miércoles, 22 de enero de 2020

Rebelión al vino tinto





                                                                             
                  Perdone, ¿podría explicarme por qué le llamaban Pepón?

A ciencia cierta no sé qué decirle, pero por aquí llamamos así a un melón de tamaño considerable.

Entiendo, y... oiga, tanta gente en el cementerio… ¿qué le pasó?

¡A ver como le explico! El asunto es que el pobre, de estrategia militar, ¡poca cosa!

¡¿Y eso mata?!

En este caso sin duda ninguna. Por sus preguntas me da que es usted forastero.

Sí señor. Venía a Villagatos a cubrir un notición pero creo que llego algo tarde.

¿Quiere que…

¡Sería estupendo!, y cuantos más detalles, mejor.

—Alejémonos y le cuento.
Verá, dos tardes atrás y cuchillo carnicero en ristre, el difunto Pepón se desgañitaba desde la cima de una tarima improvisada con cajas en el establo de su caserío. Los numerosos asistentes a la primera asamblea revolucionaria del pueblo atestaban el local.
El matarife y sus secuaces llevaban meses planificando la estrategia a seguir al haber sido nombrados por el personal Generales de la revuelta.

Concluyendo, para obtener lo que pedimos ¡no se pagan impuestos y que les den!, remataba el hombre cuando entré.
Aplausos, ovaciones y silbidos. Aquello parecía el lavadero en días de tormenta. Y entre tanto barullo, el escote de la tabernera. Cómo le diría... Es ella una mujer con alguna arruga de más pero sin ninguna curva de menos. ¡Ay Señor, eso no se puede explicar con detalles!

No se apure, me hago cargo…

En fin, que había sido elegida por Pepón para obsequiar a los feligreses con chatos de tinto. Mala elección, la de ofrecer vino, se entiende.

Ya me figuro, vino y revolución: cada vez más barro en el lavadero.

 Exactamente. Y en cuanto el gallinero se tranquilizó, contesté a Pepón que evadir impuestos nos enviaría a todos a la cárcel. Y añadí que la revuelta empezaba a parecerse peligrosamente a la de La Granja de Orwell.

¡No andaba usted desencaminado, no! Qué gracia...

Ya, pues fíjese lo que pasó:
¡Algo he oído sobre esa granja!, comentó la culpable de mis sofocos, y se contoneó más de la cuenta al venir hacia mí, ¿De verdad piensas que el pueblo entero terminaría en la cárcel, Daniel?
Ruborizado por las atenciones prestadas por tal monumento de mujer contesté que, prescindiendo de los niños, así sería, y, por educación, añadí “señora Paloma”.
Señora Paloma, señora Paloma… ¡pero si niños no hay!, dijo ella y su sonrisa se tornó tan traviesa… ¡Ay Señor! Luego posó un dedo sobre la punta de mi nariz y preguntó: ¿O no llevas dos años en paro por eso, querido maestro? ¡Qué nos encierren a todos!, gritó y levantó la jarra de vino.

¡Dios santo, qué mujer!

¡No lo sabe usted bien! En fin que el gallinero volvió a reventar.

¡Nos encerraremos nosotros mismos!, tronó el carnicero desde las alturas, esa es la grandeza de mi plan. ¡Mañana, en el ayuntamiento! El Borrego cambiará la cerradura  y  Ofelia traerá   la caterva de mozuelos que tienen sus siete hijas. Entraremos con nocturnidad y alevosía, daremos portazo y nos declararemos ocupas.

¡Ya está claro lo de pepón!

Yo no quería decirlo, usted me entiende… En fin, que tal fue el impacto de la noticia que solo se oía  el mugir de las vacas en los pastos lejanos y Pepón, alzó más su vozarrón,  ¡ocho meses tendrán que pasar para el desahucio! 

Y ahí las cosas empezaron a torcerse: con la nariz roja como un pimiento morrón y desde lo alto de un montículo de heno, el estanquero agitaba la mano: Lo primero primero, diría yo… será averiguar si la estructura tiene cagaderos suficientes.
 La discusión estaba servida, quién decía cinco quién seis y quién que demasiado cagón había en el pueblo. ¡Que el cañero  instale una docena de váteres! ¿Y los mandatarios del pueblo qué opinan de esto?
¿Esos mojigatos?, preguntó Pepón, si el cenutrio del alcalde se pone burro, ¡secuestro y pa dentro! el cura… en la iglesia. Casamientos ni uno y nada de muertes durante las jornadas de lucha. Del médico me encargo, que debe el cordero de Navidad. ¡Libertad, igualdad, fraternidad, que para eso pagamos impuestos como los de ciudad!

Y ahí ya el lodazal al completo:¡Por la Virgen María y todos los Santos reunidos con ella a las puertas del cielo para entender algo de todo este lío!, gritó Martín, el abuelo centenario del pueblo, ¿hay que pagar los dichosos impuestos, o no hay que pagarlos?
Por si fuera poco, los truenos se oían cerca, un granizo “peponero” empezó a rebotar sobre el tejado del establo y  las vacas volvieron en tropel.

   Pepón se encendió como una llama del averno, rojo de ira daba órdenes hasta a las reses que asustadas por el gentío no sabían adonde ir. Perdió el equilibrio, soltó el cuchillo y cayó hacia atrás haciendo saltar por los aires la montaña de cajas. La herramienta punzante aún dio unas vueltas en el aire y luego cayó tras su dueño.
No se volvió a oír una voz y en el establo solo quedaron las vacas y un muerto.


¡Vaya una historia, amigo mío! De portada. Pero oiga… ¿y la tabernera?

¿Ve usted a la mujer con cara de “paso a la chica” al lado del cura?

La veo.

La parienta de Pepón, y Paloma, tres filas atrás, llorando a lágrima viva. ¡Vaya, vaya! Contemple las vistas y luego al notición.






lunes, 9 de diciembre de 2019

Pollastre a la barbacoa





—Ya no hay sesera, Herminia, no pensamos lo que decimos o no decimos lo que pensamos.

—No te hagas la interesante, Lurditas y suéltalo  de una vez.

—¡Ea pues! Aunque he de prevenirte de que el asunto es  de novela negra o más. Ayer estaba pasando el mocho por los entresijos de la oficina cuando Martita la peripuesta y el  picaflores de Cortés asomaron la gaita por la zona de caféses  y su  presencia expulsó de mi mente las ocurrencias del Iván.

—¿Qué ocurrencias?

—¡De eso chitón, Herminia!, sabes que de puertas pa dentro ni mu. A lo que íbamos, los  lechuguinos avanzaban con tanto apresuro que ni repararon en mí, y eso  que mi espesura tiene sustancia pese a hacer yo ejercicio como la que más. Ahora que  todo tiene sus bienes, pues sé más guardados de esta banda de músicos que  los mandamases de arriba.

—Engreída…

 —Te confieso que cuchicheaban en voz tan alta que no tuve ni que aplicarme para oír lo que decían:
 No tengo ni idea de dónde está Amelia, iba diciendo Martita a Cortes, ¡igual su gata se ha puesto de parto!
Y por lo visto, el «Alendelon » sospechaba que Amelia  no volvería por la empresa.
 ¿Por lo del Alfonso?, preguntó la rubita, ¡es una trola seguro!, y añadió: a Amelia  le gusta ser centro de atención. ¡De haberle matado, no seguiría tan fresca!
  No podía creer lo que oía, Herminia, además, no veía a Amelia ni fresca ni acartonada y entonces les observé sin levantar cabeza.

—Maña que aprende una con práctica y esfuerzo…

—Exacto. Total que Cortes medio-gritó: ¡No sé, no sé! el teléfono de Alfonso fuera de cobertura y Amelia desaparecida.
Ahí empecé a verlo negro, Herminia, aquellos dos, sentados uno frente al otro, hablaban de asesinatos como si tal cosa... Por un momento me recordaron  esa vieja película que pusieron anoche en la dos...

—¿La de Extraños en un tren? 

— Esa misma.

—La vi, y no sé que decirte Lurditas, porque tus personajes se conocen requetebien. Tu ya me entiendes.

—¡No mezclemos cotileos, Herminia, que este asunto me tiene sin dormir!
 En fin, que Martita estiró el cuello de cisne que Dios le ha dado sin merecerlo, tú ya sabes a que me refiero, y puso mirada descarriada de la de recordar: ¡Nada tuvo sentido aquella tarde! Dijo y se lió a contar una historia sin pies ni cabeza. ¡Empecé a impacientarme!, cuando se cuentan chismorreos, sabes bien que no se va uno por las ramas o no se entiende ni papa del asunto.

—¡Qué me vas a contar! El otr…

—¡Frena y escucha!, que luego no sé lo que me digo. Deshuesado como es debido, entendí que Marta vive debajo del piso de Amelia. Que la muchacha sube a pedir un poco de leche a la compañera. Se enrollan y Amelia le ofrece un helado pero enseguida se traga sus palabras porque, por lo visto, no iba a poder sacarlo del congelador. Marta se mosquea por no sé qué de un abanico y le pregunta si todo va bien. Amelia se derrumba y le cuenta que Alfonso, su chico, el del servicio postventa, la deja por Patricia, la del bar del Maño.

—No jodas… ¿Alfonso el Alfonso Alfonso?

—¡Ese mismo  pollastre! Y “ele” que Marta intenta consolar a la compañera y la  aconseja  que hable con él. Imposible, parece ser que contesta Amelia entre sollozos, ¡está congelado!

—¿Congelado, Lurditas?

—Eso mismo pensé yo y Cortes armó la misma pregunta con  coletilla: ¿Congelado? ¡Nena, tendrías que ir a la policía!
¡Si ni si quiera he visto el cadáver!, chilla entonces Martita.
¡Pero sabes que ha habido un crimen!, grito yo y con el arrebato, Herminia,  dejo caer el mocho. ¡Si vieras!, se me quedaron mirando como los indios al ver a Colón y tuve que disculparme.

—¡Ahí no estuviste nada fina que digamos!

—Lo sé, lo sé, ¡qué vergüenza! pero ellos parecían encantados. ¡Bien!, dijo Martita,  me alegro de que estés aquí porque  ahora somos tres al tanto del asunto. ¿Quién va a ir  a la policía?

—No jodas… ¿eso preguntó?

—Pues no te pierdas lo que me propuso el guaperas, ¡Ya puestos, Lurdes, dijo, podrías entrar en el piso de Amelia  cuando ella no esté!

—¡Que morro el chaval!

—Pues la locatas de Marta añadió que creía que el pollastre estaba trinchado en pedacitos y al vacío, que Amelia tenía máquina y que ella la había visto.

—He de reconocer que jamás había escuchado un cotilleo de semejante envergadura. Enhorabuena Lurditas.

—Hay más.

—¿Más?

—Contesté que no pensaba inspeccionar el congelador de Amelia ni en silla de ruedas, aunque, dicho entre tú y yo, ganas no me faltaban. Entonces Cortes soltó que si ni investigaba ni iba a la policía no había nada más que hacer. Marta dio entonces carpetazo diciendo: ya  veremos  en la barbacoa de Amelia el sábado noche, en su terraza... 
 ¿Pero  sabiendo lo que sabéis, pregunté yo porque alguien tenía que hacerlo,  pensáis ir a la barbacoa de Amelia?
 Entonces Martita, desde la distancia, que ya se le había acabado el descanso del café, contestó: ¿Por qué no?, el pollo congelado no está del todo mal.


—Pues qué quieres que te diga, Lurditas, ¡De locos! Aunque lo del abanico no acabo de entenderlo, bien sabemos tú y yo que el pollo congelado no hay quien se lo coma.









miércoles, 27 de noviembre de 2019

Verde esperanza





Esperanza cruzó la puerta de seguridad con las manos metidas en los bolsillos traseros del vaquero ajustado y avanzó por la acera, sin más.
La seguía Juan, con la cabeza alta y esa mirada que se perdía en el infinito al atravesar las gafas de pasta negra.


Esa mañana habían acudido al banco  con la convicción de que el préstamo les sería concedido.  Lo siento de veras, pero el estudio revela que el proyecto es inviable, había concluido el director.


El joven apretó los labios y tras  largas zancadas alcanzó a la muchacha que caminaba ligera delante de él. Agarró una de sus manos y acompasó el paso al de ella. Esperanza bajó entonces la mirada y sin mediar palabra entrelazaron sus dedos. Luego Juan la atrajo hacia sí.

Siguieron adelante sin aparente rumbo fijo. La mujer descansaba la cabeza en el hombro de Juan mientras él mantenía la mejilla apoyada en la testa de ella.

Un folleto que pendía de una farola  se resistía a salir volando con las ráfagas de aire y su aleteo llamó la atención del muchacho que, como de costumbre, parecía buscar estrellas en el cielo.

—¡Mira lo que dice ahí!

                                                         TRASPASO NEGOCIO DE COMIDA PREPARADA.
                                                               PRECIO A NEGOCIAR. FACILIDADES.
                                                                               TLF: 629887779

 —Aún no podemos poner en marcha nuestro restaurante  —añadió Juan—  pero podríamos empezar a soñar por ahí.

Ella atrapó el anuncio en el momento en el que el viento se lo iba a llevar, lo metió en el bolsillo y miró a Juan con ojos chispeantes. Entonces sonrió.

lunes, 28 de octubre de 2019

¡Vuelvo a casa!




—Muevo mar y montes para volver al pueblo antes del nombramiento y abrazar a mi pobre hermana, tan sola tras la partida de mamá ¡y me encuentro con el chispas en calzoncillos en medio del salón!

—Ave María purísima.

—¡Y tú ahí, sentada! Mamá ha fallecido hace tres meses, ¡por Dios! ¿Se puede saber qué hace el pollastre escarbando en esta casa como si de su corral se tratara?

—Ese pollo vive conmigo. ¿Algún problema?

—¿Problema? Estás cometiendo pecado y lo sabes.  Vivir con un hombre fuera del matrimonio…  ¿Y cómo que tía Segismunda no me ha escrito al respecto? 

—La tengo comiendo en mi mano  por asuntillos pasados. Y ahora cálmate,  tengo que hablarte de algo importante.

—¡Será de que se larga!

—Va a ser de que me caso.

—¡Por lo menos un atisbo de cordura en esta especie de contubernio! ¿Pero estás segura de lo que vas a hacer? ¿Te comprometes con el gaznápiro que lanzaba granos de arroz en clase?

—Sin pecado concebida y déjame en paz de compromisos.

—Bien, conociéndote eso es un sí. ¡Sea! Me ocuparé pero el menda no vuelve  hasta después de la boda.

—No te molestes,  no me  caso por la iglesia.

—¡¿Y cómo quieres que me calme, no entiendes que no me aceptará la gente!? La hermana del nuevo cura  se casa por lo civil… 

—¡Y con un hijo en camino, hermano! La bomba.  Y ya ves, algo bueno tiene el asunto, ni hace falta  que me hagas  regalo.

martes, 3 de septiembre de 2019

¡Por favor, por favor!






Antes de abrir la puerta comprobé que  no me quedara otra cosa que hacer en el cuarto de baño.
Me había duchado y, pese a estar en una casa de campo con piscina, en un mes de agosto tórrido como el que más,  me había secado el pelo con secador.
Llamaron a la puerta, respiré un minuto más y abrí.
Draco frenó su correr  con  ojos fuera de las órbitas.
—Lo siento  —dije mientras observaba a mi cuñado Juan atravesar el pasillo con sábanas en la mano— tendrás que buscarte un escondite menos solicitado.
La pequeña Lorena apareció de la nada esgrimiendo un hacha de plástico. Draco brincó hacia la ducha, yo  corrí la cortina y cerré.
—Está ocupado —dije a mi hermano Pedro que acudía con cara de preocupación— deberías ir al baño de fuera…

La mesa de la cocina,  tomada de asalto por un rebaño de niños en bañador parecía un campo de batalla. En el centro, una torre de bollos goteaba una mezcla densa de cacao.  El mantel presentaba una media docena de senderos serpenteantes de color marrón que se entrecruzaban formando un  labirinto pegajoso.
—¡Qué bien! —gritó mi cuñada María, al verme llegar— Échales un ojo  mientras yo limpio el colchón, a Pablito se le han escapado unas gotas…
Me di la vuelta y volví al baño.
—Draco, ¿estás ahí? ¡Déjame un hueco! Tranquilo que septiembre está a la vuelta de la esquina  y con él, tu sofá y mis vacaciones de oficina.


lunes, 27 de mayo de 2019

Tortellini alla Russa


Una mañana cualquiera de principio de verano, entre perolas y fogones…

—"¡Non c´é sale in zucca!” —grita Concetta, cocinera y dueña del pequeño restaurante italiano en la colina de L'Alfaś del Pí.

El joven que tiene delante cesa de darle al mortero para dejar escapar un enorme suspiro.

—Querida, en cristiano si quieres respuestas…

—Ni pizca de sal en el cerebro, ¿”capisci”? ¡No brota creatividad!, no surgen ideas… de seguir así o cerramos o nos arriesgamos a servir bazofia.

—¡Joder tía! No puedes hablar en serio —responde Heliodoro el Parissi, pinche de cocina del Restaurante Concettinale—.  ¡Después de lo que nos ha costado llegar hasta aquí! Simplemente no se nos ocurren ideas por culpa del fiambre. No hay quien piense en otra cosa. Y eso que el muerto era un chino que no conocíamos de nada, o casi.

—¡Mecagüen el cura Serapio!— La mujer dio media vuelta aun llevando en la mano el cuchillo con el que estaba abriendo una Lubina de tamaño apreciable—. Dentro de un mes empieza la temporada a tope y entre lo de la muerte del chino y  la huelga de camareros “non riesce una porca ciambella col buco” o lo que es lo mismo ni una puta rosquilla se decide a salir con su correspondiente agujero. ¡Parecemos un escuadrón de acojonados, Heliodoro! Palo duro es lo que hay que repartir a partir de ahora si queremos que algo empiece a funcionar de una vez…

—¡Hostia, Concetta! pon el freno ¿no? No te extrañe que Paolo y Marco ya no te soporten.

—Lo sé, y me duele en el alma pero tendrán que apechugar. El acelere es por la falta de nicotina, y, por lo visto, hasta dentro de un tiempo no se me pasará la mala leche.

—Ya, ya, malos humos por haber dejado el menos malo de los vicios que tienes, ¡Habrá que esconder las tijeras de trinchar cuando dejes uno de los gordos!

—Hablando de trinchar, la verdad es que no fue una muerte muy agradable la del chino —dice Conchetta meneando la cabeza negativamente.

—Pues sí, panza abierta y mondongos en la letrina, no son plato de gusto —contesta el Parissi.

—¡Todo lo que tienes de noble lo tienes de burro, Heliodoro! Me pregunto por qué lo habrán hecho…

—¡Ajuste de cuentas, sin duda ninguna! No se destripa así a un hombre para robarle el reloj.

—¡Hasta ahí llego solita! Lo que no me cuadra es por qué se llevaron presa a la domadora rusa del chiringuito de la playa.

—Así que el burro soy yo y tú llegas sola a todas partes ¿eh? Ya me dirás, una domadora que se enrolla con un chino ¡y no solo deja el circo sino que abandona al pobre león con dentadura postiza! Menos mal que lo han fichado en la residencia como miembro de pleno derecho…

—Vale, pero todo eso no  convierte a la rusa en asesina. Creo que dijeron que no tenía coartada —apunta la rolliza cocinera—. Nadie sabe dónde estuvo la mujer a la hora de la muerte, ni ella misma lo recuerda debido al vodka que llevaba en el cuerpo. Y luego lo del calendario del año del cerdo a los pies del cadáver, todo un misterio sin resolver, aunque en el chiringuito comentan que  la domadora era de horóscopos y esas cosas.

Heliodoro, con la mano del mortero en el aire, asiente cada vez con más vehemencia.

—La venganza es hermana menor  del ajuste de cuentas pero no por eso menos dañina. Una rusa celosa repleta de vodka se merienda a media China sin que  se enteren los de la CIA. Te lo digo yo que de esas cosas entiendo…
 
—¡Bueno, bueno! Mejor  nos ocupamos de lo nuestro que bastantes quebraderos de cabeza tenemos ya. Aquí te dejo, Heliodoro, acaba tú de limpiar  “il branzino per il commissario” que los martes reclama pescado del día. Yo me voy hasta la playa con un libro a ver si las musas marinas… y si no me daré unos baños que nunca están de más. Hoy 32 grados, no hay quien lo soporte...

—Y si vuelven los agentes ¿qué hago?

—Les das más de la misma medicina: que no conocíamos al chino, que nadie vio a la domadora esa noche, que el calendario no era el nuestro, que las únicas drogas que encontrarán aquí, por mucho que busquen, son pimienta y nuez moscada y que la próxima vez que vengan ¡que lo hagan para a comer, por favor!

—No sé yo—contesta Heliodoro mientras levanta la lubina agarrándola por la cola—, ¡A saber cómo acabará este lío!

—Que del chino no quedará ni la sombra y que tendrán que soltar a la domadora por falta de pruebas, poverina, habrá que hacer algo al respecto... —comenta Concetta bajando la voz, luego cuelga el mandil y sigue opinando—. Que los camareros dejarán de quejarse en cuanto convenga con ellos  “Tiramisú” en el almuerzo y por fin,  ¡a preparar  pasta fresca todo el verano!

—Y vuelta a la normalidad —agrega Heliodoro. Luego, al notar la mirada perdida en el infinito de la propietaria pregunta   ¡¿O no?!

—¿Normalidad? ¡Quién quiere normalidad! Spaguetti alla Vodka, Tagliatelle alla Matrioshka, Tortellini alla Russa…

domingo, 28 de abril de 2019

Te lo voy a explicar...



Aquí estoy, Maribel,  vengo a hacerte visita un año después. ¿Sorprendida?

 Espero que puedas oírme allí en el infierno en el que estés porque he venido a decirte que no te guardo rencor. Contarte que estoy bien, feliz, diría que incluso más viva que antes. ¡Frank! ¿Y ese quién es? Tengo una cama grande para mí y el tubo de dentífrico siempre tiene tapón. ¡Lástima que no vieras la comedia que monté cuando llegó la policía! Digna de un Oscar. Todo quedó cerrado como un terrible accidente.

 Lo que no acabo de entender  es el interés que demostraste en que fuera a vivir contigo cundo te llamé desde Granada. ¿Recochineo, sentido de culpa? ¡Qué más da! La verdad es que me importa una mierda saberlo.

Haber pasado una temporada bajo el mismo techo, durmiendo en la misma habitación como buenas hermanas, habría resultado divertido aunque en esos momentos no estaba yo para diversiones. Pero las cosas ocurrieron de forma tan precipitada que no tuve ocasión de explicarte. He venido a recordar, contigo, creo que me vendrá bien  enfrentarme a todo aquello. Y además te lo debo.
 
Verás, cuando llamaron por teléfono desde el hospital de Granada diciendo que Frank había sufrido un infarto, no les creí. Figúrate que hacía unas horas apenas que había hablado con él. Con voz cansada contaba que en Ginebra no paraba de llover y decía  que me echaba de menos y que el día de trabajo había sido agotador. Pero eso tú ya debes de saberlo…

Cuando tuve la certeza de su muerte  me sentía culpable,  no podía soportar la idea de no haber  percibido la muerte del hombre que amaba. ¡Qué ingenua! Después, cuando empecé a comprender,  entendí que no era yo sino él… Frank, mi amado Frank, no me había enviado ni un atisbo de energía espiritual que me alertara  de su partida.
Después de colgar el teléfono tras la llamada del hospital, marqué el número de Frank y volví a marcarlo mil veces durante la mañana. Confundida, preocupada y a punto de enloquecer marché a Granada.


 Habitación cincuenta y tres, la mejor del hotel, dijo el encargado y abrió la puerta.  
La maleta que me encontré delante, la maleta de Frank,  quedaba  coja a los pies de una  cama tan grande. Le odié por haber dejado al descubierto su secreto. Podía haber elegir otro momento para morir sin destrozar la burbuja de felicidad en la que yo vivía despreocupada.

Cuando quise darme cuenta, el hombre se había ido cerrando la puerta a sus espaldas. Quedé sola con mis pensamientos.

Recuerdo que la puesta de sol inundaba la habitación de una extraña luz anaranjada, me  asomé a la ventana y me asaltó el pensamiento de que desde el quinto la caída podría ser mortal. ¿Eso te hubiera gustado, verdad Maribel?

 Una butaca en una esquina del cuarto llamó mi atención, lo ideal para dejar correr la mente sin rumbo. Cuando eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, la calidez de la puesta de sol se desvaneció dejando en mi mente  la frialdad de la morgue de esa misma mañana. Recordé  la tristeza en la mirada del empleado y su sonrisa sellada  al abrir el cajón que dejaba al descubierto el cuerpo de Frank. 

Me dieron su cartera y su reloj. Alguien me hablaba pero no conseguía entender. Las palabras rebotaban por todas partes como pelotas de goma y se deformaban al llegar a mis oídos, ambuuulancia,  mujerrrr,  madrumadrumadrugada... Al final la enfermera puso entre mis manos  un papel con el nombre del hotel al que debía  dirigirme.


No quería seguir dando vueltas al asunto,  abrí los ojos y me levanté de la butaca. Me fijé entonces en  los motivos geométricos que  decoraban paredes, mantas, cortinas…, no los había visto antes, parecían formar parte de un todo indivisible, de una red de filigrana multicolor que se enredaba sobre sí misma, fortificándose. Me sentí incómoda porque así creía yo que era el amor entre Frank y yo.

Escupí sobre su maleta y me fui.

Fue entonces cuando decidí borrar de mi mente todo recuerdo de mi vida con él. Bajé a recepción, pagué la cuenta de su estancia, habitación para dos, y una factura de la joyería del hotel de la cual no quise ni siquiera preguntar.
Cuando salí de aquel lugar te llamé pensando que nadie mejor que mi dulce hermana para ayudarme a olvidar.


¿Lo entiendes ahora, Maribel? No tenía elección. Me invitaste, vine y cuando abriste la puerta, empujarte por las escaleras fue demasiado tentador. Contigo viva, jamás habría conseguido olvidar.

Antes de irme quiero dejar este recuerdo a los pies de tu tumba. Es la pulsera que vi brillar en tu muñeca cuando me abriste esa tarde, ¡qué curioso!,  si te fijas, cada una de sus partes parece crear una filigrana indivisible. Antes de que llegara la policía,  la quité con sumo cuidado de tu muñeca, no se fuera a romper en el traslado de tu cuerpo.