sábado, 13 de marzo de 2021

Arreglando pequeños errores


La joven de los tirabuzones dorados, muy concentrada en el minucioso examen de una manzana que le acaba de entregar una serpiente que pasaba por ahí, ve venir a su compañero. Parpadea, repite, se restriega los ojos, vuelve a enfocar y al fin levanta una ceja.

El joven semidesnudo que zigzaguea por el sendero desviviéndose en mil perdones con las florecillas que acaba de pisar, esconde algo entre las manos.

 ¿Adonde iba? Sí, Uva, allí, ¡hip!, bajo ese árpol, voy.

—¿Por qué caminas de esa manera?

 —¿De qué manera? —pregunta Adán entre carcajadas.

—¡Se te ve raro querido y pronuncias fatal! Aunque hay que reconocer que estás disfrutando del momento.

—Uvaaaa ¡Cuánto te quiero! y mira lo que traigo. ¡Hip! Perdón.

—Me llamo Eva y no Uva. ¡Qué demonios!

La joven queda pensativa, no sé yo, algo le pasa a este hombre, pero tan malo no parece ser. A lo mejor estas frutas están algo pasadas. Quizás la manzana le arregle el estómago.

Eva se siente observada y mira hacia arriba de soslayo.

El jefe no es. Menos mal, no he hecho nada malo, pero con Él, ¡nunca se sabe!

De pronto un silbido y la joven se gira. Es Adán que sonríe agazapado detrás de unas matas. Le hace señas con los dedos y tiene una mirada traviesa. Demasiado traviesa para resistirse, diría yo, si me permiten la intromisión.

—¿Qué te siga? ¿Y qué traiga las uvas? ¿Y qué me vaya preparando? —Traduce Eva, se pone en marcha y lanza la manzana por los aires.

La maldita, rueda ladera abajo, choca con las rocas y queda hecha mil añicos que acaban desapareciendo misteriosamente engullidos por un barrizal.


En lo sucesivo, ellas parirán en un jardín entre mil mariposas de colores. Reirán risueñas y todo será paz y tranquilidad.


Punto Jombar:

Según el más popular y conocido relato bíblico, la manzana que Eva ofreció a Adam es la culpable de que las mujeres paran con dolor: todas pagamos el Pecado Original.

¡Chicos, chicos, un poco nervio, algo de aventura! ¡¡La que armasteis por una maldita manzana!!  


 


lunes, 8 de febrero de 2021

Aires de tormenta


 

Al despertar noto que la capa de gris con la que han pintado el cielo esta mañana es tan densa que ha descendido hasta la superficie en forma de partículas diminutas. Como gas venenoso se ha colado entre las rendijas de las ventanas y la he respirado mientras dormía plácidamente mi sueño de recién jubilada. Ni ganas tengo de levantarme.

Me asomo a la cristalera que da al exterior y observo que Danilo ya luce el mono de trabajo y que con brío inusitado hinca el pico en la dura tierra. A él le gustan los días nublados al igual que la comida de cuchara y los documentales de “la dos”, tres cosas que me ponen de mal humor por el mismo motivo.

La idea inicial del abordaje de esta nueva etapa de la vida se basaba en que dispondríamos de todo nuestro tiempo para conocer lugares, descubrir países, probar cosas diferentes y dejarnos llevar por los aromas embriagadores de las flores silvestres o de los mares remotos. Pero la pandemia del coronavirus no solo ha paralizado el mundo, sino que ha atizado un golpe mortal a nuestros planes y nos ha dejado atados al terruño y encerrados en nuestra casa de campo por tiempo indefinido.

El emocionante proyecto que suple ahora nuestros sueños consiste, según Danilo, en remover con el pico la tierra que circunda la casa y transformarla, pala mediante, en substrato adecuado para un huerto.

 Montañas de tierra y socavones con el mismo volumen de capacidad son ahora nuestro horizonte, y lo son en ambos sentidos de la palabra, pues se supone que el siguiente paso será enriquecer los montículos con la aportación de sacas y sacas de caca de cabra que nos han costado un riñón y que en estos momentos aromatizan el ambiente.   

Sin sol no hay vida, digo como una forma cualquiera de dar los buenos días, al acercarme a él. ¡Pues mira los nórdicos, vivitos y coleando!, contesta Danilo y sigue con lo suyo. Ya los veo, vienen todos aquí en cuanto juntan dos días seguidos de vacaciones, añado mientras voy a hacer café y le dejo a sus menesteres.


No sé si habrá algún estudio científico al respecto, pero estoy convencida de que el aroma del negro caldo que sale de la cafetera se desplaza por el aire a una velocidad superior a la del sonido, pues Danilo se presentaba en casa cuando la máquina apenas empezaba a gorgotear.

—Ya está hecho, pero quema como el sol radiante, aunque seco no está —medio grito mientras él se quita las botas embarradas y las deja fuera de la puerta.

—Lo sé. ¡Vaya un día! aunque en el fondo casi es mejor que esté nublado, los efluvios del estiércol  se expanden con más intensidad si hace sol—contesta mientras hace aparición en la cocina.

—Pero la mierda se seca más, pesa menos y en la pala se nota.

—¡Ya! Nunca llueve a gusto de todos. ¿Es hoy cuando vienen los chicos a comer?

—Sí. Pensaba hacer arroz.

—¡Caldoso?

—¡No! —contesto y separo las gafas empañadas lo justo para mirarle a los ojos de soslayo y que él aprecie el ceño de los míos fruncido en todo su esplendor.

—¿De marisco?

—A los chicos no les gusta el pescado.

No es que sus ojos sonriesen porque los ojos no pueden sonreír, pero conozco muy bien a Danilo y sus miradas: No alimentes el deseo de descargar tus malos humos con una buena riña porque hoy no te lo voy a permitir.

—¿De pollo y conejo?

—¿Y de que va a ser una paella, si no?

—Ten cuidado que a veces queda seca…

—Creo que con un poco de suerte lloverá.

—Quieres decir que si llueve se te irá por fin la mala leche con la que has amanecido?

—Puede, pero me refería más bien a que el arroz no quedará tan seco.

—Cariño, estás realmente insoportable, pero que sepas que dos no discuten si uno no quiere.

¡Cómo me gusta eso de tener razón!, aunque estar en lo cierto no suaviza el abatimiento.

—Ahora mismo deberíamos de estar en Casablanca Danilo, es más, hoy era el día de la excursión en camello a una jaima del desierto para ver las estrellas por la noche y saborear un buen té.

—Aquí también podemos ver estrellas.

—Sí, si llueve, la paella queda caldosa, las nubes pesan menos y el viento se las lleva de una puta vez.

—¡Te estás volviendo muy mal hablada Francesca!, desde que no vas a la oficina te estás embruteciendo.

—¡Será por el nuevo empleo de pico y pala, Danilo! y no me toques los cojones que ya no soy una niña que puedas engañar con tus zalamerías.

—No puedo tocarte lo que no tienes Francesca, pero sí pedirte que pintes una sonrisa en esa cara, que te vistas con prendas de colores y que esta noche, cuando se vayan los chicos, salgamos al jardín cargados de cojines, que del té beduino me encargo yo —contesta, me besa en la frente y me entrega una flor.

Lo bueno, es que por mucho que le conozca, Danilo siempre me sorprende.

—Está bien, tú ganas, ¡arroz caldoso con bogavante! y al que no le guste que arree que nosotros esta noche nos vamos de jaimas sobre las dunas que consigas cavar hoy. 

miércoles, 20 de enero de 2021

Derecho a vivir o a morir en el intento

 

Despierto tras una noche insomne y corro a abrir la puerta, el frio se clava en mis mejillas como agujas de hielo. Avanzo hasta la verja del jardín y solo percibo el conversar de las hojas secas que caen a mi alrededor.  

Vuelvo atrás, a una casa triste y silenciosa, a un hogar huérfano de bufidos y del repiqueteo de las uñas de mi compañero en el parqué.

Bribón no es solo mi guía. Él me conduce entre las risas y alborotos de los niños cuando me envuelve el desconsuelo o me lleva a disfrutar del correr de las aguas del río cuando añoro paz y tranquilidad.

Tras su desaparición nada me consuela e imagino su cuerpo abandonado en una cuneta, frío y con los ojos abiertos a la más absoluta oscuridad.

 

Un medio ladrido, ahogado y lastimero rompe el silencio.

Acudo y el hedor a queso rancio que flota en el umbral me desorienta por completo. Decido agacharme y toco pelo, mojado, pegajoso y enredado entre mil abrojos. Una silueta inmóvil con la cabeza hundida entre los hombros.

 

Imagino ahora dulces feromonas flotar en el aire cual ligeras mariposas y una pituitaria enloquecida por el frenesí que al seguir su estela arrastra el cuerpo del animal al que se ve pegada. Una verja entreabierta y fuera, la vida. Una noche de pasión con las perras del cabrero. Un baño purificador y la forma más dulce de pedir perdón a quién está esperando en casa. 

martes, 13 de octubre de 2020

En nombre de Dios


 

Al despertar entendí que aquél era un día tan bueno como otro cualquiera para asesinar, más, si en ello te guía la mano del señor.

 

Llegué al punto negro del camino, ese del cual tantas denuncias se apilan en los cajones del ayuntamiento, y me asomé al barranco. Después de todo tienen razón, pensé al observar que una sucesión de peñascos cortantes bajaba en picado hasta el cauce del río, una mala caída sería ciertamente mortal. ¡Deberían de hacer algo para solucionar el problema de una vez por todas!

 

Según mis cálculos tenía tiempo de sobra y un breve Praeparatorio para lograr espíritu de recogimiento y humildad no me venía nada mal. Así que me senté en una roca dispuesto a liberarme del mundo profano y a penetrar en el espacio sagrado en el que Dios nos revela su Misterio.

Cuando la paz había inundado mi ser y me sentí en armonía con el Señor dediqué unos momentos a la mujer que me quitaba el sueño.

Ella no es como las demás. Culta, reservada, amiga de sus amigos y de las que se preocupan de lo que se tienen que ocupar. Una pena poner fin a su existencia máxime teniendo en cuenta su dedicación, su generosidad y su paella del día de los pobres, que de entre tantas, es sin duda alguna la mejor.

 

Reconfortado y reforzado en mi convicción me levanté y me puse en acción con rapidez, aunque en ese lugar y a esas horas no solía haber gran afluencia, era mejor no tentar la suerte.

 Corté ramas y cañas con una tijera de podar que había encontrado en el jardín detrás de la iglesia y organicé con ellas una especie de barrera en el lado derecho del camino.

Tras comprobar que el trabajo serviría a su fin escondí la herramienta entre un zarzal y avancé hasta al cruce. Ahí el camino se divide en dos, yo me dirigí por el que serpentea entre los campos en dirección al polígono industrial y me senté a esperar a la sombra de un naranjo.

 

 Te vi llegar cuando la tarde marcaba su fin, el sol dejaba de apretar y el aroma de azahar transformaba el aire en vapor perfumado, decía el poema que sin saber por qué me saltó a la mente en ese preciso momento.

 Sería la pérfida lujuria, el sátiro deseo o el tedioso aburrimiento del matrimonio lo que llevó a esa mujer a cometer actos impuros e impropios, aun así, no cabía perdón y más que, consciente de sus pecados, volvió a tropezar otra vez en la misma piedra.

Pero al menos volvió a confesar.

  ¡No importa! “Si después de haber recibido el conocimiento exacto de la verdad practicamos el pecado a propósito, ya no queda ningún sacrificio por los pecados. Solo quedan una aterradora perspectiva de juicio y la furia ardiente que consumirá a los opositores. El que viola la ley de Moisés, muere irremisiblemente. Hebreos 10.”

Amen.

 

Justo en ese momento y en pos de justificar mis palabras, apareció ella por el otro camino que llega al empalme. Avanzaba abriéndose paso entre cañas encorvadas, se paraba y tiraba de un perro que, atado a un largo ramal, se empecinaba en sentarse.

 —¡Señora Teresa! —dije y me puse a su lado.

—Padre, ¿usted por aquí?

—Los caminos del Señor son infinitos, hija mía. ¿Me equivoco o su compañero no aguanta más?

—¡Perro tonto!

—¡Traiga!, se me dan bien los animales.

La mujer ladeó la cabeza y tras sonreír me entregó la correa.

— Sabe, Padre, me alegro de haberle encontrado. He pensado mucho en lo que me dijo el otro día cuando volví a confesarme.  Le aseguro que no volverá a suceder.

—Todos podemos equivocarnos, hija mía…

Dije y no pude acabar la frase porque llegábamos al tramo interrumpido por las ramas. La cogí del brazo para mantenerme a su altura, la mujer se hizo a la izquierda y entonces, de un golpe certero la empujé por la ladera, al vacío.

—… pero Dios solo perdona una vez. —concluí y me mantuve en silencio de oración.

Dejé al perro al lado de una verja, en las inmediaciones del pueblo. El animal no tenía culpa, no merecía el trágico final que sufrió su dueña. Alguien lo encontrará y si el estúpido del marido, deshonrado y mancillado no pensara quedárselo, lo haré yo que después de todo me llamo Francisco y he estado en Asís.


martes, 22 de septiembre de 2020

 


Argumento proporcionado por Storynator:

 Una limpiadora que tuvo problemas con las drogas y un piloto que colecciona bragas, se encuentran en el mismo restaurante, todo se complica con la presencia de un bombero, donde la tristeza y la locura serán eje de una historia repleta de sorpresas.

  248 Palabras


                                                      EL CONVIDADO DE PIEDRA


Una novia intenta liar un porro mientras se asoma al vacío desde la azotea de un rascacielos. Le tiemblan las manos, tiene los ojos llenos de lágrimas y, ahí arriba sopla un viento que pretende llevarse la cola de capilla del blanco vestido.

—¿Está usted bien, qué ha pasado?—pregunta un tipo fornido y guapete que aparece por la puerta de acceso. 

La novia levanta la ceja derecha y encoge los hombros.

—No te asustes, vengo del banquete.

La mujer parece animarse, le vuelve a mirar y contesta levantando la voz para que el aire no se lleve las palabras.

—Creo que Roberto, con el que te recuerdo que acabo de casarme, me engaña.

 El joven sonríe y ladea la cabeza, se hace con las herramientas, lía el porro, lo enciende y haciendo refugio con las manos, se lo entrega.

—Gracias. Abajo en la fiesta un calor asfixiante, y voilá que Roberto ha querido secarme el sudor de la frente con unas bragas de hilo en lugar de emplear  un simple pañuelo! —dice la chica y aspira de prisa no sea que el porro se apague.

—¿De encaje malva con perlas azules?

La novia desgrana los ojos.

El hombre recupera el pitillo y aspira, se asoma al parapeto, menea la cabeza y pisa el vestido con todas sus fuerzas.

—¡Tranquila querida, son mías! Le traían suerte al chaval y se las llevó de recuerdo el día en que rompimos.


jueves, 21 de mayo de 2020

Poder es poder



—¡Por Dios señor, ahí no puede sentarse, ese sitio está reservado para  el Siñor Verme!— dijo el camarero, tras llevarse las manos a la cabeza.  

 

 Mare Nostrum era un chiringuito de madera, viejo pero con estilo, que surgía a pie de playa de un pequeño pueblo alicantino.  Las mesas de la terraza quedaban protegidas de los rayos solares gracias a una carpa recubierta con cañizo, todas excepto una, la más cómoda, separada de las demás, de cara al mar y a la sombra de una parra.

 

—¡Se’l demane per favor, senyor! Lo sé, culpa meua, no he puesto cartel  que lo indicase dijo el muchacho y juntó las manos, implorante—, ¡pero si sigue usted ahí se’ns va a caure el pél a tots!

 

—¿Don Verme? —preguntó el hombre que se levantaba sin dejar de negar con la cabeza.

 

—Sí señor, una endemoniada oruga que  llegó al pueblo hará cosa de un año, a través del espejo mágico. Según he oído, vino por orden expresa de la Reina de Corazones. Se instaló en un chalet de la colina, compró tierras por aquí, construyó por allí y en poco tiempo se hizo  amo y señor del lugar. De alguna forma, todos le debemos pleitesía.

 

Como todas las tardes, a esa hora, ya se había empezado a levantar una deliciosa brisa marina cuando los niños pararon de jugar a la pelota y se acercaron al establecimiento para observar la llegada de un ser todo verde y orondo que avanzaba hacia el local  en una silla de ruedas motorizada. Un muchacho bronceado y musculoso empujaba el artefacto al tiempo que respondía a los saludos de los presentes mientras el personaje, con ojos cerrados y fosas nasales bien abiertas, aspiraba el aire yodado del mar.

 

Llegado el momento, el joven levantó al Siñor Verme como si se tratara de alzar un cojín de plumas y lo posó, con toda suavidad, en su tumbona. Recubrió el cuerpo del susodicho con una manta roja a juego con el  sombrero que calzaba la puntiaguda cabeza de su patrón y se quedó ahí de pie, formado, como si se tratara de un miembro de la  Guardia Real Británica.

 

 

Tras acomodar sus segmentos a la nueva posición y sin mirar a nadie, la oruga se dedicó a sorber el extraño refresco que había traído el camarero, en una copa  repleta de hielo picado. Repantingada en su trono, entre sorbo y sorbo, y sin dejar de observar el arcoiris de colores cálidos que la puesta de sol había pintado en el cielo, daba largas chupadas a un narguilé que el asistente se había apresurado en dejar sobre la mesa.

 

El personaje aspiraba el humo por la boca y lo expulsaba después a través de los expiráculos que poblaban su abdomen quedando así, todo él, envuelto en una nube blanquecina que le proporcionaba un aire  aún más soberbio.

 

 Todo era quietud y tranquilidad, hasta los perros habían dejado de ladrar y los clientes del establecimiento que aún charlaban, lo hacían en voz tan baja que aquello parecía un velatorio.

 

Mientras el camarero sugería al desconocido que no mirara directamente al Siñore, si no quería que el musculitos se lo explicara de forma más convincente , el estallido de un disparo cercano quebró la tranquilidad reinante.

 

Tras saltar el muro del paseo, dos hombres irrumpieron en la playa levantando una gran polvareda de arena que el aire se ocupó de arrastrar hasta el chiringuito.

 

 El más barrigón de los dos hombres rondaría los cuarenta y apretaba una pistola humeante en la mano derecha, el otro que parecía bastante más joven aunque ya tenía pelo en el pecho se abalanzó sobre el contrincante y tras endiñarle un diestro en el estómago lo tiró al suelo.

 

—¡Cabronazo, me las vas a pagar! gritaba el gordito.

 

—¡filthy fucking pig! —gritaba también el otro, golpeando allí donde llegaban los puños.

 

Un coche policial apareció de repente y paró justo al lado del establecimiento. Los agentes activaron la sirena y salieron del vehículo.

 

Los guardias se quedaron observando la escena durante unos segundos hasta que uno de ellos, tras hablar por la radio del vehículo, miró hacia el chiringuito y corrió, presto, a acallar la alarma.

 

Rápidos, los agentes se cuadraron ante el Siñor Verme, cuyas facciones no se inmutaron ni por un momento. Tras deshacerse en excusas, los hombres corrieron hacia la playa sin dejar de echar ojeadas rápidas a la figura oronda que emitía humo rojo por los orificios laterales de su cuerpo.

 

¡Policía, deténganse! —gritó uno de los agentes mientras el compañero inmovilizaba al joven que no paraba de golpear el flanco derecho del contrincante.

El mayor de los maleantes a malas penas lograba levantarse, tenía un ojo morado y no paraba de escupir arena.

 

Una vez esposados los dos elementos y recuperada la pistola del suelo, los guardias abandonaron la zona no sin antes presentar saludo militar a la venerable oruga.

 

Cuando el coche policial desapareció tras una curva y los niños volvieron a jugar en silencio, el camarero apareció en la terraza con otra copa de ese misterioso líquido azul.

 Don Verme dejó escapar un largo suspiro y se centró en el disfrute de un cielo que en ese momento se había tornado de rojo intenso con leves matices  morados.  

 

 


miércoles, 29 de abril de 2020

¡Vete Satán!


El callejón que se abría ante mí era estrecho y sombrío. De él se había adueñado la vegetación que colgaba de las ventanas, y el denso perfume a flores y a tierra mojada me invitó a recorrerlo.

 Un viejo portón de madera tropical esperaba al viajero tras una curva inesperada del camino. A un lado, en una placa de mármol desgastada se podía leer: Parroquia San Carlos.

Empujé la puerta, incrédula. La poca luz que iluminaba el interior provenía de las velas que proyectaban extrañas sombras sobre la pared. Aspiré, y el intenso olor a incienso despejó mis dudas, bajé el escalón y entré.

Me sorprendió la amplitud del lugar en contraste con la estrechez del camino que lleva hasta él. Techos altos acabados en cúpulas blancas, una cruz de corte moderno alzando solemne sus brazos contra el altar y en cada hornacina, imágenes blancas.

 A pesar de que la iglesia parecía desierta, se oía un murmullo continuo, una letanía que provenía de una nave lateral. Avancé sin hacer ruido por no interrumpir con mi presencia.

 A la derecha, frente a una capilla dedicada a la Virgen María, un grupo de hombres y mujeres ataviados con indumentaria colorida oraban en coro. El misterio de la letanía quedaba resuelto.

Me senté en un banco solitario algo separada del grupo. No había nadie más en la iglesia y yo era la única blanca del lugar.

Me pareció que esas gentes rezaban el rosario pues sus voces sonaban monótonas aunque llevaban cierto ritmo musical. Según pasaba el tiempo, el tono subía y se hacía más fuerte y envolvente.

Un joven con melena trenzada, camisa de flores y zapato deportivo empezó a caminar entre los bancos mientras movía una cruz de bordes dorados que apretaba en la mano derecha. De pronto se detuvo, elevó los brazos y predicó: Gracias Jesús, ven Jesús, gracias mamá María.

En medio de esa dulce paz, una mujer se puso en pie y mientras
lanzaba gritos lacerantes intentó arrancar mechones de esa mata de rizos que poblaba su melena.

 Permanecí agarrada al banco sosteniendo la respiración, no podía creer lo que veía.

Tan de improviso como se había levantado, la mujer volvió a sentarse y en ese preciso momento el predicador le impuso la cruz sobre la frente, ¡Ven Jesús, ven! Baja Espíritu Santo, tu sierva te necesita, dijo.

 Una sensación de paz invadió mi cuerpo y mi mente retrocedió de forma inexplicable a la niñez. 

 Algunos feligreses rodearon a la mujer mientras mantenían las palmas de las manos levantadas hacia ella, aun así, “la poseída” no dejó de agitarse y de emitir gruñidos. Al fin, agotada y derrotada por la presión a la que se veía sometida, se desplomó y los que estaban a su lado la sostuvieron y acompañaron su cuerpo inerte hasta el suelo.

Con el corazón palpitante, yo no dejaba de observar la escena y me serené al comprobar que el pecho de la mujer seguía moviéndose.

Mientras la voz del predicador llenaba la sala y marcaba un ritmo cada vez más acelerado, una joven se agitaba bruscamente al tiempo que, con voz profunda, profería palabras incomprensibles.
Nadie se movió y el orador siguió su camino como si nada sucediera.

Vi como la joven se dejaba caer y una vez en el suelo rodaba de un lado a otro chocando contra los bancos. Gritaba y coceaba a diestro y siniestro. Los golpes contra el mobiliario resonaban en las paredes, imprimiendo una atmósfera dantesca al lugar.

Con gran satisfacción por mi parte el predicador se le acercó y con movimiento repentino impuso la cruz sobre la cabeza de la chica diciendo: Libéranos Señor, libéranos de todo mal, de todo demonio. ¡Alzad los Rosarios!, gritó mientras levantaba la cabeza, Satanás odia los rosarios y la oración. Yo te echo, te echo en nombre de Jesús. ¡Vete Satán! Vete, Satán, en el nombre de Jesús.

La mujer dejo de moverse, inclinó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos. El predicador pedía a Satán que dejara aquel cuerpo mientras, con la mano libre, trazaba cruces en el aire que parecían llenarlo todo de embrujo.

 El banco sobre el que yo estaba sentada temblaba al tiempo que un gélido frío envolvía mi cuerpo, aún así no me moví, y si hubiese intentado hacerlo, no habría podido.

La joven quedó exhausta en el suelo y el hombre, sin dejar de rezar, se encaminó hacia el centro de la iglesia. Pidió a los hermanos que le siguieran, tomó asiento delante de unos tambores y marcó un ritmo festivo. Los asistentes pasaron de la oración al canto coral, aquello sonaba como un himno de dioses. Los cuerpos se movían al compás siguiendo un ritmo en continuo aumento.

La fiesta había comenzado.

Noté una presencia a mis espaldas y me giré, un cura con sotana y sombrero de teja me sonreía desde el banco de atrás. La Flor Divina, dijo y me tendió la mano, una congregación de oración haitiana que se reúne aquí todos los jueves por la tarde. Es curioso ¿verdad? El diablo podría aparecer en la parroquia de San Carlos y como cada jueves, si aparece, se le expulsa a fuerza de amor y voluntad, y ni siquiera es necesaria la presencia del sacerdote.