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sábado, 13 de marzo de 2021

Arreglando pequeños errores


La joven de los tirabuzones dorados, muy concentrada en el minucioso examen de una manzana que le acaba de entregar una serpiente que pasaba por ahí, ve venir a su compañero. Parpadea, repite, se restriega los ojos, vuelve a enfocar y al fin levanta una ceja.

El joven semidesnudo que zigzaguea por el sendero desviviéndose en mil perdones con las florecillas que acaba de pisar, esconde algo entre las manos.

 ¿Adonde iba? Sí, Uva, allí, ¡hip!, bajo ese árpol, voy.

—¿Por qué caminas de esa manera?

 —¿De qué manera? —pregunta Adán entre carcajadas.

—¡Se te ve raro querido y pronuncias fatal! Aunque hay que reconocer que estás disfrutando del momento.

—Uvaaaa ¡Cuánto te quiero! y mira lo que traigo. ¡Hip! Perdón.

—Me llamo Eva y no Uva. ¡Qué demonios!

La joven queda pensativa, no sé yo, algo le pasa a este hombre, pero tan malo no parece ser. A lo mejor estas frutas están algo pasadas. Quizás la manzana le arregle el estómago.

Eva se siente observada y mira hacia arriba de soslayo.

El jefe no es. Menos mal, no he hecho nada malo, pero con Él, ¡nunca se sabe!

De pronto un silbido y la joven se gira. Es Adán que sonríe agazapado detrás de unas matas. Le hace señas con los dedos y tiene una mirada traviesa. Demasiado traviesa para resistirse, diría yo, si me permiten la intromisión.

—¿Qué te siga? ¿Y qué traiga las uvas? ¿Y qué me vaya preparando? —Traduce Eva, se pone en marcha y lanza la manzana por los aires.

La maldita, rueda ladera abajo, choca con las rocas y queda hecha mil añicos que acaban desapareciendo misteriosamente engullidos por un barrizal.


En lo sucesivo, ellas parirán en un jardín entre mil mariposas de colores. Reirán risueñas y todo será paz y tranquilidad.


Punto Jombar:

Según el más popular y conocido relato bíblico, la manzana que Eva ofreció a Adam es la culpable de que las mujeres paran con dolor: todas pagamos el Pecado Original.

¡Chicos, chicos, un poco nervio, algo de aventura! ¡¡La que armasteis por una maldita manzana!!  


 


lunes, 8 de febrero de 2021

Aires de tormenta


 

Al despertar noto que la capa de gris con la que han pintado el cielo esta mañana es tan densa que ha descendido hasta la superficie en forma de partículas diminutas. Como gas venenoso se ha colado entre las rendijas de las ventanas y la he respirado mientras dormía plácidamente mi sueño de recién jubilada. Ni ganas tengo de levantarme.

Me asomo a la cristalera que da al exterior y observo que Danilo ya luce el mono de trabajo y que con brío inusitado hinca el pico en la dura tierra. A él le gustan los días nublados al igual que la comida de cuchara y los documentales de “la dos”, tres cosas que me ponen de mal humor por el mismo motivo.

La idea inicial del abordaje de esta nueva etapa de la vida se basaba en que dispondríamos de todo nuestro tiempo para conocer lugares, descubrir países, probar cosas diferentes y dejarnos llevar por los aromas embriagadores de las flores silvestres o de los mares remotos. Pero la pandemia del coronavirus no solo ha paralizado el mundo, sino que ha atizado un golpe mortal a nuestros planes y nos ha dejado atados al terruño y encerrados en nuestra casa de campo por tiempo indefinido.

El emocionante proyecto que suple ahora nuestros sueños consiste, según Danilo, en remover con el pico la tierra que circunda la casa y transformarla, pala mediante, en substrato adecuado para un huerto.

 Montañas de tierra y socavones con el mismo volumen de capacidad son ahora nuestro horizonte, y lo son en ambos sentidos de la palabra, pues se supone que el siguiente paso será enriquecer los montículos con la aportación de sacas y sacas de caca de cabra que nos han costado un riñón y que en estos momentos aromatizan el ambiente.   

Sin sol no hay vida, digo como una forma cualquiera de dar los buenos días, al acercarme a él. ¡Pues mira los nórdicos, vivitos y coleando!, contesta Danilo y sigue con lo suyo. Ya los veo, vienen todos aquí en cuanto juntan dos días seguidos de vacaciones, añado mientras voy a hacer café y le dejo a sus menesteres.


No sé si habrá algún estudio científico al respecto, pero estoy convencida de que el aroma del negro caldo que sale de la cafetera se desplaza por el aire a una velocidad superior a la del sonido, pues Danilo se presentaba en casa cuando la máquina apenas empezaba a gorgotear.

—Ya está hecho, pero quema como el sol radiante, aunque seco no está —medio grito mientras él se quita las botas embarradas y las deja fuera de la puerta.

—Lo sé. ¡Vaya un día! aunque en el fondo casi es mejor que esté nublado, los efluvios del estiércol  se expanden con más intensidad si hace sol—contesta mientras hace aparición en la cocina.

—Pero la mierda se seca más, pesa menos y en la pala se nota.

—¡Ya! Nunca llueve a gusto de todos. ¿Es hoy cuando vienen los chicos a comer?

—Sí. Pensaba hacer arroz.

—¡Caldoso?

—¡No! —contesto y separo las gafas empañadas lo justo para mirarle a los ojos de soslayo y que él aprecie el ceño de los míos fruncido en todo su esplendor.

—¿De marisco?

—A los chicos no les gusta el pescado.

No es que sus ojos sonriesen porque los ojos no pueden sonreír, pero conozco muy bien a Danilo y sus miradas: No alimentes el deseo de descargar tus malos humos con una buena riña porque hoy no te lo voy a permitir.

—¿De pollo y conejo?

—¿Y de que va a ser una paella, si no?

—Ten cuidado que a veces queda seca…

—Creo que con un poco de suerte lloverá.

—Quieres decir que si llueve se te irá por fin la mala leche con la que has amanecido?

—Puede, pero me refería más bien a que el arroz no quedará tan seco.

—Cariño, estás realmente insoportable, pero que sepas que dos no discuten si uno no quiere.

¡Cómo me gusta eso de tener razón!, aunque estar en lo cierto no suaviza el abatimiento.

—Ahora mismo deberíamos de estar en Casablanca Danilo, es más, hoy era el día de la excursión en camello a una jaima del desierto para ver las estrellas por la noche y saborear un buen té.

—Aquí también podemos ver estrellas.

—Sí, si llueve, la paella queda caldosa, las nubes pesan menos y el viento se las lleva de una puta vez.

—¡Te estás volviendo muy mal hablada Francesca!, desde que no vas a la oficina te estás embruteciendo.

—¡Será por el nuevo empleo de pico y pala, Danilo! y no me toques los cojones que ya no soy una niña que puedas engañar con tus zalamerías.

—No puedo tocarte lo que no tienes Francesca, pero sí pedirte que pintes una sonrisa en esa cara, que te vistas con prendas de colores y que esta noche, cuando se vayan los chicos, salgamos al jardín cargados de cojines, que del té beduino me encargo yo —contesta, me besa en la frente y me entrega una flor.

Lo bueno, es que por mucho que le conozca, Danilo siempre me sorprende.

—Está bien, tú ganas, ¡arroz caldoso con bogavante! y al que no le guste que arree que nosotros esta noche nos vamos de jaimas sobre las dunas que consigas cavar hoy. 

miércoles, 20 de enero de 2021

Derecho a vivir o a morir en el intento

 

Despierto tras una noche insomne y corro a abrir la puerta, el frio se clava en mis mejillas como agujas de hielo. Avanzo hasta la verja del jardín y solo percibo el conversar de las hojas secas que caen a mi alrededor.  

Vuelvo atrás, a una casa triste y silenciosa, a un hogar huérfano de bufidos y del repiqueteo de las uñas de mi compañero en el parqué.

Bribón no es solo mi guía. Él me conduce entre las risas y alborotos de los niños cuando me envuelve el desconsuelo o me lleva a disfrutar del correr de las aguas del río cuando añoro paz y tranquilidad.

Tras su desaparición nada me consuela e imagino su cuerpo abandonado en una cuneta, frío y con los ojos abiertos a la más absoluta oscuridad.

 

Un medio ladrido, ahogado y lastimero rompe el silencio.

Acudo y el hedor a queso rancio que flota en el umbral me desorienta por completo. Decido agacharme y toco pelo, mojado, pegajoso y enredado entre mil abrojos. Una silueta inmóvil con la cabeza hundida entre los hombros.

 

Imagino ahora dulces feromonas flotar en el aire cual ligeras mariposas y una pituitaria enloquecida por el frenesí que al seguir su estela arrastra el cuerpo del animal al que se ve pegada. Una verja entreabierta y fuera, la vida. Una noche de pasión con las perras del cabrero. Un baño purificador y la forma más dulce de pedir perdón a quién está esperando en casa. 

miércoles, 29 de abril de 2020

¡Vete Satán!


El callejón que se abría ante mí era estrecho y sombrío. De él se había adueñado la vegetación que colgaba de las ventanas, y el denso perfume a flores y a tierra mojada me invitó a recorrerlo.

 Un viejo portón de madera tropical esperaba al viajero tras una curva inesperada del camino. A un lado, en una placa de mármol desgastada se podía leer: Parroquia San Carlos.

Empujé la puerta, incrédula. La poca luz que iluminaba el interior provenía de las velas que proyectaban extrañas sombras sobre la pared. Aspiré, y el intenso olor a incienso despejó mis dudas, bajé el escalón y entré.

Me sorprendió la amplitud del lugar en contraste con la estrechez del camino que lleva hasta él. Techos altos acabados en cúpulas blancas, una cruz de corte moderno alzando solemne sus brazos contra el altar y en cada hornacina, imágenes blancas.

 A pesar de que la iglesia parecía desierta, se oía un murmullo continuo, una letanía que provenía de una nave lateral. Avancé sin hacer ruido por no interrumpir con mi presencia.

 A la derecha, frente a una capilla dedicada a la Virgen María, un grupo de hombres y mujeres ataviados con indumentaria colorida oraban en coro. El misterio de la letanía quedaba resuelto.

Me senté en un banco solitario algo separada del grupo. No había nadie más en la iglesia y yo era la única blanca del lugar.

Me pareció que esas gentes rezaban el rosario pues sus voces sonaban monótonas aunque llevaban cierto ritmo musical. Según pasaba el tiempo, el tono subía y se hacía más fuerte y envolvente.

Un joven con melena trenzada, camisa de flores y zapato deportivo empezó a caminar entre los bancos mientras movía una cruz de bordes dorados que apretaba en la mano derecha. De pronto se detuvo, elevó los brazos y predicó: Gracias Jesús, ven Jesús, gracias mamá María.

En medio de esa dulce paz, una mujer se puso en pie y mientras
lanzaba gritos lacerantes intentó arrancar mechones de esa mata de rizos que poblaba su melena.

 Permanecí agarrada al banco sosteniendo la respiración, no podía creer lo que veía.

Tan de improviso como se había levantado, la mujer volvió a sentarse y en ese preciso momento el predicador le impuso la cruz sobre la frente, ¡Ven Jesús, ven! Baja Espíritu Santo, tu sierva te necesita, dijo.

 Una sensación de paz invadió mi cuerpo y mi mente retrocedió de forma inexplicable a la niñez. 

 Algunos feligreses rodearon a la mujer mientras mantenían las palmas de las manos levantadas hacia ella, aun así, “la poseída” no dejó de agitarse y de emitir gruñidos. Al fin, agotada y derrotada por la presión a la que se veía sometida, se desplomó y los que estaban a su lado la sostuvieron y acompañaron su cuerpo inerte hasta el suelo.

Con el corazón palpitante, yo no dejaba de observar la escena y me serené al comprobar que el pecho de la mujer seguía moviéndose.

Mientras la voz del predicador llenaba la sala y marcaba un ritmo cada vez más acelerado, una joven se agitaba bruscamente al tiempo que, con voz profunda, profería palabras incomprensibles.
Nadie se movió y el orador siguió su camino como si nada sucediera.

Vi como la joven se dejaba caer y una vez en el suelo rodaba de un lado a otro chocando contra los bancos. Gritaba y coceaba a diestro y siniestro. Los golpes contra el mobiliario resonaban en las paredes, imprimiendo una atmósfera dantesca al lugar.

Con gran satisfacción por mi parte el predicador se le acercó y con movimiento repentino impuso la cruz sobre la cabeza de la chica diciendo: Libéranos Señor, libéranos de todo mal, de todo demonio. ¡Alzad los Rosarios!, gritó mientras levantaba la cabeza, Satanás odia los rosarios y la oración. Yo te echo, te echo en nombre de Jesús. ¡Vete Satán! Vete, Satán, en el nombre de Jesús.

La mujer dejo de moverse, inclinó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos. El predicador pedía a Satán que dejara aquel cuerpo mientras, con la mano libre, trazaba cruces en el aire que parecían llenarlo todo de embrujo.

 El banco sobre el que yo estaba sentada temblaba al tiempo que un gélido frío envolvía mi cuerpo, aún así no me moví, y si hubiese intentado hacerlo, no habría podido.

La joven quedó exhausta en el suelo y el hombre, sin dejar de rezar, se encaminó hacia el centro de la iglesia. Pidió a los hermanos que le siguieran, tomó asiento delante de unos tambores y marcó un ritmo festivo. Los asistentes pasaron de la oración al canto coral, aquello sonaba como un himno de dioses. Los cuerpos se movían al compás siguiendo un ritmo en continuo aumento.

La fiesta había comenzado.

Noté una presencia a mis espaldas y me giré, un cura con sotana y sombrero de teja me sonreía desde el banco de atrás. La Flor Divina, dijo y me tendió la mano, una congregación de oración haitiana que se reúne aquí todos los jueves por la tarde. Es curioso ¿verdad? El diablo podría aparecer en la parroquia de San Carlos y como cada jueves, si aparece, se le expulsa a fuerza de amor y voluntad, y ni siquiera es necesaria la presencia del sacerdote.



martes, 25 de febrero de 2020

"Miarma"


La tierra se tragó mi pueblo el catorce de julio de 1938 y si tengo que ser sincera, la guerra empezó, para mí, en ese preciso momento. Y es que, aunque ya no era una niña, vivía inmersa en las nubes y con la cabeza llena de mariposas de colores.

 

 María, sentada con la elegancia de una estrella de cine en la única silla de la sala, pasea la mirada sobre el grupo de jóvenes que llena la tribuna. La mujer deja de juguetear con la punta de su trenza canosa, levanta la cabeza y como si leyera un texto escrito en el aire, cuenta, con voz pausada:  

 

 Recuerdo que caminaba junto a un grupo de mujeres en busca de las trincheras republicanas. Avanzábamos rezando cada una lo que sabía, que era bien poco.

  ¡Pero qué demonios…!, oímos gritar, ¡os van a matar!

  Las habíamos encontrado.

  ¡No me lo puedo creer!, repetía el soldado que tras salir de su escondite nos arrastraba al hoyo.

 Se trataba del teniente de aquella división.

  Entonces, la mayor de nosotras preguntó si la tarea para la cual habían requisado nuestros machos, el día anterior, había terminado.

 El joven tenía una extraña forma de hablar, se mordía la lengua al pronunciar las palabras, ¡qué se hunda Sevilla enterita si he entendido, aunque sea solo una coma!, dijo y empezó a hacer espavientos con los brazos.

 

Los ojos de María brillan como los de una niña y no puede evitar esbozar una sonrisa.

 

Como ninguna de las otras se decidía, hablé yo que, en aquellos tiempos, como decía padre, era muy echada “pa lante”: señor, dije, ayer bombardearon nuestro pueblo. Fuimos avisados con poco tiempo y abandonamos Torás con los enseres que pudimos cargar en los machos. Tomamos el camino de los Macianes que conduce a Canales por detrás del frente republicano y al llegar al altiplano un grupo de soldados nos paró. El que llevaba una gorra en forma de plato sacó un papel que rezaba: Por la autoridad que me confiere la República y por necesidad del ejército, confisco estas caballerías.

 

 La verdad les digo que nos dejaron un caballo por no ser apto para los montes. El pobre Rodolfo. Murió de viejo, años después, entre los brazos de padre.

En ese momento sopesamos hatillos, colchones, mantas y cacharros de cocina que yacían esparcidos por el suelo y miramos al animal. Mucho había que dejar atrás si queríamos seguir camino.

Pusimos entonces rumbo a los Corrales del Mas de Asensio para llevar allí nuestras cosas en varios viajes y en los establos nos encontramos con gente del pueblo que había corrido nuestra misma suerte. A la mañana siguiente las mujeres fuimos en busca de nuestras bestias.

 

 

 ¡Ahora lo entiendo, alma mía, fue la respuesta del teniente, ¡decís machos a los caballos de tiro! Verás, por lo que cuentas, el que os paró fue un comisario de nuestro ejército y un pobre teniente sevillano como yo poco puede hacer al respecto, además, los machos, como tú los llamas, son vitales para nosotros.  Lo siento de veras, miarma, nada puedo hacer por ti.

 

 En el camino de vuelta las explosiones no daban tregua y, sobrevolando la Muela aparecían formaciones de aviones que descargaban bombas sobre las trincheras.

 María cierra los ojos y junta sus manos huesudas.

 No sabría decir si en esos momentos me afligía más la posibilidad de que mi Tono no volviera del frente o la certeza de que el fruto de los cuatro años de servir en Barcelona, mi preciado ajuar, se iba a ir al traste. 

Todas mis posesiones viajaban en aquellos dichosos hatillos. ¡Jesús!... recuerdo que los escondí por los alrededores de los Corrales sin esperanza de volver a encontrarlos. Creo que no he vuelto a derramar tantas lágrimas como en esos momentos.

 Pero lo peor vino después, cuando divisamos el campanario de Canales al atardecer de esa misma jornada. Y es que, viviendo en el pueblo, una se había enfrentado poco a la realidad de la guerra y más yo que, según madre, soñaba castillos en el aire con ojos abiertos.

 Un hervidero de caballos de tiro entraba y salía por la parte trasera de la ciudad. Recuerdo esos gemidos helarme la sangre. Os aseguro que se me encogió el poco alma que me quedaba cuando entendí lo que ocurría. Los animales salían de vacío en dirección a las trincheras para volver a la ciudad cargados de muchachos como mi Tono a los que las bombas habían amputado brazos o piernas. Poco más que niños que llamaban a gritos a sus madres.

 ¡Qué os voy a contar! En ese momento todas mis mariposas emprendieron el vuelo y abrí los ojos a la realidad. Me olvidé de sábanas bordadas, de colchas, mantas, manteles y dejé de construir castillos en el aire. Y os puedo asegurar que desde el final de la guerra no ha pasado una sola noche en la que, al acostarme al lado de mi Tono, no me haya preguntado si la novia de aquel teniente sevillano que me salvó la vida, habrá corrido la misma suerte que tuve yo.

 

lunes, 9 de diciembre de 2019

Pollastre a la barbacoa





—Ya no hay sesera, Herminia, no pensamos lo que decimos o no decimos lo que pensamos.

—No te hagas la interesante, Lurditas y suéltalo  de una vez.

—¡Ea pues! Aunque he de prevenirte de que el asunto es  de novela negra o más. Ayer estaba pasando el mocho por los entresijos de la oficina cuando Martita la peripuesta y el  picaflores de Cortés asomaron la gaita por la zona de caféses  y su  presencia expulsó de mi mente las ocurrencias del Iván.

—¿Qué ocurrencias?

—¡De eso chitón, Herminia!, sabes que de puertas pa dentro ni mu. A lo que íbamos, los  lechuguinos avanzaban con tanto apresuro que ni repararon en mí, y eso  que mi espesura tiene sustancia pese a hacer yo ejercicio como la que más. Ahora que  todo tiene sus bienes, pues sé más guardados de esta banda de músicos que  los mandamases de arriba.

—Engreída…

 —Te confieso que cuchicheaban en voz tan alta que no tuve ni que aplicarme para oír lo que decían:
 No tengo ni idea de dónde está Amelia, iba diciendo Martita a Cortes, ¡igual su gata se ha puesto de parto!
Y por lo visto, el «Alendelon » sospechaba que Amelia  no volvería por la empresa.
 ¿Por lo del Alfonso?, preguntó la rubita, ¡es una trola seguro!, y añadió: a Amelia  le gusta ser centro de atención. ¡De haberle matado, no seguiría tan fresca!
  No podía creer lo que oía, Herminia, además, no veía a Amelia ni fresca ni acartonada y entonces les observé sin levantar cabeza.

—Maña que aprende una con práctica y esfuerzo…

—Exacto. Total que Cortes medio-gritó: ¡No sé, no sé! el teléfono de Alfonso fuera de cobertura y Amelia desaparecida.
Ahí empecé a verlo negro, Herminia, aquellos dos, sentados uno frente al otro, hablaban de asesinatos como si tal cosa... Por un momento me recordaron  esa vieja película que pusieron anoche en la dos...

—¿La de Extraños en un tren? 

— Esa misma.

—La vi, y no sé que decirte Lurditas, porque tus personajes se conocen requetebien. Tu ya me entiendes.

—¡No mezclemos cotileos, Herminia, que este asunto me tiene sin dormir!
 En fin, que Martita estiró el cuello de cisne que Dios le ha dado sin merecerlo, tú ya sabes a que me refiero, y puso mirada descarriada de la de recordar: ¡Nada tuvo sentido aquella tarde! Dijo y se lió a contar una historia sin pies ni cabeza. ¡Empecé a impacientarme!, cuando se cuentan chismorreos, sabes bien que no se va uno por las ramas o no se entiende ni papa del asunto.

—¡Qué me vas a contar! El otr…

—¡Frena y escucha!, que luego no sé lo que me digo. Deshuesado como es debido, entendí que Marta vive debajo del piso de Amelia. Que la muchacha sube a pedir un poco de leche a la compañera. Se enrollan y Amelia le ofrece un helado pero enseguida se traga sus palabras porque, por lo visto, no iba a poder sacarlo del congelador. Marta se mosquea por no sé qué de un abanico y le pregunta si todo va bien. Amelia se derrumba y le cuenta que Alfonso, su chico, el del servicio postventa, la deja por Patricia, la del bar del Maño.

—No jodas… ¿Alfonso el Alfonso Alfonso?

—¡Ese mismo  pollastre! Y “ele” que Marta intenta consolar a la compañera y la  aconseja  que hable con él. Imposible, parece ser que contesta Amelia entre sollozos, ¡está congelado!

—¿Congelado, Lurditas?

—Eso mismo pensé yo y Cortes armó la misma pregunta con  coletilla: ¿Congelado? ¡Nena, tendrías que ir a la policía!
¡Si ni si quiera he visto el cadáver!, chilla entonces Martita.
¡Pero sabes que ha habido un crimen!, grito yo y con el arrebato, Herminia,  dejo caer el mocho. ¡Si vieras!, se me quedaron mirando como los indios al ver a Colón y tuve que disculparme.

—¡Ahí no estuviste nada fina que digamos!

—Lo sé, lo sé, ¡qué vergüenza! pero ellos parecían encantados. ¡Bien!, dijo Martita,  me alegro de que estés aquí porque  ahora somos tres al tanto del asunto. ¿Quién va a ir  a la policía?

—No jodas… ¿eso preguntó?

—Pues no te pierdas lo que me propuso el guaperas, ¡Ya puestos, Lurdes, dijo, podrías entrar en el piso de Amelia  cuando ella no esté!

—¡Que morro el chaval!

—Pues la locatas de Marta añadió que creía que el pollastre estaba trinchado en pedacitos y al vacío, que Amelia tenía máquina y que ella la había visto.

—He de reconocer que jamás había escuchado un cotilleo de semejante envergadura. Enhorabuena Lurditas.

—Hay más.

—¿Más?

—Contesté que no pensaba inspeccionar el congelador de Amelia ni en silla de ruedas, aunque, dicho entre tú y yo, ganas no me faltaban. Entonces Cortes soltó que si ni investigaba ni iba a la policía no había nada más que hacer. Marta dio entonces carpetazo diciendo: ya  veremos  en la barbacoa de Amelia el sábado noche, en su terraza... 
 ¿Pero  sabiendo lo que sabéis, pregunté yo porque alguien tenía que hacerlo,  pensáis ir a la barbacoa de Amelia?
 Entonces Martita, desde la distancia, que ya se le había acabado el descanso del café, contestó: ¿Por qué no?, el pollo congelado no está del todo mal.


—Pues qué quieres que te diga, Lurditas, ¡De locos! Aunque lo del abanico no acabo de entenderlo, bien sabemos tú y yo que el pollo congelado no hay quien se lo coma.









lunes, 28 de octubre de 2019

¡Vuelvo a casa!




—Muevo mar y montes para volver al pueblo antes del nombramiento y abrazar a mi pobre hermana, tan sola tras la partida de mamá ¡y me encuentro con el chispas en calzoncillos en medio del salón!

—Ave María purísima.

—¡Y tú ahí, sentada! Mamá ha fallecido hace tres meses, ¡por Dios! ¿Se puede saber qué hace el pollastre escarbando en esta casa como si de su corral se tratara?

—Ese pollo vive conmigo. ¿Algún problema?

—¿Problema? Estás cometiendo pecado y lo sabes.  Vivir con un hombre fuera del matrimonio…  ¿Y cómo que tía Segismunda no me ha escrito al respecto? 

—La tengo comiendo en mi mano  por asuntillos pasados. Y ahora cálmate,  tengo que hablarte de algo importante.

—¡Será de que se larga!

—Va a ser de que me caso.

—¡Por lo menos un atisbo de cordura en esta especie de contubernio! ¿Pero estás segura de lo que vas a hacer? ¿Te comprometes con el gaznápiro que lanzaba granos de arroz en clase?

—Sin pecado concebida y déjame en paz de compromisos.

—Bien, conociéndote eso es un sí. ¡Sea! Me ocuparé pero el menda no vuelve  hasta después de la boda.

—No te molestes,  no me  caso por la iglesia.

—¡¿Y cómo quieres que me calme, no entiendes que no me aceptará la gente!? La hermana del nuevo cura  se casa por lo civil… 

—¡Y con un hijo en camino, hermano! La bomba.  Y ya ves, algo bueno tiene el asunto, ni hace falta  que me hagas  regalo.

domingo, 28 de abril de 2019

Te lo voy a explicar...



Aquí estoy, Maribel,  vengo a hacerte visita un año después. ¿Sorprendida?

 Espero que puedas oírme allí en el infierno en el que estés porque he venido a decirte que no te guardo rencor. Contarte que estoy bien, feliz, diría que incluso más viva que antes. ¡Frank! ¿Y ese quién es? Tengo una cama grande para mí y el tubo de dentífrico siempre tiene tapón. ¡Lástima que no vieras la comedia que monté cuando llegó la policía! Digna de un Oscar. Todo quedó cerrado como un terrible accidente.

 Lo que no acabo de entender  es el interés que demostraste en que fuera a vivir contigo cundo te llamé desde Granada. ¿Recochineo, sentido de culpa? ¡Qué más da! La verdad es que me importa una mierda saberlo.

Haber pasado una temporada bajo el mismo techo, durmiendo en la misma habitación como buenas hermanas, habría resultado divertido aunque en esos momentos no estaba yo para diversiones. Pero las cosas ocurrieron de forma tan precipitada que no tuve ocasión de explicarte. He venido a recordar, contigo, creo que me vendrá bien  enfrentarme a todo aquello. Y además te lo debo.
 
Verás, cuando llamaron por teléfono desde el hospital de Granada diciendo que Frank había sufrido un infarto, no les creí. Figúrate que hacía unas horas apenas que había hablado con él. Con voz cansada contaba que en Ginebra no paraba de llover y decía  que me echaba de menos y que el día de trabajo había sido agotador. Pero eso tú ya debes de saberlo…

Cuando tuve la certeza de su muerte  me sentía culpable,  no podía soportar la idea de no haber  percibido la muerte del hombre que amaba. ¡Qué ingenua! Después, cuando empecé a comprender,  entendí que no era yo sino él… Frank, mi amado Frank, no me había enviado ni un atisbo de energía espiritual que me alertara  de su partida.
Después de colgar el teléfono tras la llamada del hospital, marqué el número de Frank y volví a marcarlo mil veces durante la mañana. Confundida, preocupada y a punto de enloquecer marché a Granada.


 Habitación cincuenta y tres, la mejor del hotel, dijo el encargado y abrió la puerta.  
La maleta que me encontré delante, la maleta de Frank,  quedaba  coja a los pies de una  cama tan grande. Le odié por haber dejado al descubierto su secreto. Podía haber elegir otro momento para morir sin destrozar la burbuja de felicidad en la que yo vivía despreocupada.

Cuando quise darme cuenta, el hombre se había ido cerrando la puerta a sus espaldas. Quedé sola con mis pensamientos.

Recuerdo que la puesta de sol inundaba la habitación de una extraña luz anaranjada, me  asomé a la ventana y me asaltó el pensamiento de que desde el quinto la caída podría ser mortal. ¿Eso te hubiera gustado, verdad Maribel?

 Una butaca en una esquina del cuarto llamó mi atención, lo ideal para dejar correr la mente sin rumbo. Cuando eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, la calidez de la puesta de sol se desvaneció dejando en mi mente  la frialdad de la morgue de esa misma mañana. Recordé  la tristeza en la mirada del empleado y su sonrisa sellada  al abrir el cajón que dejaba al descubierto el cuerpo de Frank. 

Me dieron su cartera y su reloj. Alguien me hablaba pero no conseguía entender. Las palabras rebotaban por todas partes como pelotas de goma y se deformaban al llegar a mis oídos, ambuuulancia,  mujerrrr,  madrumadrumadrugada... Al final la enfermera puso entre mis manos  un papel con el nombre del hotel al que debía  dirigirme.


No quería seguir dando vueltas al asunto,  abrí los ojos y me levanté de la butaca. Me fijé entonces en  los motivos geométricos que  decoraban paredes, mantas, cortinas…, no los había visto antes, parecían formar parte de un todo indivisible, de una red de filigrana multicolor que se enredaba sobre sí misma, fortificándose. Me sentí incómoda porque así creía yo que era el amor entre Frank y yo.

Escupí sobre su maleta y me fui.

Fue entonces cuando decidí borrar de mi mente todo recuerdo de mi vida con él. Bajé a recepción, pagué la cuenta de su estancia, habitación para dos, y una factura de la joyería del hotel de la cual no quise ni siquiera preguntar.
Cuando salí de aquel lugar te llamé pensando que nadie mejor que mi dulce hermana para ayudarme a olvidar.


¿Lo entiendes ahora, Maribel? No tenía elección. Me invitaste, vine y cuando abriste la puerta, empujarte por las escaleras fue demasiado tentador. Contigo viva, jamás habría conseguido olvidar.

Antes de irme quiero dejar este recuerdo a los pies de tu tumba. Es la pulsera que vi brillar en tu muñeca cuando me abriste esa tarde, ¡qué curioso!,  si te fijas, cada una de sus partes parece crear una filigrana indivisible. Antes de que llegara la policía,  la quité con sumo cuidado de tu muñeca, no se fuera a romper en el traslado de tu cuerpo.


lunes, 25 de marzo de 2019

Dos manos no son suficientes



El hombre se transformó en un torbellino y terminó por destrozar las pocas antiguallas que tenía delante.


Minutos antes, un conocido picor en la palma de la mano  le había avisado de que algo no cuadraba. Alarmado, se acercó a una ventana para mirar a través del hueco que quedaba libre entre las tablas que la cegaban. Exploró un jardín destartalado, árboles consumidos con ramas tronchadas y matojos secos moviéndose al viento, pero ese sexto sentido que  había desarrollado durante los años de cárcel le habían permitido captar algo más.


 El desahogo anhelado llegó tras el destrozo de los muebles carcomidos y Rony, más calmado, volvió a examinar los movimientos que tenían lugar en el exterior.

¡Demasiado gordos para ser conejos!, los cuatro hijos de puta que juegan al escondite ahí fuera son hombres del Indio empeñados, sin duda, en arrancarme el pellejo. ¡Y  Suárez diciéndome que este sería un lugar seguro!,  que  ese chiflado de ojos rasgados no me encontraría en un sitio abandonado por la mano de Dios  ¡claro!, mi compadre no contó con que el malnacido y sus hombres son parientes del demonio.

Rony escupió en una esquina y tras poner en pie una mesa polvorienta, vació el contenido de su mochila sobre ella. Apartó la morralla que le habían entregado al salir de la cárcel y tomó la pistola. Llenó el cargador y contó la munición restante.

Tienes balas de sobra  pero nada más que dos manos. Podrías  acabar con  esas mierdecillas  pillándolas desprevenidas desde fuera, pero solo hay una  puerta y con esta puta luz te verán salir. En cuanto anochezca seguro de que esos cabrones  rodearán…

Rony oyó crujir las piedras del camino y, con la respiración acelerada, volvió a escrutar las afueras. Un Mercedes avanzaba hacia el caserón al tiempo que emitía un sonido repetitivo.
Su mandíbula  estaba tan apretada que las venas de su cuello se podían contar desde lejos.

¡Por mis muertos que ese coche es del Indio!, el mayor hijo de puta que parió madre ha venido a verme en persona. ¿Quién si no iba a llevar un coche como ese? ¡Fantoche engreído!… Si has pensado que la trena ha podido conmigo, ¡te equivocas! No te lo voy a poner fácil, ya estoy muerto y no tengo nada que perder.

 El vehículo se detuvo frente a la puerta del caserón y la música  cesó al apagarse el motor. El silencio resultante parecía no tener fin, Rony contaba los latidos de su corazón para mantener la calma.
La puerta del conductor se abrió, y Rony sostuvo la respiración.

¡Te equivocaste colega! No es el cabrón del Indio sino Suárez. ¡Vaya bugati se ha apalancado en mi ausencia el compadre!  ¿Y qué coño estará haciendo aquí? No quisiera… si ese hijo de perra me la ha jugado juntándose con esa carroña será el primero en caer esta…

No pudo terminar la frase al constatar que se abría la puerta del copiloto y que una rubia salía a trompicones sin dejar de hablar ni un momento. Rony se asustó por lo que podría pasar pero optó por esperar acontecimientos. Observó que los altos tacones de la joven se torcían sobre las piedras del camino.

 ¡Pero si no consigues mantener el equilibrio!, y deja de estirar esa falda, ¿no ves cómo ese culo que Dios te ha dado, tan redondo y tan prieto, te la vuelve a subir? ¡Me cago en la leche, justo lo que me faltaba en este momento! Y ahora qué. La nena saca una chaqueta de la parte de atrás… se deja todas las puertas abiertas… y viene hacia aquí zozobrando como un barco a la deriva. ¡Y el idiota de Suarez… ¡míralo! completamente encoñado y blandiendo una botella de ron en el aire como si de una bandera se tratara! El cabrón sigue siendo el borracho putero de siempre y yo pensando que me había traicionado.
  —¡Soy  Suárez—gritó el amigo al entrar mientras la chica lanzaba los zapatos al aire y se acercaba peligrosamente a una  ventana. 

Tienes que intervenir, antes de que esa muñeca quede hecha un colador.

¡¿Te has vuelto loco?!   ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí, con esa tajada y una fulana de poca monta? Ahí fuera están los hombres del Indio, ¡idiota!, no os han frito a balazos porque tu amiguita les nubló el sentido como a mí. Si no le ordenas que se aparte de la vent…

—¡Siéntate y  calla, mamón! O no entenderé qué coño pasa ahí fuera —interrumpió la rubia. Tiró  la chaqueta quedando al descubierto una escopeta de cañones recortados—, y, además, si paras de cacarear, Suárez conseguirá explicarte que hay dos compadres en el carro, cargados de armas hasta arriba. Si no, ¡para qué he dejado las puertas  abiertas! ¿Es que crees que soy idiota?