viernes, 13 de mayo de 2016

Una historia que contar

      

     «Toledo, 15 marzo de 1888

         Decidí fugarme con él, era la única salida a nuestro amor prohibido. La noche acordada me dirigí  a la biblioteca, cogí la llave que mi padre escondía en el viejo jarrón y giré el pomo de la chimenea abriendo así la puerta secreta. Entré en el  pasadizo que une la casa con la iglesia  cerrando la entrada a mis espaldas. Fernándo me esperaba en mitad del camino, al otro lado de la cancela cerrada que divide el subterráneo en dos partes iguales» .


         El  despacho  olía a libros antiguos y a incienso. Dos monjas encorvadas sobre la mesa examinaban documento.  Una de ellas, mi hermana pequeña, levantó la cabeza y  vino hacia mí con los brazos abiertos.

miércoles, 27 de abril de 2016

La manzana prohibida



                                                                                           Tomás observaba la partida de cartas con cierta distancia. No participaba en el juego por no haber sido pescador en vida y  no albergar, por tanto, interés en el premio del torneo.

Notaba que el juego se  dilataba en el tiempo más de lo debido y, a la vez, el trabajo en las puertas del Paraíso se acumulaba cada vez más: Las almas en espera comenzaban a perder la paciencia y la  incertidumbre sobre el futuro que les esperaba quedaba evidente por los corrillos acalorados que crecían  ante la gran verja de hierro cerrada.  

Viendo a Pedro descuidar su tarea, Tomás se sentía cada vez más  incómodo y dudaba: no sabía si decirle algo o simular no haberse percatado de nada.

Se acercó a la mesa de juego y comprobó que  arrancaba la última mano con un mus corrido y sin señas. Desde ahí, en el porche elevado, nadie veía lo que estaba ocurriendo debajo, en las puertas del cielo. Pensó que esa mano decisiva iba a alargarse y decidió llamar la atención del compañero sin que se enteraran los demás jugadores.
 Pedro estaba moviendo la baraja a derechas y su expresión no revelaba cual había sido su suerte. Los otros tres participantes permanecían con una actitud indiferente, ni un solo gesto dejaba intuir el desenlace de la partida.  No quedaba claro quién iba a bajar a la Tierra para la temporada del atún.

        Mientras Pedro elegía la estrategia a seguir, reparó  en que Tomás  gesticulaba con el brazo derecho mientras abría los ojos de manera exagerada, estaba  indicando hacia abajo, en dirección a la verja de entrada.
Pedro se asomó a la baranda  para  ojear la antesala del cielo y comprobó que la fila de almas describía un zig zag  infinito sobre la superficie lunar. Descubrió, en una zona apartada,  a  una mujer con gafas de búho y pelo muy corto que saltaba y volvía atrás, medía la longitud del salto y se alejaba con la intención de revisar las huellas dejadas por sus pies.

—¡Ya se cansará! —dijo a Tomas, mientras volvía a meterse de lleno en el juego.

        Tomás, tranquilo por haber acallado su consciencia, se apoyó en el balcón y distrajo la mente con la escena de abajo: la mujer se volvía cada vez más experta y recorría, en cada salto, un tramo más largo. Otra joven, del final de la cola, se puso a imitarla y zapatos en mano se acercó a la primera. Su atuendo era tal que todas las almas se fijaban en ella por la falta de tela en el traje y el extraño sombrero de copa que cerraba el vestuario.

—¡La chica está en paso  y yo tengo pares! —sentenció Mateos desde la mesa de juego.
—Yo también.     
—Yo no tengo.       
—yo sí.
«Las cosas no van bien para Pedro» pensaba Tomás «y eso que ya ha preparado los aperos de pesca y está deseando subir al pesquero para enfrentarse a la fuerza del mar». 

        Las dos almas traviesas se encontraron de frente y Tomas tendió la oreja para oír sus palabras:

—Con tacones no puedo saltar por aquí —comentaba la mujer emplumada.
—¿Por qué no los cortas?
—¡Estás loca! son unos “Manolo Blahnik”!
—No logro entender en qué polo lunar debemos de estar —contesta la atleta cambiando de tema.
—¿En el polo? ¿En la luna? ¡Si yo busco una barra!
—¿Una barra? —repite la otra fijándose al fin en el traje de stripper.
—De baile —contesta enseñando las plumas de atrás— En la Luna ¿por qué?
La de gafas suspira y acaricia el sombrero de copa.
—Verás, aplicando balística y Newton a los saltos que damos, resulta que la fuerza de atracción es seis veces menor que en la Tierra: ¡es la Luna! ¿lo ves?
—No, no lo veo.
—Pues mira allí arriba en el cielo, esa bola tan grande y azul, es la Tierra ¿la ves?
—Eso sí.
—Pues ya está todo claro, y volviendo a lo tuyo, no creo que haya barras aquí.

Se alejaban  y Tomás  no podía escuchar sus palabras.

El hombre esta vez no dudó:

—Pedro, ¡amigo! ¡lo siento en el alma! pero si esperas, las pierdes. Yo creo que en asuntos de pesca es mejor centrarse en  los peces que hay que pescar.

                                               ***

       
        Saltando, midiendo y buscando una barra, las dos almas  rebeldes llegaron a un  linde frondoso de plantas vistosas que emanaban un  aroma un tanto especial. El borde tupido marcaba una línea infinita perfecta y toda la zona quedaba en penumbra.
—Esas hojas   recuerdan los tiempos de la universidad—dijo la atleta abriendo los brazos.
—¿Crees que podremos cogerlas? ¡Hay tantas!  Yo creo que nadie lo va a notar. En la chistera guardo un mechero, ¿qué tal si fumamos?

        En un punto del bosque se agitaron las hojas como si caminara  entre ellas un ser de gran dimensión. Un hombre barbudo salió de la nada vestido de blanco. Era fuerte y hermoso, con  manos callosas repletas de redes. Le pesaban los hombros y se acercaba hacia ellas  con porte abatido, parecía que su mente no estaba con él.
La stripper tosió sacando al personaje de su sueño dorado.    

— Soy Pedro y por fin os encuentro almas mías —dijo el hombre acercándose a ellas— ¡menos mal! He llegado en el momento perfecto porque en la cara oculta de la luna aún no podéis entrar.
Apoyó una mano en el hombro de cada mujer y, emprendiendo con ellas el camino de vuelta, siguió explicando:

—Lo sé… no entendéis, pero os lo contaré todo.   Lo primero deciros que la culpa es del  mus. Veréis, aquí arriba nos va el alma en ello y en los tiempos de ocio jugamos torneos.   Os veo y pienso:
  « Termino esta mano y  voy ».
  Pero luego… que si  un envite a la grande que si otro a la chica, que si yo tengo pares, levanto la vista y ya no estáis ahí.   En fin, gracias a Dios que he llegado  a tiempo ¡Menudo lio me buscáis si os llegáis a meter en el bosque prohibido!  Aunque  creo que Dios no está muy contento,  llevaba treinta y uno de juego y encima era mano. No va a perdonarme jamás.

martes, 29 de marzo de 2016

jueves, 24 de marzo de 2016

martes, 10 de noviembre de 2015

El sobre vacío

Abrió el buzón y encontró, como todos los años en el mes de marzo, un sobre.
Su dirección estaba escrita con letra inclinada, alta y elegante. El matasellos era de Nueva York, marzo 1952. Sonrió y lo miró a contraluz para asegurarse de que estuviera vacío, como siempre.

Esa tarde Lidia había regresado a casa con las piernas cansadas después de un largo día. Ya estaba jubilada pero trabajaba como voluntaria en la cruz roja de su ciudad, en Italia. Los años de experiencia como enfermera durante las dos grandes guerras hacían de ella una profesional cualificada y la seguían llamando.
Se quitó los zapatos y se sentó en el sofá, puso las piernas en alto. Una sonrisa se dibujó en su rostro, por primera vez, después de tantos años, acariciaba la idea de hacer una locura.
Se dio cuenta de que en realidad ya nada la ataba y era libre de hacer lo que deseaba.
Su mente viajó en el tiempo cincuenta años atrás y se quedó dormida en cuestión de minutos.

***

El largo viaje estaba llegando a su fin, desde la proa podía verse a lo lejos la Estatua de la Libertad.
Su corazón latía de alegría y agitación, de la misma forma que lo haría cincuenta años atrás, cuando, con solo doce años, llegaba a Nueva York en busca de una vida mejor.

Mientras los pasajeros del barco corrían de un lado a otro preparándose para el desembarque, ella seguía mirando hacia el horizonte, el viento le traía ráfagas de recuerdos difíciles de olvidar.

Se veía de pequeña, niña enfermiza, mal oliente y hambrienta, con el pasaporte en su mano huesuda, explicando al policía que, fuera, la estaba esperando su tía Antonietta. Después del examen médico, la dejaron entrar en el país.

Recordó el recorrido a pie hasta el barrio italiano de Nueva York cogida de la mano sebosa de esa arpía que se hacía pasar por su tía Antonietta . Tardaron una eternidad en llegar a Little Ytaly, entre las miradas de la gente elegante que se apartaba a su paso…
Revivió los momentos transcurridos con las compañeras de cuarto,los sufrimientos, las emociones,y el trabajo duro que la convirtió en mujer de un día para otro.

Tocó el turno al recuerdo más esperado, el primer día en que le vio.
Él venía del puerto doblado por el peso de sacos que llevaba sobre la espalda. Paró a descansar apoyando en un muro los bultos, justo delante de ella. Sus miradas se cruzaron y ella sintió un fuego interno que subía hasta quemarle la cara, él sonrió, no tendría más de quince años pero ya era un hombre.
Con el paso del tiempe buscaron.
Se encontraron.

***

—Señora, tiene que bajar a su camarote y prepararse para abandonar el barco —le dijo un marinero.
Ella le miró sin verle, no estaba allí, no quería despegarse de sus recuerdos. El marinero aguardó una respuesta y luego preguntó:
—¿Se encuentra usted bien?
—No se preocupe, déjeme solo un minuto más y bajo.

***

Intentó encontrar el hilo de sus recuerdos pero había perdido el punto preciso… se acordó entonces de las veces en las que, años después, él volvía a casa después de largos meses de trabajo en la construcción del ferrocarril. La interminable vía férrea que uniría los dos océanos, un trabajo duro para un joven muchacho como él.
Se encontraban a hurtadillas en los tejados como gatos enamorados y pasaban las horas soñando con un futuro mejor.
Desvió la mirada hacia el suelo al recordar el estallido de la primera gran guerra, ella tuvo que volver a Italia, la separación, el hambre y tanta tragedia. Él juró que la esperaría y que cada año se lo recordaría mandándole un sobre vacío pero lleno de todo su amor.
Una vez en Italia, ya no pudo volver, no había dinero para el viaje, su madre viuda y sus hermanos pequeños, el trabajo, el día a día, la inseguridad, la costumbre…

***

—Señora, el barco ha atracado y la gente ya está desembarcando, no puede seguir aquí, lo siento.

Fue la última pasajera en bajar, sin equipaje, con su melena canosa al aire y un sobre vacío en la mano.
Él estaba allí, viejo y canoso. Llevaba una pequeña rosa entre sus grandes manos callosas.

lunes, 6 de julio de 2015

martes, 16 de junio de 2015

La máquina del tiempo

Relato creado para el concurso de Círculo de Escritores



— ¿Y… a qué época dice usted que quiere volver? —me preguntó con voz melosa el empleado de la empresa de viajes en el tiempo.
Era un tipo escurridizo, de los que me como a bocados en un día cualquiera pero el reloj corría en mi contra y no había tiempo para eso.
—Cinco años atrás, con eso me basta contesté tajante para no dar pie a más conversación.

      El hombre abrió sus grandes ojos y parpadeó varias veces como si así pudiese verme mejor.
—El precio es  el mismo viaje usted cinco años atrás o quinientos —comentó  levantando un lado de la boca en un guiño de advertencia.
—Pero el valor del viaje será para mí superior si viajo solo cinco años atrás, amigo, lo tengo muy claro —contesté empezando a sentirme molesto.
El hombre suspiró mientras seguía introduciendo mis datos en el ordenador.

      "Tenía que volver atrás y arreglarlo todo.
Ella estaba tan bella esa noche, y la perdí para siempre.
La amaba demasiado, su belleza alimentaba mis celos día tras día, obligándome a vivir en un mar dudas y buscando indicios de traición en todo lo que ella decía.
Salimos solos al jardín y lejos de todos nos dijimos cosas terribles,  después pasó lo inevitable…"

 — ¿Cuánto tiempo ha pensado quedarse? —preguntó sacándome de  golpe de mis recuerdos.

—Si llego en el momento preciso, con cinco minutos me basta—respondí con la calma que la vida me había enseñado a tener.

El hombre desplazó la mirada de la pantalla a mis ojos sin mover apenas la cabeza.
 Está bien, no insisto pero es una pena porque…
Calló al observar mi expresión y  siguió:
¿Cuándo ha dicho que quiere usted viajar?
—Ahora mismo.
— ¿Está usted seguro?, tan cerca en el arco temporal y tan corto de estancia? Permítame recordarle que el precio es el mismo vaya adonde vaya y esté el tiempo que esté.

—Es usted muy terco señor y mi paciencia ha llegado a su límite, le he entendido a la primera ¿o es que tengo cara de tonto?
—Sería conveniente una preparación antes del viaje, podría ser alérgico a las drogas…
— ¿Podemos obviarla?
— Podríamos, pero tendría primero que firmar…
—¡Firmo!

Agarré el bolígrafo que el hombre me estaba ofreciendo y dejé mi sello en el folio, la única prueba que iba a quedar.

—Esta es la dirección a la que debo ir —dije entregándole una nota que extraje del bolsillo de la chaqueta—. Tendría que estar ahí  a las tres y cinco de la madrugada del trece de junio del 2020. Y aquí tiene la suma pactada.

El hombre contó los billetes con  la agilidad  de un banquero, sin pestañear ni una sola vez y llamó a su gente.

Me introdujeron en el armatoste y  me monitorizaron a conciencia, bebí un inmundo brebaje sin titubeos, no había tiempo para eso y decidí encomendarme a la suerte.

 El técnico apretaba botones y comprobaba  gráficos  en una  pantalla desplegada ante mí como si yo pudiera entender lo que estaba pasando.
Me sentía ligero y me costaba fijar las ideas, todo era confuso. Veía el cadáver de ella bailando, vestido de fiesta, entorno a un reloj de arena formado por dos grandes matraces de cristal superpuestos. En el interior del que estaba debajo me encontraba cubierto de granos punzantes, me ahogaba, moría poco a poco.   Aun así mi mente nublada y ya casi inconsciente logró distinguir la figura del teniente irrumpir en la sala y mirar hacia mí, impotente. Logré sonreírle en el último instante, le había burlado otra vez jugando ese último as que llevaba escondido en la manga. 

                                              ***

Desperté de regreso otra vez y dudé, parecía todo un sueño, giré la cabeza lo justo y el teniente no estaba ya ahí.

—Su señora le espera en la entrada, ¿Cómo ha ido su viaje, señor?

 Noté algo pesado en el bolsillo derecho, lo palpé, lo miré y sonreí aliviado, el  cuchillo asesino brillaba impoluto, no había rastro de sangre sobre él.