domingo, 28 de abril de 2019

Te lo voy a explicar...



Nada estaba planeado, Maribel. ¡Las cosas han salido así  porque era destino que así salieran! 



Empecé a admitir lo ocurrido cuando me di cuenta de que yo no era la culpable de no haber percibido su muerte. Era él el que había dejado de existir sin dignarse  enviar a su mujer un atisbo de energía espiritual que la alertara de su partida.

Te aseguro que no fue fácil para mí llegar a esa conclusión. Todo había sido tan rápido y confuso que seguía pareciéndome una pesadilla.

Esa mañana, cuando llamaron a casa desde el hospital de Granada diciendo que Franc había sufrido un infarto, no me preocupé, ese no podía ser él, ¡hacía unas horas apenas que mi marido me contaba por teléfono que en Ginebra no paraba de llover! Me decía  que me echaba de menos y que el día de trabajo había sido agotador.

¡Tuve que ir a Granada, Maribel, porque Franc no contestaba a mis llamadas!, y en la habitación del hotel en la que, por lo visto, se había alojado,  fue donde empecé a  comprender.

Recuerdo que el encargado del hotel me preguntó si realmente quería pasar la noche ahí, y no supe qué contestar. Sentí que me ruborizaba y no entendía por qué sentir vergüenza por algo que habían hecho los demás. Estaba claro, la maleta que tenía delante, la maleta de Franc,  quedaba  coja a los pies de una  cama tan grande como esa.

Le odié por haber dejado al descubierto su secreto, habría podido elegir otro momento para acabar con su vida, morir sin destrozar la burbuja de felicidad en la que yo vivía. Si hubiera llorado por su ausencia, todo habría sido diferente.

Cuando quise darme cuenta, el encargado se había ido y la puesta de sol inundaba la habitación de luz anaranjada, me  asomé a la ventana y pensé que desde el quinto, la caída sería mortal.

Había una butaca en la esquina del cuarto que parecía cómoda,  los zapatos me estaban martirizando y decidí acomodarme en ella, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados.  Dicen que el sueño lo cura todo.

 La calidez de la puesta de sol se desvaneció y en su lugar el recuerdo de la frialdad de la morgue y de ese hombre, que al tirar del cajón dejó al descubierto el cuerpo de Franc envuelto en una especie de niebla helada, fue haciéndose sitio en mi cabeza.

Sabes, la mente a veces juega malas pasadas, y si en aquel momento hubiese estado a solas con él, le habría gritado, le habría insultado porque yo llevaba toda la mañana llamándole por teléfono y empezaba a estar preocupada por su reiterado silencio.

 Me dieron su cartera y su reloj. Me contaron que alguien le había acompañado en la ambulancia y que había dejado la dirección de un hotel.

No quería seguir con esos recuerdos, Maribel, y abrí los ojos. Me fijé entonces en  los motivos geométricos que lo adornaban todo, paredes, toallas, cortinas… Parecían formar parte de un todo indivisible, de una red de filigrana multicolor que se enredaba sobre sí misma, fortificándose.

 Así creía yo que era el amor entre Franc y yo.

Fue entonces cuando decidí que borraría de mi mente todo recuerdo de mi vida con él. Bajé a recepción, pagué la cuenta de su estancia, habitación para dos, y una factura de la joyería del hotel de la que no quise ni siquiera preguntar.

Cuando salí de aquel lugar te llamé pensando que nadie mejor que mi hermana para ayudarme a olvidar. 



¿Lo entiendes ahora, Maribel? No podía haber hecho otra cosa. ¡Cuando vi brillar en tu muñeca esa pulsera en la que  cada una de las partes parecía crear un todo indivisible lo entendí todo! y empujarte por las escaleras fue fácil.
  De otra manera, jamás habría conseguido olvidar.