mujer se cerró en un misterioso silencio. Notaba que me estaba valorando.

—No sin antes asegurarnos  secreto profesional —dijo al fin.

—Bueno, si son documentos de valor histórico no se pueden ocultar... 

—Lo sé —contestó la mujer—pero estoy segura de que no lo son, forman parte de un diario personal.

—En ese caso…

—Lo que quiero que quede claro  es que de ningún modo puede usted difundir su hallazgo ni su contenido, trabajará para nosotras y luego se olvidará del asunto.


  Si en realidad se trataba de documentos sin valor,  todo ese  secretismo era extraño. No pude negarme  y acepté el encargo. 

 Me dispuse a empezar la tarea el sábado a primera hora,  había   preparado  una buena jarra de café.
Con manos enguantadas y unas pinzas acabadas en almohadilla abrí el pliego extendiendo sus hojas sobre el escritorio y colocando sobre cada una un cristal .
Empecé a sudar y me temblaban las manos.

 La caligrafía parecía de mujer, por la forma de las letras y los puntos sobre las ies. Estaba escrita con la mano derecha y sin prisa aparente. No parecía difícil su lectura aunque faltaban partes de texto. El trabajo iba a requerir concentración y tiempo, cosas de las cuales la madre Agustina no gozaba bien por su avanzada edad bien por la cantidad de obligaciones que conllevaba su cargo. 

Al despedirme de mi hermana, en el convento, ésta me había contado que el pliego  había sido encontrado detrás de una piedra de un muro. La monja alojada en la celda había notado a contraluz un cordoncillo muy corto que salía de la pared. Al tirar de él la piedra se desencajó. 
  
Esbocé una primera traducción a mano alzada porque en estos asuntos me gusta trabajar al estilo antiguo, los ordenadores y los papiros no casan bien, no se crea el ambiente propicio para disfrutar del trabajo.

Según avanzaba en la lectura  no podía evitar involucrarme en los acontecimientos, Inés Castillo, la autora,  plasmaba en esas hojas su vida,  vivencias tristes y dolorosas cargadas de una moral que para nosotros resulta ridícula.
        
       «El aire del pasadizo era irrespirable, cargado de humedad y mal oliente. El miedo me atenazaba la garganta pero la idea de encontrarme con  Fernando, al otro lado de la puerta, me empujaba a seguir adelante. Cuando llegué al final del tramo tropecé y caí, no había visto los pies de un hombre que vigilaba el pasaje, en la oscuridad, por encargo de mi padre.
No tuve escapatoria, esa misma noche un coche de caballos me llevó al convento de clausura en el que me hallo ahora encerrada, como si hubiese cometido un delito mientras que yo solo quería ser libre para amar».


El legado continuaba, estaba subdividido  en párrafos separados entre ellos por la  fecha del siguiente.  En ellos la joven relataba su día a día en el convento, con una caligrafía muy tupida, como si no tuviera más hojas a disposición. Una anotación escrita tres meses más tarde llamó mi atención.            

«Me siento feliz, pero al mismo tiempo estoy asustada. Llevo dentro  al hijo de Fernándo».


 Sin darme cuenta me metí en el papel de la joven  y pude sentir la soledad de su vida como si fuera mía, el aislamiento, el encierro y me asaltó el temor de qué sería del hijo que iba a nacer. 
Seguí leyendo y  las burbujas que habían permanecido adormecidas en mis piernas  subieron por la espalda hasta llegar a la nuca cuando leí el párrafo siguiente.


            «Hoy ha sucedido algo inesperado: mientras  buscaba el rosario en el bolsillo de la túnica encontré un papel doblado varias veces sobre sí mismo. No entiendo  cómo ha podido llegar ahí. La nota es de Fernando, conozco su caligrafía. El hallazgo me llena de felicidad más sabiendo que está organizando mi fuga. Tengo que averiguar quién me está ayudando»

        
 Seguí leyendo y completando las partes borrosas con velocidad y el resultado me dejó impresionado.

La joven dio a luz en la enfermería del convento  y consiguió tener a la niña en sus brazos unos minutos  gracias a la piedad de la matrona . Después, el medico de  familia se la llevó para siempre.


En las últimas líneas del legado, la muchacha contaba que había recibido otra nota de su amado, decía que la sacaría de ahí la noche del veinticuatro de diciembre. Debía  simular una indisposición y permanecer en su celda.

El legado acababa ahí.


         Pedí unos días libres en el periódico porque todo aquello necesitaba un final, una explicación. No iba a poder retomar mi vida sin saber lo que le había sucedido a Inés, a Fernando y a su hija.
  Pasé por la sociedad de genealogía donde me debían aún unos favores y donde pude seguir con  las investigaciones.



         —Buenos días —dije al entrar en el despacho de la Madre Superiora— He terminado el trabajo.

La Madre Agustina estaba sola, suspiró y se reclinó en la silla con las manos juntas, después levantó la cabeza para mirar hacia arriba como pidiéndole a Dios las fuerzas necesarias para enfrentarse a la verdad. Cuando bajó la cabeza, me fijé en las arrugas que surcaban su cara y en esos ojos que me  escrutaban con atención como  leyéndome el pensamiento.

Ella entendió en ese momento que yo lo sabía.

—Recuerde que no debe publicar nada hasta después de mi muerte —dijo tras un profundo suspiro.

—Puede estar segura de que así será—contesté entregándole los originales y el trabajo terminado—. Deduzco por sus palabras que usted sabe de esto más de lo que parece. Si me lo permite, quisiera añadir un granito de arena  al trabajo que le entrego. Creo que le agradará conocerlo.

La monja frunció el ceño pero  me pidió que siguiera.

 —He investigado por mi cuenta y le aseguro que la tarea no ha sido fácil. 
La suerte estuvo de mi lado porque  justo en esos años, en España, se empezó a incluir a las mujeres en los censos.  Jóvenes con el nombre de Inés, en Toledo,  había muchas, pero solo unas pocas entraron en convento y tengo sus apellidos. Creo saber quién de ellas estuvo aquí, pero supongo que eso no es ninguna novedad para usted.

La superiora seguía encerrada en su mutismo así que continué relatando:

 —He averiguado que la madre de Inés dio a luz a una edad muy avanzada a su tercera hija, Alba. ¿Le suena?
 —Sabe de sobra que sí  —contestó la religiosa — ¿Ha podido descubrir que pasó con Ines?
 Sí. Mientras buscaba en las actas de nacimiento de la época, cayó en mis manos una denuncia  que me llamó la atención. Parece ser que  La familia Linares Montal  declaró la desaparición de su primogénito, que casualmente se llamaba Fernando, en enero de 1889.   Nadie volvió a saber de él. 


 Tenía claro que debía de mantener la promesa  y que disponía de mucho tiempo antes de que la Madre Agustina dejara este mundo.  Aún así,  al llegar a casa, sentí la necesidad de plasmar aquella historia en el papel aunque solo fuera para mí.
                                                    

                      
                                                                        
   Toledo 1990

Madre Agustina descubre que su abuela fue monja de clausura en el mismo convento en el que ella es Madre Superiora  en la actualidad. Esta es la historia:




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