lunes, 25 de marzo de 2019

Dos manos no son suficientes



El hombre se transformó en un torbellino y terminó por destrozar las pocas antiguallas que tenía delante.


Minutos antes, un conocido picor en la palma de la mano  le había avisado de que algo no cuadraba. Alarmado, se acercó a una ventana para mirar a través del hueco que quedaba libre entre las tablas que la cegaban. Exploró un jardín destartalado, árboles consumidos con ramas tronchadas y matojos secos moviéndose al viento, pero ese sexto sentido que  había desarrollado durante los años de cárcel le habían permitido captar algo más.


 El desahogo anhelado llegó tras el destrozo de los muebles carcomidos y Rony, más calmado, volvió a examinar los movimientos que tenían lugar en el exterior.

¡Demasiado gordos para ser conejos!, los cuatro hijos de puta que juegan al escondite ahí fuera son hombres del Indio empeñados, sin duda, en arrancarme el pellejo. ¡Y  Suárez diciéndome que este sería un lugar seguro!,  que  ese chiflado de ojos rasgados no me encontraría en un sitio abandonado por la mano de Dios  ¡claro!, mi compadre no contó con que el malnacido y sus hombres son parientes del demonio.

Rony escupió en una esquina y tras poner en pie una mesa polvorienta, vació el contenido de su mochila sobre ella. Apartó la morralla que le habían entregado al salir de la cárcel y tomó la pistola. Llenó el cargador y contó la munición restante.

Tienes balas de sobra  pero nada más que dos manos. Podrías  acabar con  esas mierdecillas  pillándolas desprevenidas desde fuera, pero solo hay una  puerta y con esta puta luz te verán salir. En cuanto anochezca seguro de que esos cabrones  rodearán…

Rony oyó crujir las piedras del camino y, con la respiración acelerada, volvió a escrutar las afueras. Un Mercedes avanzaba hacia el caserón al tiempo que emitía un sonido repetitivo.
Su mandíbula  estaba tan apretada que las venas de su cuello se podían contar desde lejos.

¡Por mis muertos que ese coche es del Indio!, el mayor hijo de puta que parió madre ha venido a verme en persona. ¿Quién si no iba a llevar un coche como ese? ¡Fantoche engreído!… Si has pensado que la trena ha podido conmigo, ¡te equivocas! No te lo voy a poner fácil, ya estoy muerto y no tengo nada que perder.

 El vehículo se detuvo frente a la puerta del caserón y la música  cesó al apagarse el motor. El silencio resultante parecía no tener fin, Rony contaba los latidos de su corazón para mantener la calma.
La puerta del conductor se abrió, y Rony sostuvo la respiración.

¡Te equivocaste colega! No es el cabrón del Indio sino Suárez. ¡Vaya bugati se ha apalancado en mi ausencia el compadre!  ¿Y qué coño estará haciendo aquí? No quisiera… si ese hijo de perra me la ha jugado juntándose con esa carroña será el primero en caer esta…

No pudo terminar la frase al constatar que se abría la puerta del copiloto y que una rubia salía a trompicones sin dejar de hablar ni un momento. Rony se asustó por lo que podría pasar pero optó por esperar acontecimientos. Observó que los altos tacones de la joven se torcían sobre las piedras del camino.

 ¡Pero si no consigues mantener el equilibrio!, y deja de estirar esa falda, ¿no ves cómo ese culo que Dios te ha dado, tan redondo y tan prieto, te la vuelve a subir? ¡Me cago en la leche, justo lo que me faltaba en este momento! Y ahora qué. La nena saca una chaqueta de la parte de atrás… se deja todas las puertas abiertas… y viene hacia aquí zozobrando como un barco a la deriva. ¡Y el idiota de Suarez… ¡míralo! completamente encoñado y blandiendo una botella de ron en el aire como si de una bandera se tratara! El cabrón sigue siendo el borracho putero de siempre y yo pensando que me había traicionado.
  —¡Soy  Suárez—gritó el amigo al entrar mientras la chica lanzaba los zapatos al aire y se acercaba peligrosamente a una  ventana. 

Tienes que intervenir, antes de que esa muñeca quede hecha un colador.

¡¿Te has vuelto loco?!   ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí, con esa tajada y una fulana de poca monta? Ahí fuera están los hombres del Indio, ¡idiota!, no os han frito a balazos porque tu amiguita les nubló el sentido como a mí. Si no le ordenas que se aparte de la vent…

—¡Siéntate y  calla, mamón! O no entenderé qué coño pasa ahí fuera —interrumpió la rubia. Tiró  la chaqueta quedando al descubierto una escopeta de cañones recortados—, y, además, si paras de cacarear, Suárez conseguirá explicarte que hay dos compadres en el carro, cargados de armas hasta arriba. Si no, ¡para qué he dejado las puertas  abiertas! ¿Es que crees que soy idiota?



miércoles, 27 de febrero de 2019

Los indios Navajo también tendrán su momento




 Aquella trifulca que había trastocado la vida en Muchopan quedaba atrás en el tiempo.

El embrión de la discordia, entre  la peña de Los Tercios, netamente masculina, y el proyecto de peña femenina, Con un Par de Tacones, fue un boleto de lotería premiado, imposible de repartir.             
El asunto tuvo tal repercusión que la contienda final se emitió en un programa de radio  de ámbito nacional, saldándose la disputa con un acuerdo: La restauración del viejo lavadero, había que convertirlo en un lugar de reuniones adecuado para las Taconeras y con el monto restante, se reabriría la vieja tahona que daría trabajo a los desempleados del pueblo.

Lejos de volver la calma anhelada, las mujeres de Muchopan, venidas arriba por su indomable arrojo, se hicieron fuertes  y tomaron la determinación de modelar el pueblo a su antojo…  


   Amaneciendo.
 En la puerta de la tahona,  dos hombres  cargan bandejas repletas de hogazas  y tortas humeantes en sendas furgonetas y Marrusquia les hace entrega de la última remesa de folletos que anuncian las fiestas, y los observa partir.

No puedo creerlo, dice y levanta las manos al cielo, ¡solo han pasado unos meses y ya distribuimos a toda la comarca!


Mientras tanto y a muchos grados…
—¡Ánimo! —grita El Bola e introduce la pala cargada de molletes de masa en la boca del horno— ¡Acabemos de una vez! Son fiestas y esta tarde veremos el partido en la peña.

—¡Pues ya me dirás! — contesta el Mandarino que  amasa a su lado. El chico detiene el vaivén de su cuerpo y añade —si la encargada ha dicho que son  fiestas del pueblo pero no para el pueblo, es que no habrá partido y de este paso la Loren me dejará por otro.

—¡Y dónde crees que encontrará a un pelomarxista como tú! —contesta El Bola y estalla en una sonora carcajada—  Además,  si estamos en fiestas ¡me apuesto mi mejor juego de llanas… a que tendremos fiesta!

—Tú y tus llanas, ¡qué ya no eres albañil! qué eres panadero…   


Unos meses antes…
—Don Anselmo, ¡necesitamos una Virgen, como sea!— medio grita La Vinagre tras irrumpir en la sacristía.

 —¡No blasfemes, mujer, o arderás en los infiernos! —reprocha el párroco y se agacha a recoger el cáliz— ¿Es que no sabes llamar? mira lo que he hecho por tu culpa.

La mujer se sienta  a caballo de una silla y esboza una sonrisa maliciosa.

—¡Déjese de monsergas, Padre, que esa copa no se va a romper! Y no  llamo porque no tenemos ni un segundo que perder, ¡El pueblo pide a gritos una Virgen y una procesión!

—¡Pero qué dices, si  aquí nunca se han hecho procesiones!

—Por eso mismo, Padre, ¡ya va siendo hora! ¡¿Somos cristianos o medio ateos como El Bola y compañía?! Las fiestas no pueden limitarse a ríos de cerveza en Los Tercios, volcaremos esa energía en algo loable para el pueblo. Además, Padre, las Taconeras somos devotas de la Virgen María, y como sobró dinero de la lotería… nosotras correríamos con los gastos.


 En la tahona.
—¿Qué es esto? —pregunta Bola.

—Tortas de sardina —contesta Mandarino.

—¡Mucha sardina para poca torta!

— La encargada ha dejado bien claro que  no escatimemos en sal.

—La encargada manda, la encargada dice, ¡estoy harto de tanta encargada…!

—Por lo visto queremos turistas sedientos.

—¿Turistas?

—¿Es que no lo sabes?  Claro, ¡cómo estás aquí metido toda la noche y luego duermes todo el día no te has enterado del mercadillo ni de la  procesión!

El Bola encoge el cuello y se gira tomándose el tiempo necesario.

—¿Has dicho procesión?

—Sí señor, la procesión de la Virgen Taconera, desde la iglesia a la peña, y por lo visto de todos es sabido que es una tradición ancestral...

—¡¿Qué van a venir a nuestra peña… para qué?!

—¡No, hombre, no! Te recuerdo que las mujeres ahora tienen otra peña. Hablo de esa.

—¡No me digas que  Las Taconeras abrirán a los pobres visitantes!

—¡Y no solo ellas! —contesta el muchacho— En los folletos de fiestas se habla de la pantalla gigante de nuestro local…. ¿Es que tu mujer no te ha dado el mandil con la imagen de la Virgen?

—Si es una broma, no tiene pizca de gracia, ¡por mis llanas de acero que no me pondré un mandil que lleve insignias de santos!

En ese momento entra Marrusquia y encuentra al hornero rumiando y con la cara enharinada.

—¿Es qué te declaras en huelga? Si no te gusta el trabajo puedes volver a tus chapuzas.

— Esto es alta traición y sabotaje, de la parienta y de todas las Taconeras.  ¡Y que sepas que es fascismo!

—¿Lo afirma el indio Navajo pintado para la batalla?¿Y desde cuándo, según esos indios, sacar al pueblo del más triste anonimato es fascismo?

—Obligar a la gente a morir por la Patria es fascismo, amenazar con despido, reinventar la historia de un pueblo y adoctrinar a los niños, también.

                                                              ***

Desde la puerta de la peña Los Tercios y luciendo el mandil de la Virgen, El Bola levanta  talones  y  los deja caer al compás de tambores.

¡Jamás  hubiese creído que se podía ganar tanto dinero en una sola noche!, piensa el hornero, ¡Me apostaría mi juego de llanas, si aún lo tuviera, a qué nadie logrará  sacar ni un solo euro de aquí!   Y mañana, será un nuevo día para los indios Navajo.

martes, 15 de enero de 2019

¿Qué es lo que no me has contado?




Madrid, calle Orense,  salón impoluto estilo colonial.
Emilia, aún en zapatillas, está recostada en la butaca y ojea el álbum de fotos familiares, con desgana. Su madre está lista para salir.

¡Prometió que me llevaría a ver a Alejandro!, está pensando Susana, pero no dice nada.

—Mamá, ¿qué es lo que no me has contado sobre tu tía, la monja?

—¿A qué viene esa pregunta? —contesta Susana y da los últimos toques a su pelo canoso, frente al espejo. 

—Algo me ha dicho papá.

—¡Qué puedo contarte! —responde Susana con toda la calma que es capaz de simular— ¿Qué antes de ser monja era una insensata?

—¡Yo creo que lo fue al hacerse monja! —dice Milita y levanta el pulgar —¡uno a cero, mamá!

—No todo es lo que parece, querida. Enriqueta se hizo monja por obligación de su padre que consiguió así evitarle la cárcel. ¡Me figuro que papá estaría despellejando a los míos cuando te habló de la tía!

—¡Noo! Solo estábamos charlando —contesta Emilia y Susana observa en el espejo que su hija esconde la cara.

—¿Nos vamos?

—¿Adónde?

—¡A ver a tu hermana que acaba de dar a luz! —grita Susana perdiendo la calma aparente.

—No exageres, eso fue hace dos meses…  A la cárcel, ¡¿por qué?!

¡Porque eran otros tiempos y otra forma de vida!

—¿Y todos acababan en la cárcel?

—No digas estupideces —contesta  la madre y se gira a mirar a su hija, ¡iban a la cárcel los que tenían que ir!, mi tía acabó en un convento porque Dios había comprendido que en su demencia, solo intentaba ayudar. Y ahora… ¿puedes prepararte para salir, por favor? Te recuerdo que me lo habías prometido. Además, Patricia hablaba mucho con la abuela en paz descanse, seguro que sabe más de Enriqueta que yo.

—Vale, pero mientras me explicas como  una  insensata puede acabar siendo monja.

—¿Qué quieres saber?

—Primero aclárame de qué época estamos hablando para…

—¡De la prehistoria, como dices tú! —contesta Susana y ahoga un suspiro— En 1927 Enriqueta estudiaba farmacia como la niña de buena familia que era. Pero, en el secreto más absoluto, formaba parte de una Asociación de Mujeres, ilegal en aquellos tiempos, que llevaba a cabo abortos a prostitutas con el fin de que esas pobres desgraciadas no perdieran trabajo y cobijo. ¿Contenta?

—¿Me estás vacilando?

—¡Tu madre nunca vacila! Y relájate que nadie va a dar el pistoletazo de salida— dice Susana y suelta el suspiro que había ahogado hace unos minutos—, aunque se haga tarde para ir a ver al bebé.

—¡Te aseguro que el bebé no va  a ninguna parte!  Y me niego a creer lo que acabo de oír.

—Las personas son más complejas de lo que te imaginas, y tú eres tan superficial que no ves más allá de la envoltura. Se está haciendo tarde,  llama a Patricia y dile que llegamos tarde, el resto de la historia te la cuento de camino.

Emilia saca el móvil y llama a su hermana.

— Patri, soy yo ¿Sabías lo de tía Enriqueta?… ¡No te sulfures que salimos ya!

—¿Qué ha dicho Patricia? —pregunta Susana desde el rellano.

—Creo que Alejandro quiere ser fraile, Patri ha dicho “no sé qué de un santo varón que pide teta a todas horas —contesta Emilia mientras bajan en el ascensor.

—¡Hace una tarde estupenda! —comenta Susana al salir a la calle.

—No cambies de tema que te conozco, sube al coche y empieza a cantar.

—¡Si es que no hay mucho que contar! —grita Susana, al límite de la paciencia— Lo que  ocurrió  fue que un día, al abuelo le llegaron rumores de que la niña de sus ojos trabajaba en  una clínica clandestina. ¡Le daría un patatús al pobre hombre! Milagrosamente logró intervenir a tiempo y llevársela de ahí justo antes de la redada. Esa misma noche la tía entraba en el convento.

—¡Y yo sin haber oído ni una palabra de esto !


—¡Este mocoso no deja de berrear!—comenta Patricia al verlas entrar. ¡Así que te has enterado de lo de Enriqueta! Claro, cómo ya tienes edad…

—¿Por eso no me lo has contado, mamá?

—¡Cómo va a ser por eso! siempre serás una inmadura incorregible—contesta Susana.

—No te lo ha dicho para que no te burlaras… —interviene Patricia —Madre, ¿le has contado lo de la huida?

—¡¿No Jodas que se escapó del convento?! —pregunta Milita.

—Ya te digo —corrobora Patricia—, la abuela, como buena hermana que era, la ayudó a escapar y gracias a una señorona forrada que tenía contactos en Argentina  y que le debía un favor a Enriqueta porque, en cierto momento la buena señora se había quedado preñada por penalti y la tía le había echado una mano… ¡Déjame coger aire! Vamos que en fin y a la postre,  la tía se embarcó y acabó buscando fortuna en  tierras de ultramar, como dice tu madre.

—¿Y la hizo? —estalla Emilia poniéndose en pie.

—¡Ahí te esperaba yo a ti! —contesta la madre— Exigiste, bajo chantaje, que te contara cómo puede hacerse monja una insensata, y lo hice. Ahora, si la tía consiguió hacer fortuna encontrando un tesoro perdido en un templo remoto de la selva amazónica… eso, querida mía, es otra historia…

Y Susana levanta el pulgar.










lunes, 10 de diciembre de 2018

Chocolate, por favor...





Le pedí que se dejara de milongas y que me lo contara de una vez …
—Imagínate—me dijo tras apagar el cigarrillo— Londres. Una mañana fría y lluviosa  de abril. Es viernes Santo y en el sótano de un edificio situado en el centro de la ciudad, un grupo de jubilados, sucios y agotados, se desgañita para hacerse entender por encima del ruido de una taladradora de alta resistencia, que no para de perforar. Los diálogos, algo parecido a esto:
 —¿Cuánto llevamos ya? —pregunta Brian que se aparta cojeando después de ceder el taladro al compañero — ¡Ya deberíamos de haberla atravesado!
—Nos pusimos a eso de las seis, ayer. Son las siete de la mañana… ¡trece horas y tres botellas  de meaos!
—¡Oye, no jodas! —grita Billy el pescado haciendo señas con la mano—, ¡y da gracias a que las he traído para no joderos con mi incontinencia!
Esta última frase es un grito en el silencio porque el taladro ha dejado de perforar y una luz roja avisa de que hay problemas.
—¿Qué coño pasa ahora? —pregunta Brian.
—¡Tranquilo!, estoy en ello —contesta Terence y saca el émbolo del agujero para introducir en él una linterna —¡Mierda! Parece que hemos taladrado los cincuenta centímetros de hormigón para toparnos con una chapa de metal.
—¡Me cago en sus muertos! Hemos dado con una pared de las cajas fuertes—contesta Brian—. ¡Estamos jodidos! No traemos herramientas para eso.
—¡Cómo que no traemos herramientas! —grita Carl— ¿Hemos estado planeando el robo durante cuatro años y luego nos dejamos los destornilladores?
—No necesitamos  destornilladores y ¡deja de dar la brasa que no estoy para bromas!
—¿Queréis decir que no vamos a poder abrir las cajas?—protesta Daniel mientras simula dar  cabezazos contra el muro.
—No sin la herramienta adecuada.
—¡Y de dónde la vamos a sacar?
—¡De una ferretería! —contesta Brian y se acaricia la calva— cuando abran las tiendas compramos lo necesario y esta tarde volvemos a entrar.
—¿Te has vuelto loco? —pregunta Terence y deja de masajearse las piernas—, ¡nunca se ha visto cosa igual!
—¡Nadie ha tenido huevos para  dar este golpe antes de ahora! Y de todos modos no tenemos otra opción. Además, la suerte está de nuestro lado, éstos idiotas se toman la Pascua en serio y hasta el lunes no van a volver.

Así me figuro el robo al Hitton Garden, y para contarte el resto he decidido seguir los pasos de Brian que  presenta una personalidad más compleja e interesante que los demás integrantes del grupo. Verás porqué lo digo. El hombre sube al autobús, llega a casa y saca una tarta de la nevera. Enciende y apaga una vela  que se encuentra incrustada en su centro, la vela tiene forma de número, un “setentaycinco con mecha”. Se come un trozo, se chupa los dedos  y se acuesta vestido. A las cuatro de la tarde, después de realizar el mismo recorrido en bus, pero en dirección contraria, se reúne con los compinches que le esperan en la parada.
El grupo se dirige calle abajo, los hombres se mantienen en silencio y caminan con las manos en los bolsillos. Carl lleva la bolsa con las herramientas necesarias colgada del hombro. Un tipo que se encuentra al volante  de una furgoneta aparcada en las inmediaciones, saluda con un movimiento de cabeza mientras los hombres entran en el portal. Suben a la segunda planta y bloquean el ascensor, bajan por su hueco hasta el sótano, sede de la caja acorazada de joyeros de la ciudad, y, tras volver  a poner en marcha el elevador, se ponen a la tarea.
El ruido es espantoso pero comparado con el que habían hecho la noche anterior, no supone un problema. Se sustituyen unos a otros en la máquina, sudan, maldicen, devoran emparedados de pasta de cacahuete y beben chocolate de un termo que ha preparado Daniel.
A las seis de la mañana del domingo, el grupo de jubilados sale de allí con un alijo valorado en 18 millones de euros en bolsas de basura con ruedas.

Podría funcionar aunque falte la chica, dije cuando terminó de relatar, pero me esperaba otra cosa, ya sabes, por el título…
—Lo sé, pero es el alma de la historia, la energía vital que no entiende de edad, de profesión ni de colores de  piel.  Aún me quedan  retoques que hacer para cuadrarlo en el guion, pero  ese título, ¡por mis muertos que no lo va a cambiar nadie!

lunes, 3 de diciembre de 2018

Amor fraterno






—¡Mira! Aquí hay unas cuantas —grita Daniel y menea el trasero como el perro delante del hueso.

Raquel esconde el móvil entre la ropa sucia del cesto y niega con la cabeza, luego se acerca  al hermano que permanece inmóvil, a cuatro patas y con la cabeza metida en una esquina del sótano.

—¿Las ves? —pregunta Daniel indicando una baldosa del suelo. Saca un recorte de revista del bolsillo y se pone a leer: “Son bolitas pequeñas,  como manchas marrones viscosas de tamaño diminuto…

—¡Muy bien! El hallazgo de excreciones de cucaracha merece premio. ¿Y ahora qué? —pregunta Raquel resoplando. 

Daniel se sienta, se quita el casco y apaga la linterna adherida en la parte superior.

—Hemos superado la fase uno, con éxito —dice asintiendo con ojos cerrados—, ¡están aquí y quieren guerra!

—¡Eso ya lo sabíamos, Daniel! Te dije que  emperrarse en demostrarlo científicamente iba a ser una pérdida de tiempo.

—¡En la guerra las cosas se hacen bien y en este caso la estrategia tiene sus fases.

—¿Podemos pasar de una vez a la a la fase dos? —grita Raquel.

—Esa fase implica el inicio de la batalla. ¿Seguro que estás preparada?

—¡Pues claro, idiota! Si no, no estaría  aquí —contesta la hermana y se gira haciendo volar la melena rojiza—. ¡La cruz de tener hermanos pequeños…!

—El deseo de mamá fue que se acabaran las cucarachas del sótano, y lo pidió, bien alto, al apagar las velas —replica Daniel apartando el flequillo que le tapaba los ojos—. Ahora, si no quieres ayudarme... como papá no puede bajar del cielo… ¡tendré que hacerlo yo solo!

Raquel llena los pulmones de aire y reprime un suspiro.

—¡No te pongas así, hermanito! Estoy aquí, ¿no? aunque siga opinando que para demostrar amor a mamá podríamos haber buscado otra cosa. ¡Pero venga, acabemos de una vez!

—¿Acabar? ¡Si estamos empezando! —protesta Daniel y mira a su hermana con ojos grandes—. Está bien, sigamos. La fase dos es la de las bombas químicas.

—¿¡Te has vuelto loco o qué te pasa!?

—¡Tranqui! —corta el chico—, no son peligrosas. Paco, el hermano mayor de Jaimito, me las ha comprado y me ha explicado cómo usarlas. Lo importante es hacerlo ahora que mamá no está y Martina no se ha enterado aún del asunto, las mujeres no entienden de estas cosas y  podrían asustarse.

Raquel encoge el cuello y levanta los hombros.

—¡Tú todavía no eres una mujer! —añade Daniel al ver que la hermana ha abierto  las manos y la boca a la vez, pero no dice ni una sola palabra—, todavía ves las cosas bastante claras…

El chico sale a toda prisa al jardín murmurando a media voz que Raquel ya no es la misma y que se  parece a la mandona de Martina cada vez más.

Y mientras Daniel coloca las bombas de humo contra la pared del  sótano,  su hermana abre puertas y cajones en el interior del local, jurando que será la última vez que hace caso a ese mocoso y que no va a dejarse chantajear con el asunto del papá.


Llegados a ese punto solo queda esperar el resultado.

 Raquel parece preocupada de haber respirado esos vapores nocivos y se queja de las posibles consecuencias. Decide subir a su cuarto tras hacer jurar a Daniel que se va a estar quietecito hasta la llegada de mamá.




—La fase dos no ha funcionado del todo —susurra Daniel desde la puerta del  cuarto de Raquel, unas horas más tarde—, la hierba se ha puesto amarilla y los rosales están chamuscados pero en el sótano las cucarachas siguen bailando hip hop como si nada.

—¡Daniel! Raquel no está ahí —dice la hermana mayor saliendo en ese momento del cuarto de baño con la cara descompuesta—, es más, estoy asustada porque Raquel me  ha contado todo y, mientras lo hacía, no dejaba de toser y de retorcerse de angustia. Creo que con los experimentos que acabas de hacer, nuestra hermana se ha transformado en una cucaracha.

—No puede ser…

—Volví al aseo para ver cómo se encontraba y en su lugar había uno de esos bichos ¡enorme!  que al verme se escabulló  escaleras abajo. Me pareció que la cucaracha gritaba “¡socorrooo!” con la misma  voz de Raquel. La seguí pero acabo de perderla de vista al llegar al sótano.

—¡Santo Dios! —grita Daniel y se lleva las manos a la boca— ¡acabo de poner en marcha la fase tres, las bolitas de veneno!

Y sale corriendo al piso de abajo.

En ese momento la madre entra en casa, Daniel frena y pone una de sus mejores sonrisas.

—¿Qué tal, madre?

Bien, cariño —comenta la mujer, y al darse la vuelta sus ojos se llenan de terror—  Mantened esa puerta cerrada, ¡por todos los Santos!

Daniel mira a Martina, se le acerca, abre un solo lado de la boca y pregunta:

—¡¿Cómo vamos a explicarle lo de Raquel?!

—Ya se me ocurrirá algo, mientras tanto mira en internet, a ver qué podemos hacer para recuperar a nuestra hermana.

—¡Esto es una locura! En las instrucciones no ponía nada de posibles efectos secundarios —murmura el chico mientras sube a su cuarto.



Inmerso en la búsqueda, Daniel oye unos golpes espantosos provenir desde abajo. Se le tensan los músculos y su cara pierde color. De repente se ha acordado de las bolitas de veneno y además, ahora, esos porrazos…

—¡Raquelll! —grita y  se precipita por las escaleras.

La visión de su madre en el sótano, escoba en mano, golpeando a diestro y siniestro, con los ojos cerrados y gritando como una posesa, le empuja a buscar la barandilla para no caer desmayado.
En el momento en el que el chico se lanza a confesar lo ocurrido, Raquel sale de detrás de la lavadora, con la ropa sucia, la cara manchada y una sonrisa que a Daniel  parece significar “pese a todo sigo viva”.
El chico se sienta en un escalón. Sigue temblando y por unos segundos esconde la cara entre sus manos. Cuando vuelve a mirar a su madre, su expresión ha cambiado.

—Yo lo dejaría, mamá, ¡mientras se queden aquí abajo…! Y, como tú dices siempre, “uno nunca sabe lo que le depara la vida”, además, esos bichos  tendrán padres y hermanos que se preocupan por ellos, ¡no crees?

lunes, 22 de octubre de 2018

Por si suenan las campanas...




—Señoras y señores, queridos oyentes, son las once, las diez en las islas Canarias —dice el locutor, toma aire y sigue.

Ese día, el programa se realizaba desde Muchopán, pueblo en el cual unos insólitos acontecimientos habían terminado por dividir en dos frentes a la población, y llegaba el momento de afrontar el tema.

—Señor Marín, el Bola, presidente de la peña Los Tercios ¿podría exponernos brevemente los hechos?

—¡Sí señor! —contesta y repiquetea con los dedos sobre el estómago— Nuestras mujeres han perdido la cabeza.

La señora Ramírez, Marrusquia, presidenta de la peña Con un par de tacones, aparta a su paisano y se acerca al altavoz.

—¡Nuestros hombres nos quieren robar!

El Bola chasca la lengua y sonríe al presentador.

—¡Convendrá que eso es injusto, don Carlos! Los hombres proponemos un reparto del premio porque el boleto ganador se compró con fondos familiares.

—¡Trae acá! —grita la Marrusquia adueñándose del micrófono y alzando la voz por encima de los vítores del público— Ten la decencia de contar las cosas como son: en el pueblo existía solo la peña de los Tercios, nada que ver con la de Flandes aunque ahí tampoco podían entrar más que hombres. ¡Eso es inadmisible en el siglo XXI, don Carlos! así que peleamos y los zopencos del ayuntamiento nos cedieron un local porque los hombres se empecinaban en mantener sus normas.

—¡Pues ya estábamos en paz!

—¡Era el antiguo lavadero público! sin paredes ni ventanas ni puertas… —contesta la mujer mirando al contrincante con ojos entornados.

—¡Y bien fresquitas que estabais!

El presentador mira al guardia de seguridad y luego observa a una señora que levanta la mano desde el fondo de la sala.

—¿¡De dónde íbamos a sacar dinero para reformarlo!? —gritan desde el público.

—¡Pues de la lotería! —continúa Marrusquia— Y tuvimos suerte. Todo el mundo era feliz hasta que llegó el momento de la verdad. Nadie sabía qué había puesto cada cuala  y el premio no se podía repartir por mucho berrinche que cogieran los hombres.

—¡Cuenta, cuenta lo que hicisteis con la pasta…! —increpa el Bola.

—Restaurar el lavadero…

—¡Y poner un yacusi en el pilón, una sauna en el secadero y una sala de masajes para perder molla de la retaguardia!

—¡Nosotras lo merecemos! —gritan desde el público— Y vosotros ¿acaso no disfrutáis de una tele gigante y del canal para el futbol, pagado con dinerito de las familias?

—¡No compares, mujer, lo nuestro es pasión! —contesta el Bola—¿Y qué me dices del pueblo? ¿Os dais cuenta de cómo ha cambiado?

—¿A qué te refieres? ¿A qué los jóvenes han vuelto de la ciudad? ¡pues mira qué bien! —conviene una mujer sentada en primera fila.

—Y los veraneantes se han establecido en los chaletes todo el año y ¡no cabemos en la taberna, por Dios! —contesta un hombre tomando la palabra— Además, la venta de camas individuales se ha disparado porque unos y otras ya no se hablan. ¡Creo que las de Con un par de tacones se están pasando de altas!

La Marrusquia se levanta y mantiene los puños cerrados.

—Interrumpimos el debate —dice el entrevistador a toda prisa— para ceder la palabra a alguien del público que parece deseoso de intervenir. Señora…

—¡A lo hecho, pecho! —grita la mujer levantando un dedo acusador—Hemos ganado la revancha con lo del lavadero y está bien. Pero ahora ha llegado el momento de mirar hacia el futuro, y lo dice alguien que de eso le queda poco.

La mujer avanza muy recta en su silla de ruedas, sin mirar a nadie a la cara.

—¡A ver qué le parece, don Carlos!— dice después de dejar un fardo de tela anudada sobre la mesa.

—¡Vaya! —dice el locutor— una hogaza como las de antaño, y ¡qué perfume a tiempos pasados! Señora, acabo de volver a la infancia…

—Eso era lo quería oír, porque aquí se está perdiendo la cordura. Con el dinero sobrante se podría abrir la vieja tahona de mi Anselmo que en paz descanse. Se daría trabajo a los parados y buen pan a la gente de bien. Y, por si suenan las campanas, aprovecho la oportunidad para darnos a conocer en la comarca—y acercándose al micro grita— ¡con un par de tercios, el pan de la abuela, en su horno de Muchopán!

Tras unos segundos de titubeo El Bola y La Marrusquia se dan la mano, el locutor da paso a la publicidad y en la sala se contagian los aplausos.